El hombre de Villa Tevere. Los años romanos de Josemaría Escrivá

CAPÍTULO I / CAPÍTULO II / CAPÍTULO III / CAPÍTULO IV  / CAPÍTULO V  / CAPÍTULO VI  / CAPÍTULO VII  / CAPÍTULO VIII  / CAPÍTULO IX CAPÍTULO X / CAPÍTULO XI CAPÍTULO XII / CAPÍTULO XIII / CAPÍTULO XIV CAPÍTULO XV  / CAPÍTULO XVI  / CAPÍTULO XVII  / CAPÍTULO XVIII  / CAPÍTULO XIX / CRONOLOGÍA / ÍNDICE  /  ONOMÁSTICO / FOTOS DEL LIBRO

CAPÍTULO XI: Él es «el Padre». Tarjeta de visita para la eternidad. La campana gorda. Dos violines. Se rompía la aguja de la jeringuilla. Un magisterio con cintura. El aislador de vidrio. La agenda de Escrivá. Volver a Squarciarelli. «¡No puedo salvarme solo!» Una carta con soberbia. El pudor del alma. «Os hablo desde Londres.» «¿Qué te pasa?» Me exijo exigiros. El hielo de la indiferencia. «Yo respeto tus melenas.» El robo de un documento. «He aprendido a esperar.» «Mi casa no es un cuartel.» Una orden…, por favor. Monseñor en el suelo. «Hoy me he enfadado tres veces.» Buen humor en bandolera. Mi corazón vigila. «Yo estoy siempre sobre espinas.» «Sí, estoy llorando.» En la Stazione Termini.

No son muchos los hombres que afrontan algún día la tarea de buscar un epitafio para su propia sepultura. Si se hace sin vanidad y sin jactancia, no es fácil ese trabajo de rastreo, de examen existencial, para encontrar el rasgo definidor de toda una vida. Hay que entrar, inclementes, en la fronda, talando lo superfluo, hasta dar con ese trazo escueto que exprese lo que de uno mismo debe ser recordado. Se trata, es claro, de un ejercicio enjuto por el que el hombre poda su hojarasca, dejando desnuda su última verdad. Cumple al epitafio decir, con pocas palabras, quién fue verdaderamente ese hombre que yace ahí. Como una definitiva «tarjeta de visita» para los que vengan después.

Josemaría Escrivá pensó una vez en su propio epitafio. Pero le importaba mucho menos etiquetarse cara a la Historia que identificarse ante la eternidad. Por ello, no buscó la «tarjeta de visita» con que debían conocerle los hombres, eligió, más descarnada y más sincera, la «tarjeta» con que se sentía conocido por Dios.

4 de octubre de 1957. En esa fecha, por ser la fiesta de san Francisco de Asís, Escrivá suele meditar profundamente sobre la virtud de la pobreza. La encara y la abraza como a una buena compañera de camino para andar «ligero de equipaje», sin poseer nada como propio, vaciado de caprichos, y dispuesto a carecer hasta de lo necesario. Sin duda, con «alma de pobre» bucea en la menesterosidad de su propio «yo». Y, poniendo a un lado todo lo que es don y todo lo que es gracia recibida, llega a verse en su más desvalida desnudez: «un pobre pecador… que ama con locura a Jesucristo».

Ese mismo día, hablando con el arquitecto Jesús Álvarez Gazapo, que vive y trabaja en Villa Tevere, mientras estudian varias soluciones para la cripta que hay bajo el oratorio de Santa María de la Paz, Escrivá comenta algo acerca de su futura tumba, que estará en ese lugar. De pronto, sin rodeos, sin adoptar un tono de especial gravedad, de modo natural, indica a Jesús Álvarez que tome nota de un pequeño texto que va a dictarle «para cuando me enterréis». Antes le advierte: «pero, llegado ese momento, debéis obrar con entera libertad».

Se trata de su epitafio. Tras el nombre y los apellidos, una sola palabra, como único título: «Peccator.» Y, a renglón seguido, una súplica: «orate pro eo», rogad por él. Eso es todo.

Al ver la expresión entre sorprendida y pesarosa de Álvarez Gazapo, Escrivá agrega sonriendo:

-Si queréis, podéis añadir estas otras palabras: genuit filios et filias.

Y ahí concluye la escena. No se vuelve a hablar del asunto. Pero cuando muera Escrivá, Álvaro del Portillo decidirá, de acuerdo con el Consejo general y la Asesoría central, no seguir esa indicación del fundador. Es la primera vez que le desoye. Por cariño y por justicia, le repugna inscribir el adjetivo «pecador» en la lápida sepulcral bajo la cual ha de reposar el cuerpo de un hombre santo. Además, la expresión «engendró hijos e hijas», aun cargada de resonancias patriarcales, y apuntando en médula a su dilatada fecundidad espiritual, no es suficiente. No abarca la envergadura de lo paternal que, en Josemaría Escrivá, va mucho más allá de la mera generación: cubre los cuidados de una auténtica crianza, las atenciones de la educación, los desvelos de la formación, los innumerables detalles de fortaleza, de ternura, de afecto personalizado que un padre tiene con cada uno de sus hijos… Y, precisamente porque todo este quehacer ha sido siempre una constante vital en Josemaría Escrivá, Del Portillo, «interpretando el deseo de todas y de todos», mandará poner, sobre la piedra de mármol verde oscuro que cubre la sepultura, dos sencillas palabras que describen del modo más exacto y más entrañable quién fue el hombre que yace ahí: «El Padre.»

Ése será el epitafio. No cabe mayor elocuencia con menos literatura. El Padre. Así le llamaban de manera espontánea. Y así se le recordará siempre.

El Padre . Desde que, con sólo 26 años de edad, Dios clava en su alma la semilla de la Obra, Josemaría tiene el corazón anchurosamente dilatado ¡a prueba de hijos! Sin necesidad de proponérselo, se sabe y se siente un hombre para…, un hombre a la disposición de… todos sus hijos. De todos. Y del todo.

Él es el Padre. A los hijos varones los trata con la confianza de la convivencia. Los ve entrar y salir y estudiar y canturrear y rezar y jugar al fútbol y divertirse… Esa proximidad doméstica le permite gastarles una broma, arreglarles el nudo de la corbata, limpiarles las gafas, contarles un chiste, acompañarles mientras desayunan, animándoles a tomarse unas rebanadas de pan que él mismo ha untado con mermelada, o subir a su dormitorio, llevándoles un ponche caliente, cuando están acatarrados.

Él es el Padre. Con sus hijas guarda, en las formas, la gravedad y la distancia que, desde que se ordenó sacerdote, ha vivido siempre en el trato con las mujeres. No hay acepción, ni grados, ni distingos, en el cariño. Sin embargo, con ellas tiene una delicadeza más exquisita, unos modos más suaves, unos detalles más esmerados. Y también, ¿por qué no decirlo?, cierta contenida admiración, cierto tímido deleite que trata de disimular y que responde a la convicción de que, precisamente ellas, están en el Opus Dei sin él haberlas buscado, ni llamado, ni invitado. Aún más; contra su voluntad y por manifiesto deseo de Dios. Esa certeza -«moral y física»-, de la que Escrivá es testigo único, pone en casi todos sus encuentros con sus hijas un toque de emoción muy sobrenatural. Al verlas, el Padre siente el vuelco, el leve sobresalto con que lo divino zarandea el hondón del hombre. ¡Cuántas veces se le escapará un «¡gracias, muchas gracias a Dios, porque estáis aquí!», o un «¡os veo… y no me lo creo!».

De ellas le asombra siempre su valentía, su coraje, su reciedumbre, su abnegación… Cuando ha de urgir oraciones para algún asunto delicado, antes que a nadie, acude a ellas. Y a ellas, también, les encomienda esos trabajos que exigen más primor, más habilidad y más paciencia.

A los artistas que en los años cincuenta diseñan la gran vidriera del oratorio de Pentecostés, les hace cambiar el boceto donde se representa la escena de la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen y los discípulos: «Habéis puesto sólo hombres… A todos éstos de acá, me los convertís en mujeres. ¿O acaso ellas no estaban también allí?»

Tanto para unas como para otros, Josemaría Escrivá tiene un mismo corazón, una misma exigencia, una misma espiritualidad, un mismo estilo de vida. Como una misma es la Obra de Dios que han de hacer entre todos. Esto lo dice con una expresión muy casera: «Yo tengo, como en todas las familias sanas, un solo puchero.» Y que cada una y cada uno saque de ahí la ración que necesite. Como anillo al dedo se ajustan a Josemaría Escrivá las palabras que la Iglesia dedica a San José, el «padre de familia»: «Éste es el administrador fiel y prudente a quien el amo puso al frente de su casa, para que dé a cada uno, a su tiempo, su ración de alimento.» (1)

Él es el Padre. Y en momentos de especial confusión doctrinal y de deslizamiento en las costumbres, cuando corren vientos de embrollo -fuera y dentro de la Iglesia-, no duda en hacer sonar con fuerza el badajo de «la campana gorda», enviando a los suyos claras palabras de alerta, con indicaciones y cautelas certeras y exigentes, para que nadie se desvíe en la fe, para que nadie se cuartee en la moral, para que nadie se entibie en la piedad, para que nadie se acobarde en el apostolado, para que nadie se aburguese en la entrega.(2)

Poniendo el dedo en la llaga, les escribe:

«Hemos tenido que soportar -y cómo me duele el alma al recoger esto- toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso. Hijos, duele, pero me he de preocupar, con estos campanazos, de despertar las conciencias, para que no os coja durmiendo esta marea de hipocresía (…). A este descaro corruptor hemos de responder exigiéndonos más en nuestra conducta personal y sembrando audazmente la buena doctrina (…). Hijos, no os durmáis en un quehacer rutinario. Sentid el desvelo por cumplir el bien, que el tiempo es corto. No os acobardéis jamás de dar la cara por Jesucristo (…). El remedio de los remedios es la piedad (…). Después de haber rezado mucho y de haber empujado a otros a rezar durante largo tiempo, os he comunicado las disposiciones que en conciencia estimaba prudentes, para que vosotros contarais con unas directrices seguras de orientación (…) en esta casi universal deserción moral (…). De esta manera, además, nos evitamos que venga a la Obra alguno para causar perjuicios, porque no resistiría este empeño de humilde entrega, de lucha y de madura abnegación.» (3)

Él es el Padre. Y sabe ponerse al nivel de sus hijos y disfrutar junto a ellos con lo que les gusta y les divierte. Un día ha de hacer esfuerzos para contener la risa cuando, al pasar por la galleria de los Uccelli, se encuentra a Olive Mulcahy -recién llegada de Irlanda- que, con su castellano de medio trapo y sin distinguir entre el y el usted, le interpela:

-Padre, tú pintar para mí una pata… y yo tocar para ti el violín… yes?

-Bueno… ¿cómo no? ¡vamos, hija, vamos al planchero, que está aquí mismo!

Y allí el Padre, con cuatro trazos rápidos, dibuja una pata sobre un papel. A sus hijas les gusta ese animalito, porque es audaz y «aprende a nadar… nadando». Mientras, Olive interpreta una suave melodía irlandesa.(4) Escrivá sabe que gastar unos minutos con estas cosas no es perder el tiempo. Momentos como esos, sin la menor duda, son los que sazonan la vida en familia.

Él es el Padre. Y una noche de septiembre de 1949, se quedará hasta muy tarde esperando a un hijo suyo, Jesús Alberto Cagigal, estudiante de Arquitectura, que llega de otro país para permanecer en Roma varios años, ayudando en las construcciones de Villa Tevere. Lo recibe con un par de besos y le manda «a la cama, en cuanto te den algo de cenar, porque vendrás muy cansado». Al día siguiente le invita a dar un paseo por la ciudad, «para que vayas familiarizándote con los edificios y los colores de las fachadas de las casas romanas». En cierto momento, Escrivá le pregunta:

-¿Te has traído el violín? ¿No…? Pues di que te lo traiga el primero que tenga que venir aquí a algo.

Pasado bastante tiempo, Escrivá entra un día -como tantas veces- en la estancia que llaman «estudio de arquitectos», en la Villa. Pero esta vez se fija en que, sobre un armario, hay dos estuches negros de violín.

-¿Cómo es que tienes dos violines?

Jesús Alberto le explica que otro muchacho de la Obra, aficionado también a la música, le ha dado su instrumento:

-Porque él no va a seguir practicando y, como es un violín muy bueno, conviene cuidarlo y afinarlo de vez en cuando…

-¡Nada, nada… devuélveselo inmediatamente! Es estupendo cultivar las aficiones; pero también hay que vivir la pobreza personal: un violín, sí, dos, no. (5)

Escrivá conoce bien a sus hijos. Sabe que entre ellos y entre ellas hay ocultos talentos de artistas que conviene descubrir e incentivar. Le gusta que en la decoración de los interiores de la villa intervengan «todos los aficionados… ¡cuantos más, mejor! ¡aunque sólo sea con una pincelada!» Incluso, él mismo les enseña «trucos» ingeniosos: dar pátina con polvos de talco y bermellón a una moldura de dudosa antigüedad, o desinfectar un viejo arcón, inyectándole aguarrás para matar la carcoma… Sigue de cerca la ornamentación laboriosa del techo artesonado de un oratorio, atento a que no les falte a esos muchachos un sabroso tentempié a media mañana. Anima a Palmira Laguéns y a Annamaria Notari, que hacen prodigios de cerámica y de papier maché en la mufla. Piensa que a Helena Serrano le vendrá bien «una oportunidad» de manejar los pinceles a su arbitrio. Y, en cuanto ve una pared vacía y utilizable, le dice:

-¡Es toda tuya! ¡Ahí tienes un buen espacio, para pintar a tus anchas! ¿No harías un mapamundi bien grande, situando todos los puntos donde hay centros de mujeres de la Obra… que ya van siendo muchos en el mundo? (6)

Tiene un sano orgullo de los talentos de sus hijos, aunque procura no lanzar elogios en presencia del interesado. Mirando a uno, que pasea por el jardín con las manos en los bolsillos, comenta en voz baja:

-¡Es más listo que el hambre!

Otro, Manolo Caballero, un artista muy inquieto, está ultimando el óleo en tabla de una Virgen. Escrivá desea que ese cuadro de la Reina del Opus Dei sea una auténtica obra maestra, un capolavoro, que dicen en Italia. Con frecuencia va allí donde se ha instalado el pintor. Se sienta en cualquier sitio, sobre un taburete o en una banasta de las que transportan frutas. Y ahí está un rato, viéndole pintar, comentando esto y aquello… ¡haciéndole caso!

En cierta ocasión, está también con él otro hijo suyo, médico, José Luis Pastor. Aprovechando que el artista se ha ido a buscar disolvente y unos tubos de pintura, Escrivá le echa un piropo:

-¡Qué bien pinta este hijo mío…! ¡Eso es arte!

Sin que hayan pasado ni siete segundos, se vuelve hacia José Luis y, mirándole como con un desplante cariñoso, le dice:

-Y tú, ¿qué?… Tú me pones las inyecciones ¡con más arte que el mejor banderillero! (7)

Ciertamente, se requiere arte y destreza para ponerle inyecciones al Padre. Durante uno de sus viajes a España, en los años sesenta, un enfriamiento mal curado se le complica con bronconeumonía. Le atiende un miembro de la Obra, médico también, Alejandro Cantero. Al ir a inyectarle un antibiótico, Cantero ve con asombro que la aguja, en vez de penetrar, rebota en la carne y salta partida por la mitad. Así ocurre con dos agujas hipodérmicas. A la tercera, el propio Escrivá le dice, en tono jocoso:

-No te preocupes, Alejandro…, no es culpa tuya… es que tengo piel de burro…

Más tarde, Cantero comenta con Álvaro del Portillo:

-Ese endurecimiento de la piel debe de ser una secuela de la diabetes que padeció el Padre… ¡Es tremendo, tiene los glúteos como la suela de un zapato!

-Sí, pero no es secuela de la diabetes…, sino de las disciplinas y de la fusta con que se zurra «para domar el potro», como suele decir. (8)

Él es el Padre. Como cabeza de la Obra, Escrivá recibe constantes gracias, mociones y luces de Dios, que no debe retener ni embalsar, sino transmitir a los suyos con «alta fidelidad». Para no olvidar esa dinámica de flujo incesante, tiene sobre su mesa de trabajo un aislador de vidrio, verde y grande, de esos que se utilizan en los tendidos eléctricos. Pero, además, lleva siempre en el bolsillo de la sotana una pequeña agenda. Ahí anota, rápido y atento -a veces con una o dos palabras nada más- lo que en cada momento Dios quiere darle a entender: una frase del breviario, un texto de la Sagrada Escritura, que ese día le interpela por dentro con una resonancia nueva, con un sentido distinto, con una claridad hasta entonces ignorada… Él es, en la Obra, el padre y el maestro. Pero, bien persuadido de que el Opus Dei no es suyo, vive como un discípulo, con el espíritu atento a las lecciones de Dios. Después, en la ocasión oportuna, distribuirá entre sus hijos «la ración de alimento».

El suyo es un magisterio con cintura, con garbo, con donaire. Al quiebro de los sucesos de cada día. Al fluir del hilo de la vida. Un magisterio que ni se arrellana en la butaca, ni se parapeta detrás de la tribuna. Un magisterio que se expende de pie, siempre de camino y jamás con fatiga. La escuela de Escrivá, aunque llega muy lejos y se esparce por los cinco continentes, se inicia y se desenvuelve en el ámbito íntimo de lo familiar. Literalmente, en su entorno. Su gente aprende el espíritu y el talante de la Obra, viendo cómo lo vive el Padre. Junto a él: en la cotidianidad común y corriente, en el ir y venir por las habitaciones de la casa, en un rato de tertulia, durante un trayecto en coche, en una meditación, comentando las noticias del Telegiornale, a propósito de una puerta que se ha quedado abierta, o de algo que ha leído esa misma mañana…

Sí, esa misma mañana, mientras leía el Evangelio, Escrivá ha reparado en un pasaje muy conocido, pero que esta vez ofrecía un nuevo bisel. Y ahora, sacando la diminuta agenda del bolsillo de su sotana, relee la nota que tomó y les comenta el hallazgo:

-«Y salía de Él una virtud que sanaba a todos.» Sanabat omnes… Me ha llenado de consuelo pensar que entre esos omnes habría de todo: unos que le querrían y otros que no… Pero Jesús no hacía distinción, no hacía acepción de personas: sanabat omnes, ¡los curaba a todos! (9)

En otra ocasión les hace reparar en el matiz teologal que encierran esas dos palabras del avemaría: Dominus tecum.

-No sé, quizá hasta ahora no me había dado cuenta de la hondura teológica de ese «el Señor es contigo». ¡Es el Espíritu Santo, es la Trinidad entera…! ¿No sacáis un partido nuevo a esas palabras? ¡El Espíritu Santo está contigo, Madre! ¡Qué bonito! (10)

Otras veces, sacando también del baúl de su propia intimidad, en lugar de enseñarles sus luces, Josemaría les muestra la cara oscura de sus arideces, para que entiendan que también él es de barro deleznable. Así, un día de otoño de 1968, a alguien que le habla de «seguridad en la vida interior», le contesta con sencillez:

-Hijo, yo les tengo una gran envidia a esas viejecitas que, en el rincón de una iglesia, rezan dando suspiros. ¡Sí, porque llevo treinta y ocho años marchando a contrapelo… seco…, haciendo mi oración a fuerza de sacar el agua con un pozal! (11)

Y al que le ha preguntado de qué modo puede ser más generoso con Dios y con los demás, Escrivá le regala una confidencia de su propia lucha ascética:

-Eso cada uno lo sabe, al hacer el examen de la noche. Yo a menudo tengo que decirle al Señor: «Hoy Josemaría no está contento de Josemaría.» (12)

O ante otra pregunta similar:

-¿Tú quieres saber cómo he hecho yo hoy mi acción de gracias, después de la misa? Pues… entregándole al Señor toda mi pena por no saber servirle mejor. (13)

Pero, con el mismo vigor y con la misma sinceridad, puede agregar que, a pesar de sus fallos y de sus fragilidades, jamás siente el zarpazo de la tristeza, ni de la melancolía, ni de la soledad. Y ofrece a sus hijos el secreto de su vida rezumante:

-Me siento siempre acompañadísimo: con la Trinidad Beatísima en mi alma, en mi corazón… ¡No estamos nunca solos! ¡No tenemos por qué estar nunca solos, ni tristes, ni aburridos! Sólo se aburren los que viven de vanidades. (14)

El detalle material más nimio le sirve para estimular a los suyos en su andadura hacia Dios:

-¿Ves ese pequeño desconchón en la pared? Anda, hijo mío, haz una nota para que le den un toque de pintura, cuanto antes, sin que vaya a más… Es como en el alma un pecado venial: uno solo parece que no es nada…, pero uno y otro y otro… ¡queda el hombre como un leproso! (15)

En la primavera de 1956 se ha puesto de moda en Italia la canción Arrivederci, Roma! Juan Carlos Beascoechea, un joven abogado vasco que por esas fechas anda atareado con su tesis de Derecho Canónico y a punto de concluir los estudios en el Colegio Romano, se ha aprendido la copla. En una tertulia le dice a Escrivá:

-Padre, sé una canción muy nueva y muy bonita que a lo mejor le gusta. ¿Se la canto?

-Ah, pues sí… cántanosla y así disfrutamos todos.

Sin acompañamiento de guitarras, con su bien templada voz de barítono, Juan Carlos se arranca «a pelo» con la tonadilla. Una de las estrofas dice:

Si ritrova a pranzo a Squarciarelli
fettuccine e vino dei Castelli,
come ai tempi belli che Pinelli
immortalò… Arrivederci, Roma!

Se vuelve a encontrar uno en Squarciarelli,
tomando fettuccine y vino de los Castelli,
como en los bellos tiempos que Pinelli
inmortalizó… ¡Hasta la vista, Roma!

Escrivá la ha escuchado, sonriendo y llevando el ritmo levemente con la punta de los pies. Al terminar da unas palmadas de aplauso y dirigiéndose al cantor le dice:

-Hijo mío, antes de marcharte de Roma, recuérdame que te lleve un día a Squarciarelli, para que veas cómo embellecen las cosas estos italianos…

Beascoechea se lo recuerda al Padre en un par de ocasiones, a bote pronto. Escrivá le responde: «hoy no puedo, Juan Carlos, pero te aseguro que iremos; te lo he prometido».

Un día, saliendo del Soggiorno de la casa del Vicolo, Beascoechea vuelve a hacer la propuesta y Escrivá le responde:

-Hoy, por mi parte, es posible. Tú ¿qué tienes que hacer esta tarde?

-¿Yo? ¡Nada… nada especial, Padre!

-Pues, entonces, a las cinco estáte aquí… ¡y nos vamos!

Faltan pocos minutos para las cinco, cuando Escrivá baja por la escalera de la casa del Vicolo, camino de la galleria della Campana, el lugar de la cita. Le acompaña Álvaro del Portillo. Montan en el viejo Lancia negro, que conduce Ramón Labiaga, un químico mexicano, alumno también del Colegio Romano. Antes de salir de Roma, bordean la basílica de San Pedro, rezando un credo. Es costumbre de Escrivá. También esta vez, después de recitar «creo en la Iglesia católica, apostólica, romana», agrega: «¡a pesar de los pesares!», como una industria mental que le ayuda a pedir perdón por sus pecados y por los de los además. Luego enfilan el camino que va hacia Castelgandolfo, atravesando los antiguos castelli romani: Grottaferrata, Rocca di Papa, Frascati… Al fin, Escrivá, que va en el asiento de atrás, tocando en el hombro a Ramón Labiaga, le indica que aminore la marcha, porque ya están llegando. Cuando el coche se detiene, el Padre señala una especie de chiringuito pobretón y medio ruinoso: un barucho ínfimo que tiene en la entrada un cobertizo con techumbre de paja, a modo de porche o de cenador.

-¡Ahí tienes el famoso Squarciarelli!

Al joven Beascoechea se le dibuja la decepción en el rostro:

-Yo… la verdad… me lo imaginaba muy diferente…

-Hijo mío, esto mismo ocurre con muchas cosas en la vida. Les metemos poesía, las idealizamos, y llegamos a creernos que son el colmo de la felicidad y de la belleza. Pero luego, cuando las vemos de frente, tal como son… ¡se nos cae el alma a los pies!

Se sientan un rato en el velador. Toman unos refrescos, charlando animadamente de mil cosas. Don Álvaro paga la cuenta

Entonces, Escrivá toma la factura y recorta el pomposo membrete del local: «Squarciarelli. Trattoria.» Tendiéndoselo a Juan Carlos, le dice con un guiño de picardía:

-Toma, guárdatelo. A lo mejor, algún día te gustará verlo. (16)

Él es el Padre. Con fortaleza y con prudencia, ya en los años cincuenta, previene a sus hijas y a sus hijos para que estén alerta en las lecturas que afectan a temas de fe y de moral:

-Yo tengo que ocuparme de la vida espiritual y de la eficacia apostólica de esos miles de personas, de todas las lenguas, de todas las culturas, que hay en la Obra. Y he de tomar precauciones… Somos gente de la calle, gente de mundo, por eso hemos de poner los cuidados necesarios para no desviarnos, para no perder el alma: porque, si nos perdemos, el Señor se queda con menos instrumentos. (17)

Se siente responsable de lo que pueda dañar a sus hijos. En 1972, cuando muchas cosas importantes están patas arriba dentro de la propia Iglesia, Escrivá les comenta con expresión atribulada pero con voz enérgica:

-En estas circunstancias, yo no puedo decir «¡sálvese el que pueda!»… y salvarme yo solo, agarrado a una tabla. ¡Tengo obligación de salvarme con todo el barco, y con todos mis hijos! ¡Si supierais lo que esto me acogota…! (18)

Carlos Cardona cuenta una sugerente anécdota, que arroja luz sobre la libertad de espíritu de monseñor Escrivá. Cardona es un intelectual, de mente cultivada, que se pasa las horas embebido en libros de filosofía, de teología, de historia del pensamiento… Le incumbe la responsabilidad de elaborar guiones doctrinales, recensiones de libros, fichas de orientación bibliográfica, programas de estudios teológicos… Su sorpresa es inenarrable cuando, un buen día, el propio Escrivá, tomando una iniciativa muy personalizada de «cuidado de almas», le recomienda que haga su lectura espiritual diaria, no con textos de padres de la Iglesia, ni con las obras de santo Tomás o san Agustín o santa Teresa:

-Durante una temporada, Carlitos, ¿qué tal, si tienes como libro de lectura El Quijote? Te ayudará a pisar tierra, a quitarle trascendencia a lo que, de suyo, es intrascendente… y, sobre todo, te jaleará el sentido del humor. (19)

Él sabe cuándo a un hijo suyo le conviene «agarrarse a la Summa Teologiae» o cuándo, porque está sobrecargado de trabajos y preocupaciones, le sentará mucho mejor leerse unos tebeos o una novela de aventuras del Coyote.

Como el Buen Pastor del Evangelio, Escrivá puede decir «conozco a los míos y los míos me conocen a mí». Un día de 1964, habla con las directoras de la Asesoría central. Les recuerda que la tarea de gobernar en la Obra significa «rezar por todos, preocuparse por todos, hacerse entender por todos, volcarse con todos, tener caridad con todos… ¡con todos! ¡con cada uno!». No es una teoría, es un desvelo constante. Así lo vive él. Si alguien está pasando un mal momento, le escribe o hace que le escriban. Se ocupa de que le atiendan con más intensidad, con mejores cuidados, con más fortaleza y con más comprensión, incluso con mimo. No duda, si es necesario, en hacer que venga a Roma, o que se traslade a otro lugar donde pueda descansar, serenarse, reponerse…

«Ya hace algún tiempo -recuerda en cierta ocasión-, un hijo mío me escribió una carta dura: con soberbia. Se veía que estaba en un trance difícil. Le encomendé. Mucho. Recé mucho por él. Después, con corazón de padre y de madre, le escribí una carta llena de cariño en la que simplemente le llamaba por su nombre… por su nomignolo, por su diminutivo familiar. Este hijo, al sentirse así querido y así interpelado, “con un silbido amoroso”, reaccionó enseguida. Y por ahí anda, entregado y fidelísimo, ¡feliz!» (20)

Dios le ha municionado con los dones y talentos que va a requerir su misión de fundador y de Padre de una numerosa y dilatada progenie. Y entre esos regalos, el raro don del «discernimiento de espíritus», de alcance más hondo y más penetrador que la mera psicología, y que será una franquicia formidable para «conocer a los suyos», aun sin haberlos visto antes.

De modo habitual, Escrivá no suele aconsejar a nadie ni sobre la marcha, ni en público. Es como un instinto de «pudor del alma»: del alma de aquél o de aquélla… Y hay numerosos testimonios escritos, sonoros e incluso audiovisuales en los que, ante una petición de consejo, Escrivá da ciertas orientaciones de tipo general y, como disculpándose, explica: «Yo aquí, delante de todos, no voy a decirte lo que debes hacer… Tendría que hablar contigo a solas, en el confesionario, y hacerte unas cuantas preguntas muy directas, muy concretas, muy personales…»

Sin embargo, en alguna ocasión, actúa de otro modo: cuando su prudencia le advierte que, justo entonces, es conveniente, o incluso perentorio, decir unas palabras certeramente dirigidas a tal o a cual persona singular. Así ocurre un día en Villa delle Rose, durante una tertulia. En cierto momento, una hija suya alemana, alumna del Colegio Romano, le pregunta:

-Padre, desde aquí, mientras me dedico de forma especial a mi propia formación, ¿cómo puedo yo ayudar a las de mi país?

Escrivá la mira de frente. En un instante concentra en ella toda su atención. Como si en aquella sala no hubiera nadie más que ellos dos, empieza a hablarle en tono de confidencia, aunque lo que va diciendo puede sonar a algo muy sencillo, muy elemental:

-Tú, hija mía, lo que tienes que hacer aquí es vivir el horario de este centro. Me imagino que como buena alemana funcionarás «en punto, como un reloj»… Pero sobre todo, vive el horario de la vida en familia, ¡es algo encantador! También, saliendo a dar un paseo y haciendo las excursiones que están previstas. Procura dormir las horas necesarias. Pon el estudio en su lugar: aprovecha muy bien las clases y los ratos de estudio, de modo que no te ocupen tiempo de más y puedas atender a otras cosas… tú ya me entiendes ¡eh!… atender a otras cosas, que son tan importantes o más importantes que el estudio. ¿Me he explicado? ¡Ya sé que me has comprendido!

A nadie han producido extrañeza esas palabras. Parecían incluso un elogio. Pero el Padre acaba de poner el dedo en la llaga. Ha sido, al pie de la letra, dar «el alimento necesario… en el tiempo oportuno».

En cuanto Escrivá se va de Villa delle Rose, esta joven alemana busca a Carmen Ramos, la directora del Colegio Romano. La muchacha no sale de su asombro: «¡Es impresionante! El Padre ha acertado… Como tú dirías, “ha dado en el clavo”, al decirme casi con las mismas palabras lo que me vienen aconsejando en mi dirección espiritual: que ponga el estudio en su sitio, y que dedique otra parte de mi tiempo a convivir con las demás, a disfrutar con las demás, a pensar en las demás… Pero eso sólo podía saberlo yo… Y el Padre, como si me conociera de toda la vida, ¡ha sabido adivinarlo!» (21)

Agostino Doná, Roberto Dotta, Firmina F. Ferreira, Rainer Kiawki, José Rodríguez Iturbe, George M. Rossman, Francesco Sagliembene, Anna Vettorelli, Giuseppe Zanniello, Cormac Burke… y muchos otros, han sido testigos de escenas diversas en las que Escrivá de Balaguer, con ese don de escrutar los corazones, se dirige a alguno de sus hijos, o a otra persona, haciéndole una consideración espiritual que deja admirado al oyente «porque exactamente eso que el Padre está diciendo es la respuesta precisa que sale al paso de lo que me preocupa en este momento». Y lo más asombroso es que el interesado no había llegado a manifestar ni a insinuar siquiera su inquietud o su problema. (22)

En esta misma línea, Umberto Farri, que, en marzo de 1949 y en Roma, ha pedido la admisión en el Opus Dei, va pocos días después a Villa Tevere para hablar con Escrivá. Umberto es joven y se siente desconcertado; no sabe cómo ha de orientar esa conversación. En el momento de llamar a la puerta de la habitación donde Escrivá le espera, piensa: «y ahora ¿qué le digo yo al Padre?» Cuando abre, el fundador de la Obra se levanta con agilidad y sale a su encuentro sonriéndole. Como si hubiese taladrado su pensamiento, le dice sin más:

-Ten en cuenta, hijo, que al Padre no es necesario decirle nada especial… (23)

Él es el Padre y conoce a los suyos. Intuye sus luchas y sus desfallecimientos. Sabe, como ocurrirá estando en Londres durante el verano de 1960, que conviene apretarse el cinturón, reducir algún gasto, y con ese dinero poner dos conferencias telefónicas larga-distancia: una a Osaka y otra a Nairobi. Allí, unas pocas mujeres jóvenes están roturando los caminos de la Obra, con muchas dificultades y muy pocos medios. Qué impulso reciben, cuando descuelgan el auricular y oyen:

-Os hablo desde Londres… tenemos que aprovechar bien los minutos… me gustaría hablar con cada una, ¿es posible?

Es la voz cálida, cordial, removedora del Padre que bombea sus ánimos y les da cercanía. (24)

Encarnita Ortega está también en aquella casa londinense, alquilada para esas semanas del verano. Ha presenciado la conversación y, pocos días después, lee las cartas que llegan de Japón y de Kenia: «la llamada telefónica nos sorprendió por imprevisible e inesperada, pero se produjo en el preciso momento que más la necesitábamos…».

Sin poder ni querer evitarlo, Encarnita evoca una escena sucedida hace muchos años, en 1943, al principio de su vocación. Ella vivía y trabajaba en la administración del Colegio Mayor La Moncloa. Una tarde Escrivá se presenta acompañado de un obispo. Al parecer, acaba de enseñarle la residencia y ahora va a mostrarle la zona de la cocina, el office, el planchero… Encarnita les recibe «con gran delicadeza y con la mejor de mis sonrisas». Pero, al pasar junto a ella, el Padre le pregunta en voz muy baja, casi en un susurro:

-¿Qué te pasa…?

Después le dirige una mirada clara, profunda, expresiva, con la que le transmite fuerza de ánimo.

«Esas tres palabras, ¿qué te pasa?, y esa mirada, infundiéndome alientos, fueron suficientes. Eso, justo eso, era lo que yo necesitaba. En aquel momento, sin que nadie lo supiera, me estaba planteando una seria duda sobre mi perseverancia.» (25)

Él es el Padre y guía a los suyos por un camino exigente que discurre per aspera ad astra, por el esfuerzo de aquí abajo a la excelencia de allá arriba. En ocasiones, les confiesa: «Cuando he de reprender a alguien, lo paso mal antes, durante y después; pero, aunque sufra, me exijo exigiros.» (26) Él sabe que lo fácil es contemporizar, ceder, aflojar, dejar pasar la ocasión de sentar un criterio… Lo difícil es corregir, marcar el rumbo, advertir al que se desvía, estar al tanto de una constelación de cosas pequeñas:

-Yo quiero a mis hijos más que una madre, aunque no los haya visto nunca. Y puedo afirmar que a cada uno lo quiero como si fuese el único… Pero si yo no hubiera gritado, la Obra no habría salido. (27)

Una calurosa mañana de junio de 1968, monseñor Escrivá pasea por el cortile con Álvaro del Portillo. Suelen hacerlo así, «dejar libre el campo», para facilitar y no estorbar mientras las de la administración limpian y ordenan las habitaciones de la casa antigua, de la Villa Vecchia, que es donde vive el Padre.

María Portavella y Helena Serrano pasan la aspiradora y quitan el polvo en el vestíbulo. De pronto, Escrivá abre la puerta, desde el exterior. Hace un gesto con la mano, a Helena, para que salga al cortile. Desde allí le señala hacia las ventanas del quinto piso del edificio de oficinas Uffici. Hay un sol radiante y, sin embargo, las luces están encendidas.

-¿Ves…? Tú, luego, con cariño, como decimos las cosas en casa, le adviertes a esa hermana tuya que está limpiando ahí que eso es un gasto inútil de luz.

Dicho esto, sigue paseando con Álvaro. Rezan el rosario. Al cabo de unos diez minutos, el Padre vuelve a llamar a Helena:

-Hija mía, no sólo se lo dices con mucho cariño, sino que haces también una nota de experiencia, para que en adelante se cuide ese detalle.

Pasan algunos minutos más y Escrivá se acerca de nuevo al vestíbulo. No se le ve enfadado, sino más bien concentrado en el equilibrio entre la impaciencia y la paciencia:

-Mira, Helena, a su debido tiempo haces todo lo que te he dicho. Pero ahora, ya, por favor, sube allí y di a esa hija mía que apague todas esas luces… ¡que es un derroche inútil y nosotros somos pobres de verdad! (28)

Tiene que hacerlo así, con una pedagogía ceñida al pequeño detalle concreto, que entre por los sentidos. Y tiene que hacerlo así, «sin dejar pasar ni una», porque el acabado perfecto de las obras de Dios está precisamente en el cuidado diligente de las cosas pequeñas. No son menudencias desdeñables, son el test del amor a Dios. Y esa actitud alerta supone tener bien entrenados los reflejos de la exigencia: «Nunca me he arrepentido de exigir que se viva el espíritu de la Obra. En cambio, alguna vez -pocas- que he sido débil, sí que me he arrepentido.» (29)

Escrivá de Balaguer enseña a los suyos a ser buenos pastores, los unos de los otros, y a practicar entre ellos la entrañable costumbre de la corrección fraterna, tomada del Evangelio: para que nadie se sienta solo, ni desatendido, ni desorientado, ni herido por la zarpa amarga de la indiferencia. Le aterra pensar que en el Opus Dei pueda existir alguna vez el hielo de la indiferencia:

-La indiferencia no comprende: exige y juzga, pero no corrige. El cariño, en cambio, comprende y exige, corrigiendo. En casa, todos tenemos derecho a esa ayuda de que nos corrijan con cariño. (30)

Un día ve que uno de los mayores de la Obra va vestido de modo inadecuado, con atuendos demasiado juveniles que, a su edad, resultan estrafalarios. Pregunta si suele vestir así siempre. Y entonces, llamando a otro hijo suyo, le dice:

-Tenéis que estar en las cosas de Dios, en las cosas de la Obra y en las cosas de vuestros hermanos… El día que viváis como extraños o indiferentes, ¡habréis matado el Opus Dei! Busca la ocasión oportuna, habla con ese hermano tuyo, y, con todo cariño pero con toda claridad, le haces sobre ese punto la corrección fraterna. (31)

No es que le dé una excesiva importancia a la indumentaria. Es que, por su misma secularidad, la gente del Opus Dei es «gente normal entre la gente normal», «otros más, entre los demás». En razón de esa naturalidad, cada quien se viste de acuerdo con su edad, con su condición y con su status social. En cierta ocasión, durante uno de sus viajes a Madrid, en 1969, Escrivá está con un grupo de estudiantes jóvenes. En ese momento hablan de la libertad. Uno de ellos lleva unas largas y ensortijadas melenas. Es la moda. El Padre se dirige a él:

-Yo tengo un profundo respeto por todo lo que no ofende a Dios. Por todo… ¡también por las melenas! Además, en tu caso, pienso que no son algo artificial sino muy auténtico; son una muestra de sinceridad… (32)

Se exige exigirles. Un día reprende con fuerza a unas hijas suyas, por algo de cierta entidad que han hecho mal, con aturdimiento y -así lo subraya- «sin presencia de Dios». Ya está en la puerta para irse. A su espalda oye el silencio. Se vuelve. Las ve cariacontecidas. Y, mirándolas con expresión de inmenso cariño, les dice:

-¿Pensáis que a mí no me cuesta deciros estas cosas? Hijas mías, si no os las dijera, no sería vuestro Padre, sería ¡vuestro padrastro! (33)

En el año 1955, la villa de Castelgandolfo cedida por Pío XII a la Obra aún no ha sido reconvertida en Villa delle Rose, y se utiliza para cursos de retiro y de formación. A Lourdes Toranzo y a Gabriella Filippone se les encarga que atiendan allí una Convivencia de mujeres del Opus Dei casadas. Antes de salir hacia Castelgandolfo, pasan por Villa Tevere. Dejan aparcado el coche en la calle, en la Via di Villa Sacchetti. Es un viejo coche campero de los padres de Gabriella, un «cuatro latas» gris con capota de hule. Lo llamanla grigetta. Dentro del vehículo quedan sus equipajes y un tomo del Catecismo de la Obra. Aunque ese libro ha sido editado en la imprenta de los monjes de Grottaferrata, y en la Santa Sede disponen de varios ejemplares, no se vende en quioscos y librerías: es un texto de uso interno para los miembros del Opus Dei, donde se expone de modo didáctico la espiritualidad de la Obra. Cuando Lourdes y Gabriella vuelven al coche, se llevan la desagradable sorpresa de que, durante ese rato de ausencia, les han robado las maletas… y el Catecismo. Inmediatamente se lo dicen a Encarnita Ortega, que es la directora central. Ésta, a su vez, lo comunica al Padre. Escrivá indica que hagan lo que tenían que hacer: que vayan a Castelgandolfo y atiendan la convivencia. «Di a Lourdes que, al terminar, pase por aquí: quiero hablar con ella.»

Así lo hacen. Gabriella lleva poco tiempo en el Opus Dei. Es lógico que Lourdes, más veterana en la Obra, afronte la responsabilidad del episodio. Transcurrida la semana de la convivencia, el Padre la recibe en el comedor de la Villa Vecchia. Está delante Encarnita. Escrivá no habla con enfado, sino con tristeza:

-Ya he visto el gran amor que le tienes a la Obra y a tu vocación… Don Álvaro y yo hemos estado dudando sobre la conveniencia de denunciar el robo a la Policía. Pero de lo que os quitaron, no había otra cosa de valor que el ejemplar del catecismo… Vimos que era preferible no armar revuelo por un documento interno… ¿Tú te das cuenta de lo que supone que ese Catecismo vaya rodando por ahí? ¡Quién sabe si habrá caído en manos de unos desaprensivos sin conciencia…! Hija mía, ¿tú dejarías que la historia de amor de tus padres, lo más sagrado para ellos, se leyese en la plaza pública, entre risotadas, palabrotas, bromas y pitorreos?

Lourdes sale de allí con una pena inmensa. Lo que más le ha conmovido es que Escrivá no hablaba en tono duro. En sus palabras de reproche había más desencanto que enojo y más decepción que despecho. Pero se pasa la página sobre el asunto y nunca más vuelven a comentarlo.

Al cabo de varios meses, Lourdes vive en Villa Tevere, es la directora del Colegio Romano de Santa María. Y lo es, claro está, por nombramiento del Padre. Una mañana, cuando regresa de dar una clase y se dirige a su despacho, en Villa Sacchetti, oye sonar su teléfono interior. Acelera el paso. Descuelga y escucha al otro lado del hilo la voz de Escrivá: -Pax, hija mía. ¿Qué estabas haciendo ahora?

-Vengo de dar una clase.

-¿Ah, sí?, ¿y de qué era esa clase?

-Pues…

-Dime, dime… ¿sobre qué era esa clase?

-La clase era… sobre el cariño y el cuidado que hay que tener con textos como, por ejemplo, el Catecismo de la Obra

-¡Muchas gracias, hija mía, porque sé con cuánto amor y con qué fuerza habrás dado esa clase! ¡Que Dios te bendiga! (34)

Sí, se exige exigirles. Y también se exige esperar a que sea el tiempo oportuno para «recoger» a aquella hija o a aquel hijo que en cierto momento pudieron quedar heridos. En alguna ocasión, Encarnita Ortega le oyó comentar: «Las almas, como el buen vino, maduran con el tiempo… Yo he aprendido a esperar… ¡y no es poca ciencia!» (35) Precisamente porque su carácteres fuerte, su genio enérgico, su temperamento impetuoso y su ritmo rápido. A veces, sin embargo, corrige «al paso». Pero también sale «al paso» de quien fue corregido, con algún detalle especial de solicitud y de cariño.

Al caer la tarde de un cálido día de agosto, en 1953, llegan el Padre y don Álvaro para estar un rato con un grupo de chicos jóvenes de la Obra, que hacen un curso de formación en Castelgandolfo. Disponen unos bancos en el jardín, a la sombra de un frondoso magnolio. La tertulia discurre animada, con canciones napolitanas y mexicanas, relatos de apostolado, noticias de los que están en otros países… De pronto se hace el silencio. Es lo que en algunos lugares describen como que «pasa un ángel». Escrivá interviene:

-A ver… ¿qué me contáis?

En el grupo está un estudiante de ingeniería naval, Rafael Caamaño, que acaba de llegar de Madrid. Trae anécdotas divertidas de las bromas que en el Colegio Mayor La Moncloa le gastaban a cierto residente, muy inocentón. Se arranca y cuenta alguna de esas novatadas. Ríen todos. No así el Padre que, poco a poco, va poniéndose serio. Por su expresión se nota que lo que está oyendo no le gusta. Antes que Rafael acabe su narración, Escrivá interrumpe con fuerza, con mucha fuerza:

-¡Basta! ¡No es ése nuestro espíritu! En casa nunca se han gastado y nunca se gastarán novatadas ni bromas pesadas… Nuestros centros y nuestras residencias no son cuarteles; son hogares de familia en los que todos nos esforzamos por hacer agradable la vida a los demás, sin brusquedades, sin ironías, sin familiaridades en el trato… ¡con una delicadeza extrema! Así se ha vivido desde el principio y así debe vivirse siempre.

Al terminar la tertulia, Escrivá busca con la mirada a Rafael. En cuanto le descubre, va hacia él y, tomándole del brazo, echa a andar hacia la puerta de la casa. Mientras caminan, le mira cariñosamente y le explica:

-Hijo, tenía que cortarte así, en seco… Me gustaría que comprendieses que yo tengo la obligación -¡y muchas veces, obligación costosa!- de enseñaros, de dejaros bien claro nuestro espíritu y sus exigencias. Si yo no te hubiese interrumpido para sentar ese criterio de convivencia, todos, y tú mismo, hubieseis podido creer que el Padre lo daba por bueno. Lo entiendes, ¿verdad, Rafael, hijo mío? (36)

Otro día, al cruzar por la galleria del Torrione, acompañado de otro sacerdote -como siempre que pasa por donde pueden estar sus hijas-, ve que la pintura de una pared se ha desdibujado, sin duda por el roce de la bayeta. Se lo dice a Mercedes Morado y a María Portavella, que están limpiando en esa zona de la casa. Les recuerda la importancia de «cuidar mucho lo poco», y que «si se desatienden las cosas pequeñas, en poco tiempo esta casa, que está hecha para durar siglos, puede acabar convertida en una ruina». Después, le indica a Mercedes:

-Y tú, hija, como directora, eres responsable. Esto no habría ocurrido si, entre las «experiencias de limpieza», hubieseis especificado bien cómo debe quitarse el polvo en este tipo de paredes decoradas al temple… Ahora, hazme el favor de avisar a Helena y que le dé un retoque a esa pintura ¡antes de que vaya a más!

A la mañana siguiente Escrivá se acerca a Helena:

-¿Sabes dónde está Mercedes?

-Ahora debe de estar en el segundo piso…

-Pues… ¿me haces un favor? Sube un momento, y dile de mi parte… que ayer le reñí por una cosa en la que yo no llevaba razón: lo que yo decía que no estaba especificado en las fichas de limpieza, sí estaba. Lo he visto después. Ve, por favor, y dile que el Padre lo siente mucho, muchísimo, ¡que me perdone! (37)

«Por favor.» Así lo pide todo. Y no sólo por un sentido innato de las buenas maneras: Escrivá aborrece los despotismos, las tiranías, las órdenes imperadas desde cualquier atalaya de autoridad. Enseña a vivir, viviéndolo él primero, que «el mandato más fuerte en el Opus Dei ha de ser siempre un por favor». De este modo, incentiva la obediencia libre -inteligente y voluntaria- de quien se identifica con aquello que se le pide, lo personaliza y lo asume como algo propio.

Porque sabe que la gente del Opus Dei está dispuesta a obedecer con naturalidad, sin transfondos de servilismo, el fundador desea que esa obediencia sea deliberada, reflexiva, fruto de un querer libérrimo. Sólo así tendrá el mérito de la virtud. Castizamente les dice muchas veces que «la razón más sobrenatural para obedecer es… ¡porque me da la gana!».

En una ocasión le hace cierto encargo a un hijo suyo, Ernesto Juliá. Éste le contesta:

-Lo haré enseguida, Padre.

Pero Escrivá provoca que Ernesto le mire cara a cara; y aunque lo que le ha encomendado es de poca monta, como si tuviera toda la importancia del mundo, le pregunta:

-¿De veras quieres hacerlo? Porque yo no debo imponerte nada. ¡No quiero obediencia de cadáveres! Yo, en cuestión de obediencia, necesito contar contigo, con tu voluntad libre, libre, libre… (38)

Ese magisterio andante, esa pedagogía que no puede perder ocasión para dejar, más que trazado, ¡esculpido!, el espíritu del Opus Dei, tiene a veces una imponente fuerza plástica: se hace inolvidable, porque entra por los ojos. Ya lo decía Séneca: «lento es el enseñar por teorías, pero breve y eficaz, por el ejemplo».

Un día de otoño de 1961, después del almuerzo, Escrivá baja con los directores del Consejo general al cuarto de estar de la casa del Vicolo, para tener una tertulia con los alumnos del Colegio Romano. Como en ese soggiorno no hay asientos suficientes para todos, los más jóvenes se levantan, dejan sitio a los directores, y ellos se acomodan de modo informal por el suelo.

A los pocos días, vuelve a repetirse la escena. Pero esta vez el Padre toma la delantera y, con movimientos rápidos, ante el asombro de todos, se sienta él en el suelo:

-¡No pasa nada…! En la Obra todos somos iguales. (39)

En este jalón, su propia lucha personal en los últimos años es diferente de la de los primeros. Al principio, cuando veía algo mal hecho, algo que contrariaba la plasmación concreta y material del espíritu del Opus Dei, Escrivá pensaba: «No puedo corregirlo ahora mismo, porque estoy enfadado… Debo decirlo en un tono sereno, para no herir, para ser más eficaz y para no ofender a Dios… Dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea conveniente.» En cambio, pasados los años, hace las correcciones enseguida, sin demorarse. Se dice a sí mismo: «Si no corrijo esto inmediatamente, empezaré a pensar que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío… Me pondré blandito… Y corro el peligro de no decir lo que debo.» (40)

-¡Itziar! ¿Dónde está la directora…?

1954. El Padre ha entrado en el planchero de Villa Sacchetti, llamando en voz alta a la directora, que es Itziar Zumalde. Por su tono de voz y por su ceño fruncido se percibe que llega seriamente disgustado. Avanza con paso decidido. Cruza el planchero. Se dirige a la rotonda, sin dejar de llamar a Itziar. De pronto ve que otra mujer de la Obra está allí sentada cosiendo, es Mirufa Zuloaga. Escrivá se detiene en seco. La expresión de su rostro cambia en un instante. Sus músculos se distienden. Aflora la sonrisa. Se dulcifica su mirada. Hace pocos días ha fallecido en España el padre de Miruf

Ordenación con San Juan Pablo II 1990

Con San Josemarí�a 16 de junio de 1974

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