El hombre de Villa Tevere. Los años romanos de Josemaría Escrivá

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CAPÍTULO I: Un retrato de frente.

Cerca de Segovia, Molinoviejo. Mil novecientos sesenta y seis, septiembre. Otoño y los chopos dorados. En la sala de estudios del pabellón, Luis Mosquera ha improvisado su taller de pintura. Por excepción, «por absoluta excepción… y porque me interesa el personaje», ha aceptado hacer un retrato fuera de su taller, desplazándose desde Madrid cada mañana. También el retratado ha tenido que vencer su repugnancia a estar mano sobre mano, posando, dos por cinco… «¡diez sesiones, como si yo fuese un artista de cine!».

Mosquera quería más tiempo: «Necesito el doble, el triple de sesiones… Yo soy un pintor lento… Pienso mucho cada pincelada.» Al fin se cierra el trato: cinco sesiones de dos horas y media.

Mosquera sabe que en esa ocasión el atuendo del retratado va a ser una dificultad ingrata: monseñor Escrivá de Balaguer viste una sotana negra, sin más relieve que una larga hilera vertical de diminutos botoncillos, ni más contraste que los breves trazos blancos del alzacuello y el asomado de los puños.

Toda la animación del cuadro ha de venir del rostro y de las manos. Ahí tiene que plasmar una expresión, un carácter, la encarnadura de una personalidad que entrevé vigorosa, rica en matices, de troquel irrepetible. Ahí tiene que dibujar a un hombre maduro, pero que transmite ardor de juventud. Un asceta, curtido en el dolor y sin embargo alegre. Una persona con entretelas de alma contemplativa, pero con un impetuoso pulso activo. Intelectual, sin frialdades. Elegante, sin atildamientos. Recio, sin tosquedades. Llano, sin campechanías. Sonrientemente serio, y serenamente pujante. Un hombre de paz. Y, con todo, un luchador. No hay más que mirarle. El mentón, adelantado y rotundo, denota tenacidad. Los labios, finos y de comisuras pronunciadas, delatan firmeza y autodominio. Las amplias arrugas de su frente, como gaviotas de alas extendidas, de sien a sien, describen una orografía bien roturada de sufrimientos pasados ¿o quizá presentes? Sí, sí, el pintor sabe que está ante un personaje de formidables contrastes.

Durante largo rato le da vueltas y vueltas a un pequeño y tozudo dilema: ¿sacerdotalmente viril o virilmente sacerdotal? Al fin, mientras recarga sus pinceles de siena y ocre, tierra y carne, resuelve: «Un sacerdote, con cuajo de hombre.»

Mosquera estudia esas manos. Nervudas. Fuertes. Hábiles. Expresivas. Imagina que habrán sostenido infinidad de veces la pluma estilográfica; que habrán pasado, cuenta a cuenta, muchos rosarios; que habrán confeccionado, día a día, ¡tantos años!, el misterio cristiano de la Eucaristía… Son manos artesanas, manos laboriosas, manos hechas para el trabajo esmerado. El artista discurre: «algo así como las manos de un alfarero». Y desea untar su pincel en barro.

En el conjunto del rostro hay tres trazos dominantes. Inteligencia, sí. Simpatía… ¿o más bien, una intensa capacidad de comunicación? Y un tercer elemento, profundo y sutil, que al pintor se le escapa y que será su desafío apasionante a lo largo de las cinco sesiones. Es un tercer factor, simple y complejo, muy difícil de asir y de plasmar, pero que estará ahí, más entrevisto que evidente, desde el primer momento en que, cada mañana a las once, otoño y los chopos dorados, el pintor se quede cara a cara con el personaje.

Lo descubrirá poco a poco, observándole en silencio, escrutando sus rasgos, oyéndole hablar mientras posa, o sintiéndose penetrar por su mirada…

Le interesa mucho esa mirada. Al contrario que tantas otras, ésta parece sacar la luz de dentro a fuera. Como los auténticos iconos rusos, que se empapan de la luz de oro que llevan dentro. Esa mirada… se diría que, más que reflejar las imágenes del alrededor ajeno, comunica no se sabe qué mensajes de su propio fondo íntimo. Es una mirada atenta, pero no escudriñadora, ni curiosa, ni inquisitiva, ni interpelante. Una mirada que, paradoja, ¡ve… pero no mira! Esos ojos pequeños, miopes y vivaces, tienen la rara virtud de trascender lo inmediato, como si otearan un lejano horizonte, a la vez que abrochan un rapport de entrañable cercanía. A Mosquera se le plantea entonces el enigma de la distancia: es como si esos ojos se quedasen allá atrás, respetuosos y rezagados, al mismo tiempo que se adelantan, franqueando fronteras, para salir al encuentro del que está enfrente.

Sólo al final sabrá que el quid, el secreto, no estaba tanto en los ojos como en conseguir llevar al lienzo esa especialísima mirada: la de un aventurero singular, faenador paciente que, zarpado siempre y siempre mar adentro, vislumbra estrellas y avizora océanos. ¿En qué puerto, en qué playa, en qué barca marinera ha visto él, antes que ahora, esa mirada entornada, profunda y largamente atenta, del pescador que otea en lontananza?

Hay testigos de esas escenas: Álvaro del Portillo, Javier Echevarría, Florencio Sánchez Bella, Emilio Muñoz Jofre, Alejandro Cantero… Uno de ellos tomó estas notas, en esos días de septiembre:

«Para meterse más en el retrato, Mosquera ha encarecido al Padre que hable mientras posa. Ayer estábamos varios en la sala de estudio. El Padre animaba una conversación amena y sazonada de buen humor. Se dirigía a todos los que le acompañábamos, interesados y curiosos. Pero, a medida que avanzaba el tiempo, su charla se iba dirigiendo de modo especial a Mosquera. El Padre es “un modelo dócil”, según dice el pintor. A una indicación suya, se cruza de brazos y mantiene el gesto, estático, casi sin respirar. Luego, cuando Mosquera le dice “ya vale”, vuelve a conversar con naturalidad, pero sin cambiar de lugar ni de postura (…). Hoy me he quedado a solas con el pintor y con el Padre en un ángulo de la estancia, durante la sesión. El Padre habla a Mosquera con un acento muy personal, muy íntimo. Le tutea y le llama por su nombre: Luis. Más que alabar su talento, elogia la ilusión que pone en su trabajo. De ahí ha pasado a explicarle cómo puede hacer de su arte “algo santo, algo humano y divino”. Luego, con palabras sencillas y directas, le da noticia de lo que es el Opus Dei. Y, con emocionante sinceridad, le comunica que Dios ha querido utilizarle a él como instrumento para hacer la Obra en el mundo. Después, subraya con fuerza, con persuasión, que él se considera “un instrumento inepto y sordo”; que se ve “lleno de miserias”; “capaz de todos los errores y de todos los horrores”; pero que, al mismo tiempo, sólo desea amar con locura a Jesucristo.

»El Padre habla durante más de media hora. Yo, en silencio desde mi rincón, aprovecho cada una de sus palabras para ir haciendo mi oración personal de esta mañana.

»El pintor hace su trabajo, concentrado y atento. Se le ve conmovido, herido por esa oración en voz alta del Padre.

»De pronto, el Padre calla. Se hace el silencio. Mosquera, sin dejar de mezclar colores en su paleta, empieza a hablar de la vida bohemia de los artistas, de emociones y pasiones, de su reciente matrimonio, de su educación laicista, de su escasa práctica religiosa… Se siente removido y abre su alma, sin importarle que esté yo allí. El Padre le corta, echando piropos al arte de la pintura. De intento, quiere evitar esa torrentera confidencial. Al acabar la sesión, cuando Mosquera se ha marchado, el Padre me dice: “¿Te has dado cuenta? Si no le interrumpo, nos hace una confesión pública”…» (1)

Meses después, cuando termine el retrato, (2) ya en su estudio madrileño de la calle del Doctor Arce, Luis Mosquera habrá salido de dudas sobre el tercer factor que le tenía en vilo. Eso que le atraía, eso que le cautivaba, eso que no acababa de brotar de su paleta y que planteaba inverosímiles desafíos a sus pinceles… Y es que se pueden pintar la luz y la oscuridad, la opacidad y la transparencia, la alegría y el dolor, la riqueza y la miseria, el orden y el caos, la suavidad y la aspereza… Todos ésos son ejercicios arriesgados y difíciles, pero superables con destreza. Ahora bien, ¿quién se atreverá a pintar la gracia?, ¿con qué recursos de color se podrá plasmar ese misterioso engarce entre el barro y la gracia, que es la santidad?

El artista, en sus cinco sesiones de Molinoviejo, intuyó, columbró y palpó que aquel cura que tenía delante era algo más que un prelado, algo más que un canciller, algo más que un fundador, algo más que un ilustre personaje. Algo más y algo distinto: era un santo de raza. Era, barro y gracia, un santo de la cabeza a los pies, pero con cuajo de hombre.

NOTAS

1. Testimonios de don Alejandro Cantero Fariña (AGP, RHF T-06308) y de monseñor César Ortiz-Echagüe (AGP, RHF T-04694).
2. Luis Mosquera hizo dos cuadros: uno, de cuerpo entero, que está en Diego de León (Madrid), y otro, de medio cuerpo, que está en la galleria del Fumo, en Villa Tevere (Roma).

 

Ordenación con San Juan Pablo II 1990

Con San Josemarí�a 16 de junio de 1974

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