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Partes de la confesión
76.- LAS COSAS
NECESARIAS PARA HACER UNA BUENA CONFESIÓN SON
CINCO:
EXAMEN DE CONCIENCIA,
DOLOR DE LOS PECADOS,
PROPÓSITO DE LA ENMIENDA,
DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR
Y CUMPLIR LA PENITENCIA[1] .
76,1. Quien
ha tenido la desgracia de pecar gravemente, si quiere salvarse, no tiene más remedio que confesarse para
que se le perdonen sus pecados, pues el sacramento de la penitencia ha sido
instituido por Cristo para
perdonar los pecados cometidos después del bautismo[2] .
Es cierto
que con el acto de perfecta
contrición, puede uno recobrar la gracia, pero para esto hay que
tener, además, el propósito firme de confesar «después estos pecados, aunque
estén ya perdonados[3] ; pues
Jesucristo ha querido
someter al sacramento de la confesión todos los pecados
graves.
«Por
voluntad de Cristo, la Iglesia
posee el poder de perdonar los pecados de los bautizados, y ella lo ejerce de
modo habitual en el sacramento de la penitencia por medio de los obispos y de
los presbíteros»[4]
Este
sacramento se llama también de la Reconciliación, pues nos reconcilia con Dios y
con
No vivas
nunca en pecado. Si tienes la desgracia de caer, ese mismo día haz un acto de
contrición perfecta, y luego confiésate cuanto antes. No lo dejes para
después.
El que se
confiesa a menudo no es porque tenga muchos pecados, sino para no tenerlos. El
que se lava de tarde en tarde, estará más sucio que el que se lava a
menudo.
Hoy mucha
gente va al psiquiatra. Es posible que el psiquiatra cure; pero, desde luego, no
perdona. Y muchos para tener paz necesitan sentirse perdonados.
Es como una
herida con pus. Hay que limpiarla para que se cure.
Cuando uno
se siente perdonado, tiene paz.
Arrepentirse
de lo malo que hayamos hecho, y pedir perdón a Dios es lo único que nos da
paz.
Y Dios
perdona todo y del todo, si le pedimos perdón.
Para eso ha
hecho la confesión.
«Es dogma de
fe que cuando Dios perdona, perdona de veras. (...) Si pensáramos otra cosa,
cometeríamos un pecado mortal»[5] .
La
misericordia de Dios es infinita. Dice la Biblia: «Como el viento norte borra las nubes del cielo, así
mi misericordia borra los pecados de tu alma».
Y en otro
sitio: «Cogeré tus pecados y los lanzaré al
fondo del mar para que nunca más vuelvan a salir a
flote»[6] .
Pero también
su justicia es infinita, y por lo tanto no puede perdonar a quien no se
arrepiente. Esto sería una monstruosidad que Dios no puede hacer
[7] .
Esta
doctrina la expresa así el P.
76,2.
Pío XII en
Y el
Concilio Vaticano II habla de «la confesión sacramental frecuente que, preparada
por el examen de conciencia cotidiano, tanto ayuda a la necesaria conversión del
corazón»[10] .
Al recuperar
el estado de gracia por la confesión bien hecha, se recuperan también todos los
méritos perdidos por el pecado mortal[11] .
76,3. Quien vive en pecado grave
es muy fácil que se condene por
tres razones:
1) Porque
después es muy posible que le falte la voluntad de confesarse, como le falta
ahora.
2) Porque,
aun suponiendo que no le falte esta voluntad, es posible que le sorprenda la
muerte sin tiempo para confesarse.
3)
Finalmente, quien descuida la confesión, y va amontonando pecados y pecados,
cada vez encontrará más dificultades para romper.
Un hilo se
rompe mucho mejor que una maroma.
Para
arrepentirse sería entonces necesario un golpe de gracia prodigioso; y esta
gracia sobreabundante Dios no suele concederla a quien se obstina en el
mal.
Jesucristo se lo
advierte así a los que quieren jugar con Dios: «Me buscaréis y no me encontraréis, y moriréis en
vuestro pecado»[12] .
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77.- Examen de
conciencia consiste en recordar los pecados
cometidos desde la última confesión bien hecha.
77,1.
Naturalmente, el examen se hace antes de la confesión[13] para
decir después al confesor todos los pecados que se han recordado; y cuántas
veces cada uno, si se trata de pecados graves.
Si sabes
el número exacto de cada clase de
pecados graves, debes decirlo con exactitud.
Pero si te
es muy difícil, basta que lo digas con la mayor aproximación que puedas: por
ejemplo, cuántas veces, más o menos, a la semana, al mes, etc.
Y si después
de confesar resulta que recuerdas con certeza ser muchos más los pecados que
habías cometido, lo dices así en la próxima confesión.
Pero no es
necesario que después de confesar sigas pensando en el número de pecados
cometidos, pues entonces nunca quedaríamos tranquilos.
Si hiciste
el examen con diligencia, no debes preocuparte ya más: todo está
perdonado.
El examen
debe hacerse con diligencia, seriedad y sinceridad; pero sin
angustiarse[14] .
La confesión
no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios. No se
trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial. Dios es
Padre[15] .
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78.-
El examen de
conciencia se hace procurando recordar los pecados cometidos
de pensamiento, palabra y obra, o por omisión, contra los mandamientos de la ley
de Dios, de la Iglesia o contra las obligaciones particulares. Todo desde la
última confesión bien hecha.
78,1. Para
ayudarte a hacer el examen, he puesto al final, en los Apéndices, un modo de
hacerlo recorriendo los mandamientos.
El examen
que ahí te pongo es muy largo y casi exhaustivo.
Para quien
se confiesa con frecuencia, basta una mirada seria y sincera a su conciencia,
con arrepentimiento y propósito de enmienda, pensando en el modo de evitar las
ocasiones de pecado.
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79.- Dolor de los
pecados es arrepentirse de haber
pecado y de haber ofendido a Dios.
79,1.
Arrepentirse de haber hecho una
cosa es querer no haberla hecho, comprender que está mal hecha, y dolerse de
haberla hecho.
El
arrepentimiento es un aborrecimiento del pecado cometido; un detestar el
pecado[16] . No
basta dolerse de haber pecado por un motivo meramente humano. Por ejemplo, en
cuanto que el pecado es una falta de educación (irreverencia a los padres), o en
cuanto que es una cosa mal vista (adulterio), o que puede traerme consecuencias
perjudiciales para la salud (prostitución), etc., etc.
El
arrepentido aborrece la ofensa a Dios, y propone no volver a
ofenderlo.
No es lo
mismo el dolor de una herida -que se siente en el cuerpo- que el dolor de la
muerte de una madre -que se siente en el alma-.
El
arrepentimiento es «dolor del alma»[17] .
Pero el
dolor de corazón que se requiere para hacer una buena confesión no es necesario
que sea sensible realmente, como se siente un gran disgusto.
Basta que se
tenga un deseo sincero de tenerlo.
El
arrepentimiento es cuestión de voluntad. Quien diga sinceramente «quisiera no
haber cometido tal pecado» tiene verdadero dolor.
«Entre los
actos del penitente, la contrición es considerada por los teólogos la parte más
esencial e insustituible»[18] .
El dolor es
lo más importante de
Por eso es
un disparate esperar a que los enfermos estén muy graves para llamar a un
sacerdote. Si el enfermo pierde sus facultades, ¿podrá arrepentirse? Pues sin
arrepentimiento, no hay perdón de los pecados, ni salvación posible.
El dolor
debe tenerse -antes de recibir la absolución- de todos los pecados graves que se
hayan cometido.
Si sólo hay
pecados veniales es necesario dolerse al menos de uno, o confesar algún pecado
de la vida pasada.
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80.-
Hay dos clases de arrepentimiento:
contrición perfecta y atrición.
81.- Contrición
perfecta es un pesar
sobrenatural del pecado por amor a Dios, por ser Él tan bueno, porque
Contrición
es arrepentirse de haber pecado porque el pecado es ofensa de Dios.
Siempre con
propósito de enmendarse desde ahora y de confesarse cuando se pueda[20]
.
La
contrición es dolor perfecto [21] .
81,1. Aunque
la contrición perdona, la Iglesia obliga a una confesión posterior, porque es
necesario que el pecador haga una adecuada satisfacción; y ésta, es el sacerdote
el que debe imponérsela, porque es el delegado por
El acto de
contrición es la manifestación de la pena que nos causa haber ofendido a Dios
por lo bueno que es y por lo mucho que nos ama: lágrimas no sólo por temor al
castigo, sino por la pena de haberle entristecido.
82.- Atrición
es un pesar sobrenatural de haber
ofendido a Dios por temor a los castigos que Dios puede enviar en esta vida y en
la otra, o por la fealdad del pecado cometido, que es una ingratitud para con
Dios y un acto de rebeldía.
Siempre con
propósito de enmendarse y de confesarse.
La atrición
es dolor imperfecto, pero basta para la confesión[22]
82,1. Un
ejemplo: un chico jugando a la pelota en su casa rompe un jarrón de porcelana
que su madre conservaba con cariño y, al ver lo que ha hecho, se arrepiente.
Si lo que
teme es el castigo que le espera, tiene dolor semejante a la atrición; pero si
lo que le duele es el disgusto que se va a llevar su madre, tiene un dolor
semejante a la contrición.
82,2. Es
lógico que la contrición y la atrición vayan un poco unidas.
Aunque uno
tenga contrición, eso no impide que también tenga miedo al infierno, como
corresponde a todo el que tiene fe.
Y aunque uno
se arrepienta por atrición, hay que suponer algún grado de amor para recuperar
la amistad con Dios.
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83.-
Es mejor la contrición
perfecta, pues con propósito de confesión y enmienda, perdona todos los pecados,
aunque sean graves[23] .
83,1. Cuando
uno, en peligro de muerte, está en pecado grave y no tiene cerca un sacerdote
que le perdone sus pecados, hay obligación de hacer un acto de perfecta
contrición con propósito de confesarse cuando pueda.
El acto de
contrición le perdona sus pecados, y si llega a morir en aquel trance, se
salvará.
Si se
arrepiente sólo con atrición, no consigue el perdón de sus pecados graves, a
menos que se confiese[24] , o
reciba la unción de los enfermos.
Se salvarían
muchos más si se acostumbraran a hacer con frecuencia un acto de contrición bien
hecho.
Deberíamos hacer un
acto de contrición siempre que tengamos la desgracia de caer en un pecado grave.
Así nos ponemos en gracia de Dios hasta que llegue el momento de
confesarnos.
Deberíamos
hacer actos de arrepentimiento cada
noche, y cada vez que caemos en la cuenta de que hemos pecado.
Dios está
deseando perdonarnos. Pero si no le pedimos perdón, no nos puede perdonar. Sería
una monstruosidad perdonar una falta a quien no quiere arrepentirse de ella.
«De Dios no se ríe
nadie»[25] .
El
verdadero arrepentimiento incluye el pedir perdón a Dios. «No sería sincero
nuestro arrepentimiento si pretendiésemos despreciar el modo ordinario
establecido por
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84.-
EL ACTO DE CONTRICIÓN SE HACE
REZANDO DE CORAZÓN EL «SEÑOR MÍO JESUCRISTO...» Lo tienes en los
Apéndices.
84,1. Un
sencillo acto de contrición puede ser:
«Dios mío,
yo te amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas. Yo me arrepiento de todos
mis pecados, porque te ofenden a Ti, que eres tan bueno. Señor, perdóname y
ayúdame para que nunca más vuelva a ofenderte, que yo así te lo
prometo».
Y si quieres uno más breve para
momentos de peligro:
«Dios mío, perdóname, que yo te amo
sobre todas las cosas».
Además, este
acto de contrición tan breve, te sirve también para cuando vayas a confesarte si
no sabes el «Señor mío Jesucristo».
Si sabes el
acto de contrición largo, lo puedes hacer con devoción y consciente de lo que
dices; pero si crees que no te va a salir bien, o lo vas a decir rutinariamente,
más vale que repitas varias veces de corazón: «¡Dios mío, perdóname!, ¡Dios mío,
perdóname!».
Pero además,
este acto de contrición en tres palabras, puede servir también para que ayudes a bien morir a otras personas:
parientes, conocidos o incluso desconocidos, si encuentras, por ejemplo, un
accidente en la carretera.
Aunque
parezcan muertos, el oído es lo último que se pierde.
Está
demostrado que incluso enfermos en coma mantienen la audición[27] .
Hay un
espacio de tiempo entre la muerte aparente y la muerte real[28] .
La señal más
cierta de la muerte real es la putrefacción del cadáver[29] .
Muchos que
parecían muertos, después, cuando se recuperaron, dijeron que se habían enterado
de todo lo que ocurrió, aunque ellos no podían decir una palabra ni mover un
solo músculo de su cuerpo.
Por eso, si
alguna vez te encuentras en la carretera un accidente, no dudes en ponerte de
rodillas en el suelo, aplicar tu boca a su oído y decirle por lo menos tres
veces: «¡Dios mío, perdóname! , ¡Dios mío, perdóname! , ¡Dios mío, perdóname!
». Que si lo oye y lo acepta, le ayudas a que salve su alma.
Y nadie en
la vida le ha hecho mayor favor que tú, que en la hora de la muerte le ayudaste
a ganar el cielo.
Debemos
preocuparnos de ayudar a bien morir a los moribundos.
Hoy está muy
paganizado el sentido de la muerte, y muchas personas ante un accidente o un
moribundo, se preocupan del médico, y muy pocos se preocupan de preparar el alma
para la eternidad.
Ocúpate tú
si ves que nadie se acuerda de hacerlo.
Ojalá que
ayudes a bien morir a muchas personas. El día que te encuentres con ellos en el
cielo verás cómo te lo agradecen; y sentirás felicidad por haber colaborado a la
salvación de otros.
Creo que con
este acto de contrición, en tres palabras, te ayudo a que puedas enfrentarte con
tranquilidad a la muerte, si en ese momento trascendental no tienes al lado un
sacerdote que te perdone; y además puedes ayudar a otros a bien morir, y de esta
manera colaborar a su salvación eterna.
Cuando
estuve en la Argentina, para la gran misión de Buenos Aires, en octubre de 1960,
conocí el acto de contrición que allí se usa. Me gustó mucho y lo transcribo
aquí:
«Pésame, Dios mío, y me
arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el infierno que
merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a
un Dios tan bueno y tan grande como Vos. Antes querría haber muerto que haberos
ofendido; y propongo firmemente no pecar más, y evitar todas las ocasiones
próximas de pecado. Amén».
También es un acto de contrición
perfecta este precioso soneto:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar, por eso, de ofenderte.
Tú me mueves, Señor;
muéveme el verte
clavado en la cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
porque aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera.
Este soneto,
atribuido a distintos autores, según el conocido periodista Bartolomé Mostaza, se debe al doctor
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84,2. Para
hacer un acto de contrición no es necesario usar ninguna fórmula determinada.
Basta detestar de corazón todos los pecados por ser ofensa a
Dios.
Cuando
quieras hacer un acto de contrición perfecta también puedes hacerlo pensando en
Cristo crucificado, y
arrepintiéndote, por amor suyo, de tus pecados, ya que fueron causa de su Pasión
y Muerte.
El acto de
contrición es un acto de
Es de
capital importancia el saber hacer un acto de perfecta contrición, pues es muy
frecuente tenerlo que hacer: son muchos los que a la hora de la muerte no tienen
a mano un sacerdote que los confiese.
Además,
conviene hacer el acto de contrición todas las noches, después de haber hecho un
breve examen de conciencia, añadiendo siempre el propósito de enmendarse y
confesarse.
No deberíamos olvidar nunca aquel
admirable consejo:
Pecador, no te
acuestes
nunca en
pecado;
no sea que
despiertes
ya
condenado.
Son más de
los que nos figuramos los que se acuestan tranquilos y despiertan en la otra
vida, muertos de repente.
En
Lo mismo ha
ocurrido repetidas veces en terremotos[31] .
Sobre el
acto de contrición puede ser interesante mi vídeo: Salida de emergencia: el perdón de los pecados sin
sacerdote[32] .
La hipótesis
de que en la hora de la muerte la persona recibirá una iluminación sobrenatural
que le permita pedir perdón y poder salvarse «queda descartada, pues de ella no
hay rastro alguno en la revelación»[33] .
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85.- Propósito de
enmienda es una firme resolución de no volver
a pecar.
85,1. El
propósito brota espontáneamente del dolor[34] .
Si tienes
arrepentimiento de verdad, harás el propósito de no volver a
pecar[35] .
«Que el malvado abandone su camino, y el
criminal sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá
piedad»[36] .
Es absurdo
decirse al pecar: «después me arrepentiré». Si después piensas arrepentirte de
verdad, ¿para qué haces ahora lo que luego te pesará de haber hecho? Nadie se
rompe voluntariamente una pierna diciendo: «después me
curaré».
El propósito
hay que hacerlo antes de la confesión, y es necesario que perdure (por no
haberlo retractado) al recibir la absolución.
El propósito
tiene que ser universal, es decir, propósito de no volver a cometer ningún
pecado grave.
No basta que
se limite a los pecados de la confesión presente.
Y debe ser
«para siempre». Sería ridículo que uno que ha ofendido a otro, después de
pedirle que le perdonara, le dijera:
- «Siento lo
ocurrido, pero me reservo el derecho de hacerlo otra vez, si me da la
gana».
Si no hay
verdadero propósito de la enmienda, la confesión es inválida y
sacrílega[37] .
No creas que
tu propósito no es sincero porque preveas que volverás a caer.
El propósito
es de la voluntad; el prever es de la razón.
Basta que
tengas ahora una firme determinación, con la ayuda de Dios, de no volver a
pecar.
«No se trata
de la certeza de no volver a cometer pecado, sino de la voluntad de no volver a
caer»[38] .
El temor de
que quizás vuelvas después a caer no destruye tu voluntad actual de no querer
volver a pecar.
Y esto
último es lo que se requiere.
Y si caes,
confiésate enseguida. Como el ciclista que pincha en la carretera: arregla
enseguida el pinchazo; no sigue rodando con la rueda pinchada esperando tener
más pinchazos.
Para poder
confesarse no hace falta estar ciertos de no volver a caer.
Esta
seguridad no la tiene nadie.
Basta estar
ciertos de que ahora no quieres volver a caer.
Lo mismo que
al salir de casa no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no quieres
tropezar[39] .
Lo
importante, e indispensable, es que tengas deseos de corregirte, y lo
intentes.
Dice
Juan Pablo II:
«Es posible
que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del
pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas
caídas; pero eso no va en contra de la autenticidad del propósito, cuando a ese
temor va unida la voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que
Es posible
que te asuste el propósito de «nunca más». Pero basta que digas «ahora no». Y
decir lo mismo la próxima vez.
«Dios no
rechaza a los débiles; sólo rechaza a los soberbios y a los
hipócritas»[41]
«Tocante a
la capacidad del hombre para evitar el pecado mortal, el Concilio de Trento cita
85,2. Pero
no olvides que para que el propósito sea eficaz es necesario apartarse seriamente de las ocasiones de
pecar, porque «quien ama el
peligro perecerá en él»[44] y «si
te metes en malas ocasiones, serás malo».
Hay batallas
que el modo de ganarlas es evitarlas.
Combatir
siempre que sea necesario, es de valientes; pero combatir sin necesidad es de
estúpidos y fanfarrones.
Si no
quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego.
Si no
quieres cortarte, no juegues con una navaja de afeitar.
Quien quiere
verlo todo, oírlo todo, leerlo todo, es moralmente imposible que guarde pureza.
Es necesario frenar los sentidos..., ¡y la concupiscencia!
La
concupiscencia es una fiera insaciable. Aunque se le dé lo que pide, siempre
quiere más. Y cuanto más le des, más te pedirá y con más fuerza. La fiera de la
concupiscencia hay que matarla de hambre. Si la tienes castigada, te será más
fácil dominarla.
En las
ocasiones de pecar hay que saber cortar cuanto antes. Si tonteas, vendrá un
momento en que la tentación te cegará y llegarás a cosas que después, en frío,
te parecerá imposible que tú hayas podido realizar. La experiencia de la vida
confirma continuamente esto que te digo.
Si el
propósito no se extendiese también a poner todos los medios necesarios para
evitar las ocasiones próximas de pecar, no sería eficaz, mostraría una voluntad
apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de
perdón.
«Nuestra
decisión de evitar el pecado no sería seria si no abarcase la voluntad de evitar
también todo lo que pudiera ser causa u ocasión próxima de
pecado»[45] .
Quien,
pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir
Ocasión de
pecado es toda persona, cosa o circunstancia, exterior a nosotros, que nos
induce a pecar, que nos da oportunidad de pecar, que nos facilita el pecado, que
nos atrae hacia él y constituye un peligro de pecar.
Se llama
ocasión próxima si lo más probable es que nos haga pecar; pues, ya sea por la
propia naturaleza, ya por las circunstancias, en tales ocasiones la mayoría de
las veces se peca.
Hay
obligación grave de evitar, si se puede, la ocasión próxima de pecar
gravemente[47] .
De manera
que quien se expusiera voluntaria y libremente a peligro próximo de pecado
grave, aunque de hecho no cayese en el pecado, pecaría gravemente por exponerse
de esa manera, sin causa que lo justifique.
La ocasión
próxima de pecar se diferencia de la ocasión remota en que esta última es
poco probable que nos arrastre al pecado.
«El concepto
de ocasión d pecado es un concepto relativo. Lo que para algunos es ocasión
remota de pecado resulta ser ocasión próxima para otros. Un conjunto de
circunstancias o un ambiente se dice ser ocasión remota de pecado si la
tentación que de ello se origina es ligera y fácil de superar por la persona en
cuestión»[48] .
Si la
ocasión de pecado es necesaria y no se puede evitar, hay que tomar muy en serio
el poner los medios para no caer. Para esto consultar con el
confesor.
Éste sería
el caso en el que el empleo fuera ocasión de
pecado.
Sobre las
ocasiones de pecar, merecen especial atención, como dice el célebre moralista
Häring, «las ocasiones de pecado
contra
Jesucristo tiene
palabras muy duras sobre la obligación de huir de las ocasiones de pecar. Llega
a decir que si tu mano te es ocasión de pecado, te la cortes; y que si tu ojo es
ocasión de pecado, te lo arranques; pues más vale entrar en el Reino de los
Cielos manco o tuerto, que ser arrojado con las dos manos o con los dos ojos en
el fuego del infierno[50] .
Una persona
que tiene una pierna gangrenada se la corta para salvar su vida. Vale la pena
sacrificar lo menos para salvar lo más.
Evitar un
pecado cuesta menos que desarraigar un vicio. Esto es a veces muy difícil. Es
mucho más fácil no plantar una bellota que arrancar una
encina.
Los actos
repetidos crean hábito y pueden esclavizar.
Ya dijo
Ovidio: Gutta cavat petram, non semel sed saepe cadendo.
La gota de agua, a fuerza de caer, termina por horadar la
piedra.
Para
apartarse con energía de las ocasiones de pecar, es necesario rezar y orar:
pedirlo mucho al Señor y a la Virgen, y fortificar nuestra alma comulgando a
menudo.
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86.-
Al confesor hay
que decirle voluntariamente, con
humildad, y sin engaño ni mentira, todos y cada uno de los pecados graves
[51] no
acusados todavía en confesión individual bien hecha[52];
y en orden a obtener la absolución[53] .
No tendría
carácter de confesión sacramental manifestar los pecados para pedir consejo,
obligarle a callar, etc.[54] .
86,1. «Antes
de empezar la confesión el sacerdote puede leer al penitente, o recordarle,
algún texto o pasaje de
«La
confesión del creyente no puede equipararse simplemente a una declaración humana
de culpabilidad. Es ante todo un acto religioso, movido por la fe y la confianza
en Dios, a través del cual el penitente expresa su arrepentimiento, juntamente
con el reconocimiento humilde de la propia culpa, y la esperanza de alcanzar el
perdón.
»Es un acto
que va dirigido principalmente a Dios, Creador y Padre, fundamento último del
orden moral, cuya voluntad se siente agraviada por todo desorden humano, y cuyo
amor se muestra siempre dispuesto al perdón y a la
reconciliación»[56] .
Dijo el Papa
Juan Pablo II el 30 de enero de
1981: «Sigue vigente y seguirá vigente para siempre, la enseñanza del Concilio
Tridentino[57] en
torno a la necesidad de confesión íntegra de los pecados
mortales»[58] .
Es
indispensable manifestar los pecados con toda sinceridad y franqueza, sin
intención de ocultarlos o desfigurarlos.
Si
confesamos con frases vagas o ambiguas con la esperanza de que el confesor no se
entere de lo que estamos diciendo, nuestra confesión puede ser inválida y hasta
sacrílega.
Al confesor
hay que manifestarle con claridad los pecados cometidos para que él juzgue el
estado del alma según el número y gravedad de los pecados
confesados.
«La
absolución exige, cuando se trate de pecados mortales, que el sacerdote
comprenda claramente y valore la calidad y el número de los
pecados»[59] .
El confesor
debe conocer las posibles circunstancias atenuantes o agravantes, y también las
posibles responsabilidades contraídas por ese
pecado.
También hace
falta que el penitente esté en presencia del confesor. No es lícita la confesión
a un confesor ausente[60] .Por
lo tanto no es válida la confesión por teléfono[61] .
Si queda
olvidado algún pecado grave, no importa; pecado olvidado, pecado perdonado.
Pero si
después me acuerdo, tengo que declararlo en la confesión
siguiente[62] .
Mientras tanto, se puede comulgar.
Y no es
necesario confesarse únicamente para decirlo, porque ya está
perdonado[63] .
Pero si la
confesión estuvo mal hecha, es necesario confesar de nuevo todos esos pecados
graves, en otra confesión bien hecha.
La
obligación de confesar todos los pecados graves, ciertamente cometidos y
ciertamente no confesados, puede considerarse dispensada cuando el penitente
tiene una imposibilidad de orden físico o de orden psíquico[64] .
En alguna
circunstancia excepcional se justifica el callar un pecado grave en la
confesión: una vergüenza invencible de decirlo a un determinado confesor, por
ejemplo, por la amistad que se tiene con él y no ser posible acudir a otro; si
peligra el secreto, porque hay alguien cerca que puede enterarse, y no hay modo
de evitarlo (sala de un hospital, confesonario rodeado de gente, etc.).
Pero ese
pecado grave, ahora lícitamente omitido, hay obligación de manifestarlo en otra
confesión[65] .
Hay
circunstancias en las que se puede dispensar de una confesión íntegra y bastaría
una manifestación de arrepentimiento general, como sería el caso de una persona
moribunda o escrupulosa[66] .
Si en alguna
ocasión quieres confesarte y no encuentras un sacerdote que entienda el español,
o tú no puedes hablar, basta que le des a entender con gestos[67] el
arrepentimiento de tus pecados, por ejemplo, dándote golpes de
pecho[68] . Tu
gesto basta para que el sacerdote te dé la absolución.
Pero estos
pecados así perdonados, tienes que manifestarlos la primera vez que te confieses
con un sacerdote que entienda el idioma que tú
hablas.
86,2.
Recientemente
«Es lícito dar la absolución sacramental a muchos fieles simultáneamente, confesados sólo de un modo genérico, pero convenientemente exhortados al arrepentimiento, cuando visto el número de penitentes, no hubiera a dispo