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73.-Además de
los mandamientos de la ley de Dios, la Iglesia tiene cinco
mandamientos.
73,1. En
virtud del poder recibido de Jesucristo[1] , la
Iglesia puede imponer preceptos que obliguen gravemente a los hombres en orden a
un mejor cumplimiento de la ley de Dios[2] .
Los
mandamientos de la Iglesia no son arbitrarios. No manda, bajo pecado grave, un
acto intranscendente. «La Iglesia, con esos preceptos, intenta conseguir que los
fieles se santifiquen como es debido»[3] .
Los mandamientos de la Iglesia son
de dos clases:
Los tres
primeros mandan oír Misa, confesar y comulgar; pero de esto ya hemos tratado.
(Ver números 45 al 61) El cuarto manda el ayuno y la
abstinencia en los días determinados por la
Iglesia.
73,2.
El ayuno consiste en hacer una
sola comida fuerte al día. Pero se puede tomar algo por la mañana y por la
noche.
En el
desayuno se puede tomar, por ejemplo, leche, café o té, o un poco de chocolate,
con unos
En la cena
se puede tomar hasta
Si te parece
esto muy complicado, puedes atender
Y si lo que
se suele tomar es poco, la cantidad que se suprima puede ser
menor.
Otra
norma práctica es que sumando lo que se toma en el desayuno y en la cena, no
llegue a lo que se suele tomar al mediodía[4] .
En la comida
principal se puede tomar toda la cantidad que se quiera.
Pero durante
el día no se puede tomar nada (comida o bebida) que sea alimento. Sí se pueden
tomar líquidos no alimenticios como refrescos, café, té y bebidas
alcohólicas[5]; y también
alguna pequeña «tapa» con que éstas suelen acompañarse; aunque sería mejor
abstenerse de ella.
La
abstinencia consiste en no tomar carne; pero no
está prohibido el caldo de carne[6] ni la
grasa animal, si es condimento.
También se
pueden tomar huevos y productos lácteos.
Tienen
obligación de ayunar todos los católicos que han cumplido dieciocho años y no
han cumplido los cincuenta y nueve[7] .
La
abstinencia obliga desde los catorce años cumplidos hasta el final de la
vida[8] .
«No están
obligados al ayuno y abstinencia los verdaderamente pobres, los enfermos y los
obreros»[9] . Y
también las personas invitadas a comidas que no pueden excusarse de comer lo que
les sirven[10].
Tampoco
están obligados los que no tienen habitualmente uso de razón.
El párroco y
algunos confesores pueden dispensar cuando haya motivo
suficiente.
Son días de ayuno
y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes
Santo. Son días de sólo abstinencia todos los viernes del año, que no caigan en
festivo.
La
abstinencia de los viernes fuera de cuaresma puede ser sustituida, por uno
mismo, total o parcialmente por otras formas de penitencia, piedad o caridad,
como limosnas, visitas a enfermos, privarse de tabaco o espectáculos, o
cualquier otro gusto,y por rezar el rosario, hacer una visita al Santísimo,
etc.[11] . Pero
no por una obra obligatoria, como sería la misa del
domingo.
Bastaría
tener una intención habitual de ofrecer para esto el primer sacrificio u obra de
caridad o piedad que se realice.La abstinencia de los viernes de cuaresma, y el
ayuno y la abstinencia del Miércoles de Ceniza y Viernes Santo no pueden ser
sustituidos por propia iniciativa.
No debe
considerarse pecado grave cualquier violación esporádica de la ley; pero sí el
dejar de cumplirla habitualmente o por menosprecio[12] .
Lo
importante es el espíritu de
«La
observancia sustancial de la disciplina eclesiástica sobre la penitencia es
gravemente obligatoria. Pero adviértase que la Iglesia no quiere precisar con
medidas y pormenores los límites que determinarían en cada caso la gravedad de
las faltas, porque desea que los fieles no caigan en la servidumbre y en la
rutina de una observancia meramente externa, y prefiere, al contrario, que ellos
mismos, sin omitir el oportuno consejo, formen deliberadamente su conciencia en
cada caso según las indicaciones y el espíritu de la ley, con sentido de
responsabilidad ante el Señor que ha de juzgar la sinceridad y diligencia de
nuestras actitudes. Pero, sin duda, el desprecio y la inobservancia habitual de
los preceptos de la Iglesia constituiría pecado grave.
El
Secretario del Episcopado francés ha propuesto a los católicos privarse del
tabaco o bebidas alcohólicas un día a la semana, como una nueva modalidad de
abstinencia[14] .
Hacer
penitencia es obligación de todo cristiano.
Cada vez que cumplimos con nuestro deber y se lo ofrecemos a Dios hacemos
penitencia.
Cuando, en
obsequio a Dios, nos privamos de algo que nos gusta o hacemos algo que nos
desagrada, hacemos penitencia.
Cuando, por
Dios, aceptamos la vida y sus dificultades, hacemos penitencia.
Cuando,
también por Dios, somos justos y luchamos contra las injusticias de la vida,
hacemos penitencia.
Arrepentirnos de nuestros pecados y
hacernos amigos de Dios, es hacer penitencia.
La
penitencia necesita de algo interior: Dios quiere el corazón, no sólo las obras
externas. Si nuestra intención se detuviese en cumplir la ley, sin ofrenda a
Dios, no haríamos penitencia. La primera y obligatoria penitencia que tenemos
que hacer es cumplir la ley de Dios. Si no cumplimos lo que se nos manda, no
hacemos penitencia. El principal lenguaje de un hombre son las
obras.
73,3. El
quinto mandamiento de la Iglesia manda que la ayudemos en sus necesidades y en
sus obras. No hay que olvidar que es deber de los fieles atender, según las
posibilidades de cada uno, con su ayuda económica al culto y al decoroso
sustento de los ministros de Dios.
Todos los
bienes los hemos recibido de Dios. El contribuir con ellos para ayudar a la
Iglesia en sus necesidades, es una manera de agradecer a Dios lo que nos ha
dado, y rogarle que nos siga bendiciendo.
Los
sacerdotes han consagrado su vida a trabajar exclusivamente por el bien
espiritual de los hombres, por lo tanto, de ellos deben recibir lo necesario
para satisfacer sus necesidades humanas, y poder seguir estudiando y estar
siempre bien preparados para el desempeño de su
ministerio.
Dice el
Nuevo Código de Derecho Canónico: «Los fieles tienen el deber de ayudar a la
Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto
divino, las obras apostólicas y de caridad, y el conveniente sustento de los
ministros»[15] .
Los buenos
católicos deben también contribuir al sostenimiento del Seminario de la
Diócesis, donde se están formando los futuros sacerdotes que han de
atender a las almas.
«Todos hemos
de sentir la Iglesia como propia. Es un deber de justicia ayudar a la Iglesia en
todo lo relativo al apostolado, porque de la Iglesia recibimos el mayor bien que
se puede recibir en este mundo: los medios para ir al cielo»[16] .
«La Iglesia
necesita aquellos recursos que hacen posible el que pueda llevar adelante su
función evangelizadora. Estos recursos tienen que provenir, en su mayor parte,
de la misma comunidad eclesial. Si bien es justo que se reciban otras ayudas de
los organismos encargados de tutelar el bien común, en virtud (...) de la
contribución que la Iglesia realiza en acciones sociales que benefician a toda
Como en
otras naciones, también es España, se puede hoy ayudar a la Iglesia destinando a
ella la pequeña parte asignada de lo que hay que pagar a
Hacienda.
Nuestra
colaboración a la Iglesia no debe limitarse a lo económico; debemos también
prestar nuestra colaboración personal, en la medida que nos sea
posible.
73,4. Además
de estos mandamientos más generales, la Iglesia tienen también otros, como por
ejemplo, la prohibición de asistir a escuelas ateas o a centros en los que se
enseñen cosas contrarias a la doctrina católica.
«Los padres
católicos que envían a sus hijos a estas escuelas, aunque sea con el pretexto de
que enseñan muy bien otras materias profanas, pecan gravísimamente y son
indignos de la absolución sacramental, por el grave peligro a que exponen a sus
hijos»[18] .
El Concilio
Vaticano II «recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus
hijos, en el tiempo y lugar que puedan, a las escuelas católicas, de sostenerlas
con todas sus fuerzas, y de colaborar con ellas en bien de sus propios
hijos»[19] .
Por eso
«deben disponer, y aun exigir, todo lo necesario para que sus hijos puedan
disfrutar de tales auxilios y progresar en la formación cristiana a la par que
en la profana»[20] .
Dicen los
Obispos Españoles: «La clase de Religión en España, carente hoy del debido rigor
académico, se ve sometida a un proceso de deterioro que repercutirá
negativamente en los aspectos humanos y éticos de todo el marco
educativo»[21] . Leí
en el ABC de Madrid, en la misma página, estos dos titulares: «El gobierno
socialista margina la asignatura de Religión». «En Suecia la clase de Religión
es obligatoria»[22].
«Los padres
tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y
religiosas»[23]
Dice el
Nuevo Catecismo de
Como dijo el
Papa Juan Pablo II en su visita a
España en 1982: «Los padres deben elegir para sus hijos una enseñanza en la que
esté presente el pan de la fe cristiana»[25] .
Los padres
tienen obligación de preocuparse de que sus hijos sean educados en la religión
católica. Si se desentienden de esto, que no se quejen después cuando sus hijos
les salgan torcidos. No te contentes con solicitar la enseñanza de la Religión
en el colegio de tus hijos. Comprueba lo que les enseñan; y si les dan gato por
liebre, protesta enérgicamente como cualquier consumidor
estafado[26] .
Otro
mandamiento de la Iglesia es no contraer matrimonio opuesto a las leyes de la
Iglesia.
73,5. En
1917 se publica el Código de Derecho
Canónico que sistematiza un cúmulo de leyes eclesiásticas. En 1983 se
publica un nuevo Código de Derecho
Canónico que actualiza y perfecciona el anterior. El estudio de esta
reforma ha durado veinticinco años, desde que lo inició Juan
XXIII.
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74.-
Los mandamientos de la ley de Dios
se resumen en dos:
Primero:
amarás a Dios sobre todas las cosas.
Segundo: y
al prójimo como a ti mismo[29] .
74,1. Esto es lo que significan los
siguientes magníficos consejos: «Cumple siempre todos los mandamientos». «Por
nada del mundo cometas un pecado grave». «Procura agradar a Dios en todas las
cosas». «No hagas tú a los otros lo que no quieras que los otros te hagan a ti».
«Pórtate tú con los demás como quieras que los demás se porten
contigo».
74,2. Hay
personas que reducen sus prácticas religiosas al servicio del prójimo. Eso está
bien, pero no basta. Hay acciones humanas que ni benefician ni perjudican al
prójimo, en cambio agradan o desagradan a Dios: como el asistir a Misa o el
decir blasfemias.
Hoy somos
muy sensibles a la justicia social. El remedio no está en cambiar las
estructuras, que seguirán siendo injustas si no cambiamos a los hombres. Si
cambiamos a los hombres las estructuras serán mejores y habrá más justicia. El
mejor modo
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75.-
EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO ES
75,1. El
cristiano debe cumplir sus obligaciones con la misma perfección que uno que sea
ateo pero «de distinta manera», es decir, con amor a los demás, como al mismo
Jesucristo. Es más, como Cristo los ama: «Amaos los unos a los otros como Yo os he
amado»[32] .No se
puede amar a Dios si no se ama al prójimo.
Todos
formamos con Cristo su Cuerpo
Místico. Y no se puede amar la cabeza y maltratar otra parte del cuerpo.
San Agustín expresa esta idea
popularmente: «¿no te quejarías si uno para besarte en la cara te da un pisotón
en los pies?»[33] .
Pero no todo
amor al prójimo es ya amor a Dios. Tú puedes amar a una persona por ser hija de
sus padres, a quienes amas; pero también puedes amarla por ella misma, sin que
eso suponga que amas
Por eso la
caridad cristiana es amar al prójimo porque es hijo de Dios[35] . Lo
contrario puede ser un humanismo ateo que se llama filantropía[36] .
Hoy se habla
mucho de solidaridad en lugar de
caridad cristiana. Pero esto es rebajarla, pues todo lo que hagamos por el
prójimo queda enriquecido si lo hacemos también por amor de
Dios.
«Solemos
citar muchas veces los textos de la carta de San Juan en los que se exige la caridad
para con los demás de una forma enérgica: «Si uno dijere que ama a Dios y no ama a su hermano,
es un mentiroso»[37] .
Pero se cita
menos otra frase que en el pensamiento de San
Juan no admite duda, y necesita que se recuerde hoy de una manera
especial: es cierto que la caridad con Dios es cosa vana cuando no va unida al
amor del prójimo, que es hijo de Dios, pues ahí está la razón profunda de
nuestro deber para con él; pero el amor del prójimo que quisiera ignorar el amor
de Dios, no sería verdadero: «En esto
conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a
Dios»[38] .
«Se oye con
bastante frecuencia hoy día, que las palabras “mandato” y “ley” son palabras
condenadas a estar proscritas de manera absoluta; como si hablar de cosas
“permitidas” y de cosas “prohibidas” fuera una verdadera y peligrosa
desnaturalización de la vida moral. Ante todo, es evidente que estas palabras,
que se quieren proscribir, pertenecen al mismo Evangelio. Son auténticas
palabras de Dios. Es difícil eliminar de la primera carta de San Juan la palabra y la idea de “mandato”;
aparecen repetidas sin cesar y en el sentido más profundo. Y de una manera
sistemática e inaceptable se quiere eliminar, por lo mismo, la palabra y la idea
de “ley”; en la enseñanza de San
Pablo. Lo que él condena es una cierta concepción de la “ley”, mas
para devolverle otra, a la que da expresamente ese nombre, y cuyas exigencias no
deja de señalar de forma clara. En el fondo de la idea de ley y de mandato
existe la afirmación de alguien que es el Señor y que tiene derecho a hablarnos
como tal. Escuchemos a Jesucristo
cuando habla del “mandato de su Padre”, de la “voluntad de su Padre”; escuchemos
a los santos, a los que figuran catalogados y aquellos a quienes nos encontramos
en
Evidentemente que el valor del
cumplimiento de una ley depende del amor que en ello se ponga. El cristiano que
cumple una ley tan sólo como un requisito externo revela que le falta lo más
importante, que es el amor.
Las leyes
son necesarias en una sociedad organizada. Las leyes justas están siempre
orientadas al bien común. Al cumplirlas hacemos un acto de amor al prójimo, y
también de amor a Dios, al aceptar el ser regidos por leyes exigidas por la
naturaleza que él nos ha dado.
Cuando se
ama de verdad al prójimo, la espontaneidad interior puede indicarme el camino de
Pero,
repito, el cristiano debe siempre poner mucho amor en su comportamiento. El
egoísmo es el gran pecado del hombre. Y tan egoísta es el que no cumple una ley
por propia comodidad, como el que la cumple sólo por evitar
No existe
moral sin caridad, que es su alma. No hay caridad verdadera sin moral, que le da
un cuerpo. El fundamento de todo está en la aceptación de
Dios.
Hay quienes
no quieren más norma moral que su propia conciencia. Sin embargo hay que
advertir que su conciencia debe estar de acuerdo con la realidad objetiva, es
decir, acorde con lo que dicen los entendidos, los especialistas.
Por ejemplo,
si los astrónomos dicen que la distancia de la Tierra a la Luna es de
Igualmente,
si el agua de una fuente no es potable, y las autoridades sanitarias que la han
analizado así lo avisan, es tonto beber de ella.
El
agua no se convierte en potable por lo que a mí me parezca, sino que su
potabilidad depende del análisis que han hecho los
especialistas.
75,2.
Jesucristo quería que en esto se
nos reconozca a los cristianos: en que nos amamos los unos a los
otros[40] . Hay
que amar a todos en general, y no odiar a nadie en particular[41] .
Debemos practicar, según las ocasiones, múltiples formas de
caridad[42] . Los
catecismos nos hablaban de las Obras de Misericordia: son otras tantas formas
magníficas de practicar
OBRAS DE MISERICORDIA
CORPORALES:
Visitar y
cuidar enfermos. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Atender a
los que no tienen hogar. Procurar ropa a los necesitados. Ayudar a los
encarcelados y exiliados. Acompañar a los que sufren la muerte de un ser
querido.
OBRAS DE MISERICORDIA
ESPIRITUALES:
Enseñar al
que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al que yerra.
Perdonar las injurias. Consolar al triste. Sufrir con paciencia los defectos del
prójimo. Rogar a Dios por vivos y difuntos.
Dice
San Pablo: «Ya puedo tener una fe que mueva montañas; si no tengo
caridad, no soy nada»[44] .
El amor
entre los hombres es la señal que Cristo nos dejó como distintivo de
los cristianos. Si esto no existe, la Iglesia no se da a conocer en el
mundo.
Y el amor no
consiste solamente en no hacer daño, sino, sobre todo, en hacer el bien.
Jesucristo ha dicho que todo lo
que hagamos al prójimo por su amor, aunque sea darle un vaso de agua, nos lo
premiará como hecho a Él mismo[45].
«Orientar la vida de forma generosa es la vía óptima para hacerse plenamente
hombre y ser de verdad feliz»[46] .
Es verdad
que tampoco es cristiano practicar la caridad y olvidarse de
Otro modo de
practicar la caridad es dedicar parte de nuestro tiempo libre en servicio del
prójimo.
«La caridad
va más allá de la justicia social. Implica la justicia social, pero va más allá
que ella. (...) La caridad cristiana, que implica siempre la justicia, es mucho
más que justicia humana. (...) La justicia es dar a cada cual lo que le compete
por derecho; la caridad es dar al otro el amor que no le corresponde, puesto que
también Dios nos ha amado a nosotros con un amor que no nos
corresponde»[47] .
Como dice
José Román Flecha, Decano de
Teología de
«La única
salida a esta crisis global del entero sistema es lo que Birch denomina “una sociedad viable”,
basada en criterios de solidaridad sincrónica (entre la población actualmente
existente) y diacrónica (entre la población presente y la
futura»[49].
Éste es el
sentido de la ecología que hoy es
de tanta actualidad.
Estamos
obligados «al respeto de la integridad de la creación, que está destinada al
bien común de la humanidad pasada, presente y futura»[50] .
75,3.
Esfuérzate por ser una persona buena y
agradable con todos; siempre con una acogedora amabilidad, una
inagotable disponibilidad; tener para cada uno la palabra adecuada, la sonrisa,
El sonreír
ayuda a ser amable.
«Una sonrisa
cuesta muy poco, pero vale mucho.
»Una sonrisa
enriquece al que la recibe y al que la da.
»Una sonrisa
dura poco, pero su recuerdo puede durar toda una
vida.
»No hay
nadie tan rico que no la necesite ni tan pobre que no la pueda
dar»[52].
Procura
fomentar en ti estas virtudes:
-
Amabilidad.
-
Optimismo.
-
Entusiasmo.
-
Jovialidad.
-
Afabilidad.
-
Serenidad.
-
Equilibrio.
- Ser
comprensivo.
- Ser
acogedor.
- Saber
escuchar, etc.
Amabilidad es la
cualidad por la cual una persona es digna de ser amada. Consiste en considerar,
respetar, aceptar a las personas como son y alegrarse con sus éxitos. Amabilidad
es atender a cada persona según lo que necesite en ese momento. La amabilidad es
signo de madurez y grandeza de espíritu. Procura ser una persona educada,
respetuosa, agradecida, honrada, buena y servicial con todos. Y sobre todo muy
cristiana.
Así serás
una persona estimada por todo el mundo. Tú mismo te sentirás satisfecho de tu
proceder; y, sobre todo, Dios te lo premiará.
La vida en
común es una continua ocasión de ayudarse mutuamente.
Al principio
quizás tengas que esforzarte para ser una persona atenta; pero después, esto
será para ti una costumbre y no te costará trabajo alguno.
Los que te
rodean se sentirán influidos por tu amabilidad y recurrirán a ti espontáneamente
y con frecuencia.
Ten
constancia y no te canses al verte importunado por unos y otros, que será mucho
el bien que puedas hacerles.
El buen
cristiano está siempre en actitud del máximo servicio al prójimo, según sus
posibilidades.
Un antiguo
cuento griego narra que una noche oscura un ciego iba con una lámpara encendida
por una calle sin luz. Se encuentra con un amigo que le
dice:
- ¿Para qué
llevas esa lámpara encendida si eres ciego?
- No llevo
la lámpara para ver yo. La llevo para que los demás vean, y no tropiecen
conmigo.
Y es que
ayudando a los demás nos ayudamos a nosotros
mismos.
Practicando
la caridad haces bien al prójimo y tú te enriqueces espiritualmente. «Si alguien
te ha pegado, pregúntale si se ha hecho daño en la mano»[53] .
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Preocúpate
muy vivamente de tus compañeros enfermos o heridos. Ve a visitarlos, si te es
posible. ¡Quién sabe si se encuentran aplanados, tristes y abandonados! Si es
así, el rasgo tuyo te ganará su amistad para
siempre.
Evita todo
lo que pueda molestar a tus compañeros y procura disimular lo que de ellos a ti
te moleste, haciendo todo lo posible por mostrarte con afabilidad y servicial
con ellos.
El ser
caritativo, además de ser una virtud, es señal de buena
educación.
Todos
tenemos faltas y defectos que molestan a los demás, y debemos tener paciencia
cuando los demás nos molestan con los suyos.
Debes ser
comprensivo.
«Comprender
es ver todos los aspectos posibles de una realidad, un suceso, una persona. Hay
quien no tiene otro punto de vista que el propio. Es conocido el cuento
indostánico de los ciegos y el elefante.:
«A unos
ciegos se les propuso que adivinaran lo que tenían delante, sólo tocando con las
manos. Y se les puso delante de un elefante.
»Uno dijo
que era una soga: había cogido la cola.
»Otro que
era una serpiente: había cogido la trompa.
»Otro que
era un árbol: había tocado una pata.
»Otro que
era una pared: había tocado la panza.
»Y es que no
se puede conocer una cosa atendiendo sólo a un
aspecto.
»Es menester
pensar que las cosas, y mucho más las personas, son muy complejas.
»El
ejercicio de comprender comporta la total de los acontecimientos, y mucho más
aún, de los seres humanos»[54] .
Elogia
sinceramente lo digno de elogio. Toda persona tiene defectos y limitaciones.
Pero también tiene virtudes y cosas positivas.
El ver que
los demás saben apreciar lo bueno que hay en nosotros es una de las cosas más
alentadoras de la vida.
Pon siempre
tu persona y tus cosas a disposición de todos, dentro de lo razonable. No dudes
nunca en hacer un favor a otros, aunque para eso tengas que fastidiarte. El
sacrificarte por el prójimo llevará
«No puede
existir un hombre, humana y espiritualmente perfecto, sin una alegría cordial
que ilumine a cuantos le rodeen»[55] .
Procura ser
alegre y optimista. El optimismo no es miopía que no ve los males; ni estoicismo
que niega el dolor.
El
optimismo no niega el mal, ni el sufrimiento,
ni la necesidad del esfuerzo, ni la dureza de la vida, sino que se esfuerza en
hallar en todo esto un lado bueno, un punto de vista confortador, un fin útil,
un valor real, desconocido a primera vista[56] .
Es lo de la
media botella: el pesimista sufre porque sólo le queda media botella, pero el
optimista se alegra de que todavía le queda media
botella.
El optimista
sabe que las dificultades son para superarlas, pues por encima de las nubes luce
el Sol. Pero también sabe que para elevarse hay que esforzarse con confianza en
uno mismo: para saltar por encima del listón es necesario confiar en que se
puede hacerlo.
El optimista
vive con esperanza. Esto le hace feliz. Y el que espera se esfuerza por
conseguir su objetivo. Luchar por un ideal da la felicidad. «La esperanza es la
alegría del mundo»[57] .
Si sabemos
iluminar con algún bien todo mal, embelleceremos nuestra vida y haremos más
felices a los que nos rodean.
El optimista
en lugar de quejarse de que las rosas tengan espinas se alegra de que las
espinas tengan rosas.
Es lo de la
media botella: el pesimista se entristece porque sólo le queda media botella, y
el optimista se alegra de que todavía le queda media
botella.
«Quien tiene
ilusión, porque tiene ideales, y cree en los valores, se asienta y afirma sobre
el sentimiento de la propia autoestima, que se nutre de la conciencia de ser
estimado y valorado por los demás. (...)
»Nuestros
pensamientos juegan un importante papel en nuestro estado de ánimo. (...) La
persona ilusionada vive en un estado de buen humor, de simpatía, de alegría
contagiosa. (...) La ilusión es señal de un funcionamiento psicológico
sano»[58].
Los
acontecimientos exteriores no deben alterar nuestro estado de
ánimo.
Lo bueno y
lo malo que nos ocurra nos puede servir para la gloria
eterna.
El
optimismo, la paz y la alegría depende de nosotros
mismos.
El mismo Sol
que ablanda la cera, endurece el barro.
La persona
optimista siempre está contenta, porque «nunca se
sabe...».
Un campesino
tenía una yegua y un día se le escapó al monte. Y él se
dijo:
-¡Qué mala
suerte tenía un caballo y lo he perdido!
Pero al poco
tiempo volvió la yegua con otro caballo. Entonces se
dijo:
-¡Qué buena
suerte, tenía un caballo y ahora tengo dos!
Pero un día
el caballo le dio una coz a su hijo y le partió una pierna. Él se
dijo:
- ¡Qué mala
suerte, el caballo le ha roto una pierna a mi hijo!
Pero al poco
tiempo estalló una guerra y su hijo se libró por cojo. Y se
dijo:
- ¡Qué buena
suerte mi hijo, por cojo, no irá al frente!
Y es que
«nunca se sabe...»[59].
Sobre la
honradez y la honestidad, cito dos
frases antológicas Bernabé
Tierno[60]:
«La honradez es siempre digna de
elogio, aunque no reporte utilidad» (Cicerón). «Todo está perdido cuando los
malos sirven de ejemplo, y los buenos de mofa» (Demócrito).
José Mª Pemán,
en el Divino impaciente, pone esta frase en boca
de San Ignacio: «No hay virtud más
eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que
hacer».
Otra cosa
muy importante es saber escuchar. En tus visitas a los enfermos hay que saber
escuchar. Escuchar con interés es la mejor manera de consolar al que sufre. A
todos los hombres nos gusta que nos escuchen. Pero mucho más al que sufre. Y si
además tu palabra cálida le transmite paz y alegría interior, habrás hecho una
gran obra. «Amar es saber escuchar y solidarizarse con el que
sufre»[61] .
No es lo
mismo ser bueno que ser estúpido.
Hacer el
bien llena al ser humano de alegría y felicidad.
Pero no hay
que confundir la bondad con el dejarse pisotear y humillar por alguna persona
frustrada que para reafirmarse necesita hacer daño.
Para evitar
que se salga con la suya, lo mejor es ignorarla: como si sus ofensas no nos
afectaran.
Pero hay que
saber defenderse sin ira y sin rabia, que nos alteran el espíritu
desfavorablemente. Nos descompone y desequilibra física, psíquica y
emocionalmente. Debemos hacerlo, si no con dominio propio, con sentido del
humor, y mejor con ironía. Pero siempre de forma razonable[62]..
No hay que
confundir la soberbia y el orgullo, que son una supervaloración de sí mismo con
desprecio de los demás, con una razonable autoestima que nos hace sentirnos
contentos de cómo somos, y agradecidos a Dios por las cualidades que nos ha
dado.
El orgulloso
es una persona engreída que descalifica al prójimo y lo trata despectivamente.
«Lo normal es sentirse incómodo ante el orgulloso, que necesita percibirse
dominador y por encima de los demás, minusvalorándolos. (...) Si la humildad es
la virtud de los fuertes y nobles, el orgullo es el deplorable defecto de
cobardes, pusilánimes y malvados.
»Recordemos
con Ruskin que “la primera prueba
de un hombre verdaderamente grande es su humildad”»[63].
La
autoestima es valorarme en lo que soy y para
lo que valgo. Sería ridículo creer que valgo para todo. Pero también es triste
creer que no valgo para nada.
Conocer mis
posibilidades y limitaciones, y valorarme en lo que soy.
Todo el
mundo tiene algo bueno en que puede basar su
autoestima.
Podías hacer
una lista de tus buenas cualidades para valorarte.
A esto
podrían ayudarte familiares y amigo s de tu total
confianza.
El sentirme
competente en algo y ser estimado por algo me da paz, alegría y confianza en mí
mismo. Esto ayuda a ser feliz. Sobre todo si mi capacidad la pongo al servicio
de los demás.
«Todo ser
humano debe tenerse en estima, aceptarse y quererse a sí mismo como es, sea cual
sea su edad y la etapa evolutiva en que se encuentre»[64].
Hay que
conocerse, aceptarse y amarse. Así podremos gozar con lo que somos, y no
angustiarnos por lo que no somos. Lo cual es perfectamente compatible con
el procurar mejorar. No se trata de un «narcisismo, que nos creamos los mejores,
y que no tenemos nada que modificar, ni necesidad de transformación alguna.
(...) Por el amor que nos tenemos, reconocemos nuestras deficiencias, y nos
proponemos irlas supliendo»[65].
Para
conocerse es necesario examinarse, analizarse. Nadie conoce el color de sus ojos
si no se mira al espejo.
«La
autoaceptación da confianza y seguridad en uno
mismo, y conducen a la madurez psíquica. Conocernos bien y saber lo que podemos
hacer y lo que excede nuestras posibilidades es la clave de hacer las cosas bien
y estar contentos con nosotros mismos»[66] .
«Autoaceptarse no significa
gustarse. Conozco mis limitaciones y procuro superarme. Siempre podemos estar
aprendiendo y mejorando. Siempre podemos crecer como personas. (...) El arte del
educador es descubrir la capacidad que cada persona tiene para
perfeccionarse»[67] .
Podemos
llegar a ser lo que queremos ser. «El poder del pensamiento es incalculable.
(...) Si lo centramos sobre lo bueno, lo aumenta; pero si lo centramos sobre lo
malo, también lo fomenta. (...) Una buena higiene mental nos permite
convertirnos en la persona que deseamos ser. (...) No hay límites ni jubilación
para cambiar a mejor»[68].
«Esfuérzate
en ser lo que quieres parecer, y no en parecer lo que no eres» (Sócrates)[69] .
«Cada vez
que centramos nuestra atención y criticamos los aspectos peyorativos de otra
persona, estamos contribuyendo a que su autoestima sea negativa. Por el
contrario, siempre que resaltamos una cualidad, aspecto positivo y virtud de
alguien, le ayudamos a desarrollar esas cualidades y valores. ¿Quiere esto decir
que debemos ignorar la realidad de las cosas negativas de las personas con
quienes convivimos? Claro que no. Pero antes de ayudarle a alguien a descubrir
sus defectos, es más inteligente ayudarle a descubrir cuanto tiene de
positivo.
»En la
familia, en la escuela, en la empresa y en la sociedad debería ser práctica
habitual en quienes se ven obligados a corregir los defectos, el comenzar
siempre por reconocer y alabar todo lo positivo, digno y meritorio de la persona
en cuestión»[70].
Dice un
proverbio chino: «Toda gran marcha empieza con un primer paso».
La esencia
del ser humano es encontrar el verdadero sentido de la vida.
La
autoestima nos ayuda a vivir alegres, cordiales, felices y optimistas al
apreciar que somos bien aceptados por los demás tal como somos, y servimos para
algo útil, aunque para esto tengamos que esforzarnos y sacrificarnos.
Y cuando las
cosas no suceden a nuestro gusto, no desesperarnos ni
desalentarnos.
«No siempre
puedes triunfar; pero sí puedes no desalentarte nunca» (
Aceptar las cosas como vienen
y seguir adelante. Mi felicidad está dentro de mí. Depende de mi actitud ante
«Si no
puedes hacer lo que te gusta, procura que te guste lo que tienes que
hacer»(Goethe)[72] .
Lo que
verdaderamente vale son las cualidades espirituales. La sencillez, la bondad, la
generosidad, la honradez, la simpatía, la servicialidad, etc., están en nuestras
manos.
La persona
verdaderamente cristiana da prioridad en todas las cosas al punto de vista
sobrenatural. Por eso vive segura, confía en Dios, y siempre tiene el ánimo
alegre y optimista.
No trates a
nadie con arrogancia, sino por el contrario, condesciende buenamente con todos,
en lo que no se oponga a tu conciencia; y si crees que has ofendido a alguien,
no dudes en darle alguna explicación.
Cuando otra
persona te dé explicaciones de las ofensas que te ha hecho, admítelas
fácilmente, aunque tú creas que no son suficientemente satisfactorias.
75,4. Todo
esto, además de ser normas de buena educación son consecuencias de la caridad
cristiana, cuya manifestación en el amor y sacrificio por el prójimo fue una de
las principales recomendaciones que nos dejó Jesucristo en su Evangelio.
La actitud
de servicio es fundamental en un cristiano.
Basta con mirar el ejemplo de Cristo que no vino a «ser servido, sino a servir»[73] . Por eso dice el Concilio Vaticano II que el cristiano «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»[74]