66,10. También entran en este mandamiento las relaciones entre superiores y subordinados, patronos y obreros, etc.

La organización de la sociedad exige que haya quien mande y haya quien obedezca. Por eso, el poder de la autoridad viene de Dios, y también por eso la autoridad debe ejercerse según la ley de Dios. Los que mandan deben hacerlo con justicia y delicadeza; y los que obedecen, con respeto, fidelidad y sumisión.

Lo mismo que los súbditos tienen la obligación de obedecer, las Autoridades tienen la obligación de mandar según la Moral. Es decir, consagrarse a procurar el bien común, no el propio; vigilar que se cumpla la justicia y guardarla a su vez, por ejemplo, otorgando cargos a personas idóneas, y empleando bien el dinero de los ciudadanos, atendiendo a lo más urgente y necesario.

 

«La implantación en el mundo de la doctrina social de la Iglesia es una aspiración de todo buen cristiano (...)

»Después de la conversión del emperador romano Constantino se fueron convirtiendo al cristianismo los diversos pueblos del norte de Europa que culminó con la conversión del sajón Otón y la fundación del Sacro Imperio Romano-Germánico, columna vertebral de la Edad Media»[1].

«Durante la Edad Media el orden temporal se estructura según los principios del Evangelio. A esto se denomina Cristiandad, término que a partir del siglo IX, entró a integrar el vocabulario corriente»[2].

«La sociedad medieval fue una sociedad anclada en la fe. (...) Lo que creía el aldeano era lo que creía el emperador y el papa»[3].

«La generalidad de los autores coinciden en ver en el siglo XIII el siglo de oro medieval»[4].

Característico de la Edad Media fueron las Cruzadas  y las Órdenes Militares.

«Las Órdenes Militares nacieron con fines no estrictamente militares o guerreros, sino más bien caritativos y benéficos: para proteger y dar morada a los peregrinos. (...) La primera de ellas, cronológicamente hablando, fue la de los Caballeros Hospitalarios de San Juan.(...) La segunda fue la de los Templarios, fundada también para la protección de los peregrinos que llegaban a Tierra Santa»[5] 

Muchos peregrinos morían a manos de los musulmanes que dominaban la zona.

Los Templarios fueron disueltos por el Papa Clemente V, por presión del rey francés Felipe IV el Hermoso, que ansiaba apoderarse de los bienes acumulados por esta Orden Militar, y la acusó de herejía y corrupción. Pero la historiadora italiana Bárbara Frale ha demostrado que esta acusación fue calumniosa. Su estudio la ha presentado en la publicación de estudios históricos y arqueológicos Hera[6].

 

Digamos algo de Las cruzadas.

A partir de la fundación del Islam por Mahoma, el año 622, empezó el expansionismo de los mahometanos que llegaron hasta Austria y sitiaron a Viena.

Jerusalén fue tomada por Omar, que levantó su mezquita en la explanada del templo.

Los musulmanes hostigaban y hasta martirizaban a los cristianos que peregrinaban a Tierra Santa. Pedro el Ermitaño peregrinó a Jerusalén, y al ver la triste situación en que se encontraban los Santos Lugares, al volver, convenció al Papa Urbano II que era necesario reconquistar los Santos Lugares para que los cristianos pudieran peregrinar a ellos sin peligro de su vida.

El Papa Urbano II convocó un concilio en Clermont-Ferrand en 1095 del que surgió la Primera Cruzada.

La consigna de las cruzadas era «Dios lo quiere».

Como en todas las cosas humanas, en las cruzadas se mezclaron las luces con las sombras. Pero tomadas en conjunto fueron la manifestación del espíritu cristiano de la época, y la ocasión de innumerables actos de heroísmo.

Vittorio Messori en su libro Leyendas negras de la Iglesia, hablando del Profesor de Historia y Sociología de la Universidad de Bruselas Moulin, uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa, cita estas palabras: «Haced caso de este viejo incrédulo, que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convencernos de que sois los responsables de todos, o casi todos, los males del mundo. (...) Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre, ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo. Hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. (...) Tras un balance de veinte siglos de cristianismo las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas»[7].

 

En el clima de cristiandad de su tiempo se explica la Inquisición.

No es justo juzgar a la Inquisición con los criterios de hoy. Hay que hacerlo con los criterios de entonces.

«En una sociedad en la que la fe constituía la base y garantía de la convivencia, el que atentaba contra la fe era el equivalente de lo que para nosotros es el terrorista. (...) Actualmente consideramos bienhechores a los que previenen epidemias físicas. Pero cuando se pone en primer lugar la salvación del espíritu, se consideran bienhechores a los que combaten las enfermedades del alma»[8].

Por otra parte conviene advertir que la Revolución Francesa produjo muchas más víctimas que las tres Inquisiciones católicas[9] . Y son insignificantes con los millones que asesinó Stalin, pero de esto no se habla.

 

Hoy en España tenemos una sociedad que nos ha llenado de cosas, pero nos ha vaciado de Dios. Tenemos muchos aparatos electrodomésticos e informáticos, pero la cultura que domina ignora a Dios y a la moral. Dios está ausente de ella, y nos presentan como normal conductas inadmisibles desde el punto de vista moral.

 

 

66,11. La cuestión social se ha agravado profundamente en nuestro tiempo, por el poco caso que se ha hecho de la doctrina social de la Iglesia[10] .

La solución está en que nos convenzamos de que todos somos hermanos, y por lo tanto, debemos ayudarnos mutuamente[11] . El que tiene más debe dar al que tiene menos, pues todos los hombres deben gozar suficiente - pero moderadamente- de los bienes de este mundo.

«El cristiano rico no se regocija de su condición, pues sabe que su riqueza le impone deberes; no ama la riqueza, sino a sus hermanos; y en la riqueza ve un recurso para ayudarles»[12] .

Lo que pasa es que muchos que se dan el nombre de cristianos -y con sus obras demuestran que no lo son- no quieren hacer caso de lo que manda la Iglesia.

Pío XI se quejaba amargamente: «es en verdad lamentable que haya habido, y aun ahora haya, quienes llamándose católicos apenas se acuerdan de la sublime ley de la justicia y de la caridad en virtud de la cual nos está mandado no sólo dar a cada uno lo que le pertenece, sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados como al mismo Cristo.

»Ésos, y esto es lo más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro.

»Hay, además, quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en las exacciones injustas para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombres son la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su parte de bienestar en esta vida»[13] .

Jesucristo no se presentó como un nuevo Espartaco proclamando la libertad de los esclavos con las armas en la mano.

Jesucristo acabó con la esclavitud, pero no con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de su doctrina.

Las injusticias no se vencen con el odio, sino haciendo a los hombres mejores. El odio cambia una injusticia por otra. Lo único que hace mejores a los hombres es el amor al prójimo.

Para hacer mejor a la humanidad, no hay otra doctrina que supere a la de Jesucristopórtate con los demás como quieres que los demás se porten contigo»[14] , «amaos unos a otros como yo os he amado»[15] .

 

Convenzámonos que mientras todos -los de arriba y los de abajo- no obedezcamos a nuestra Santa Madre la Iglesia, el mundo no se arreglará. El odio y el egoísmo no pueden sustentar la verdadera paz.

La doctrina social de la Iglesia no es dinamita que destroza, sino levadura que transforma lentamente.

 

La DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA comienza con la encíclica Rerum Novarum (1891)  de León XIII, donde habla de la situación de los obreros creada por la revolución industrial.

Toma enorme impulso con Pío XI en sus encíclicas Quadragessimo anno (1937) a los cuarenta años de la Rerum Novarum, con Non abbiamo bisogno (1931)  que condena el fascismo, con Mit brennender sorge (1937)  que condena el nazismo, y con la Divini Redemptoris (1937)  que condena el comunismo.

Juan XXIII dejó dos importantes encíclicas: Mater et Magistra (!961)  sobre el cristianismo y el progreso social, y Pacem in terris (1965)  sobre los derechos humanos.

Pablo VI, entre otros documentos, dejó Populorum Progressio (1967)  sobre el desarrollo de los pueblos, y Octogessima Adveniens (1971)  sobre las ideologías.

Juan Pablo II ha dejado varias encíclicas muy importantes:Laborem exercens (1981)  sobre el trabajo, Sollicitudo rei socialis (1987)  sobre el desarrollo, y Centesimus annus (1991)  sobre el orden económico.

 

 

66,12. Pío XII les dijo a los católicos austríacos: «La lucha de clases nunca podrá ser el objetivo de la doctrina social católica»[16] .

«Se equivoca -dice Pío XII a los trabajadores italianos el 1º de mayo de 1953- quien piensa que sirve a los intereses del obrero con los viejos métodos de la lucha de clases».

Hay que conseguir una colaboración de las clases, basada en la confianza y en el mutuo cumplimiento de los deberes sociales.

Salvador de Madariaga, conocido intelectual republicano, dijo que para los marxistas la lucha de clases no es un medio, sino un fin: en las situaciones en que hay bienestar y paz social, procuran acabar con esto y crear la lucha de clases[17] .

Dijo Juan Pablo II en Brasil:

«La liberación cristiana usa medios evangélicos y no recurre a ninguna forma de violencia, ni a la dialéctica de la lucha de clases o a la praxis o análisis marxista»[18] ...

«La lucha de clases no conduce al orden social porque corre el riesgo de invertir las situaciones de los contendientes, creando nuevas situaciones de injusticia»...

«Rechazar la lucha de clases es optar decididamente por una noble lucha en favor de la justicia social»...

«El bien común de una sociedad exige que esa sociedad sea justa. Donde falta la justicia, la sociedad está amenazada desde dentro. Eso no quiere decir que las transformaciones necesarias para llevar a una mayor justicia deban realizarse con la violencia, la revolución ni el derramamiento de sangre, porque la violencia prepara una sociedad violenta, y nosotros los cristianos no la podemos admitir. Pero hay transformaciones sociales, a veces profundas, que deben realizarse constantemente, progresivamente, con eficacia, y con realismo, por medio de reformas pacíficas»[19] .

 

La Iglesia, en sus veinte siglos de existencia, ha tenido que vivir en medio de las estructuras sociales más diversas.

Y siempre, en todos los ambientes, ha trabajado por la implantación de la justicia social.

No por medio de una revolución sangrienta, sino por medio de su doctrina y de su influjo.

Y lo mismo que en la antigüedad abolió la esclavitud e instituyó los gremios -verdaderas familias de productores, que tan buenos frutos dieron para el equilibrio social y buena distribución  de las riquezas[20] -, así en nuestra época abolirá la injusticia social, consecuencia del capitalismo liberal; y se impondrá la hermandad cristiana que armonice las relaciones entre todos los hombres.

 

«La igual dignidad de las personas humanas exige el esfuerzo para reducir las excesivas desigualdades sociales y económicas, e impulsa a la desaparición de las desigualdades inicuas»[21] .

«La Iglesia se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos, y en las relaciones socio-económicas»[22] .

 

El cumplimiento de la doctrina social de la Iglesia, por parte de todos, hará que patronos y obreros vivan en perfecta concordia y bienestar. Esta colaboración de unos y otros para la implantación de la doctrina de la Iglesia es la que ha de solucionar el problema social.

 

La Iglesia da las directrices; pero ella sola no puede[23] .

Necesita la colaboración de todos. Ella da la doctrina, pero las realizaciones dependen de los hombres[24] . La Iglesia no tiene soluciones técnicas, pero sí orientaciones morales.

«El Magisterio Social de la Iglesia no presenta soluciones técnicas para los problemas sociales»[25].

«El objetivo de la Doctrina Social de la Iglesia es interpretar las realidades sociales, examinando su conformidad o no con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y trascendente, para orientar la conducta cristiana»[26] .

La Iglesia no impone su enseñanza moral, pero ofrece principios iluminadores, pues es «experta en humanidad»[27].

 

La empresa moderna es muy distinta de la del siglo pasado.

Ha avanzado mucho, pero todavía no ha llegado a la meta que desea la Iglesia. Todos debemos colaborar a que siga evolucionando a mejor, hasta dar al elemento humano del trabajo la dignidad que merece.

 

«El reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sujeto de derechos inalienables, se encuentra en los fundamentos de toda la enseñanza social de la Iglesia»[28] 

 

Como dijo el Papa Pío XI el capitalismo, en sí, no es malo; pues es necesario para dar trabajo.

Pero «viola el recto orden de la justicia cuando esclaviza al obrero despreciando su dignidad humana»[29] .

 

«Los responsables de las empresas están obligados a considerar el bien de las personas, y no solamente el aumento de las ganancias»[30] .

 

 

66,13. «Las empresas económicas son comunidades de personas, es decir, de hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuenta las diversas funciones de cada uno -propietarios, administradores, técnicos y trabajadores-, y quedando a salvo la necesaria unidad en la dirección, se ha de promover la activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que habrá que determinar con acierto.

»Con todo, como en muchos casos no es a nivel de empresa, sino en niveles institucionales superiores, donde se toman las decisiones económicas y sociales, de las que depende el porvenir de los trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores participar también en semejantes decisiones por sí mismos o por medio de representantes libremente elegidos.

»Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho a fundar libremente asociaciones obreras que representen auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica, así como también el derecho de participar libremente en las actividades de las asociaciones, sin riesgo de represalias.

»Por medio de esta participación organizada, que está vinculada al progreso en la formación económica y social, crecerá más y más entre los trabajadores el sentido de la responsabilidad, que les llevará a sentirse sujetos activos, según sus medios y aptitudes propias, en la tarea total del desarrollo económico y social del logro del bien común universal.

»En caso de conflictos económico-sociales hay que esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas.

»Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores.

»Búsquense, con todo, cuanto antes, caminos para negociar y reanudar el diálogo conciliatorio»[31] .

 

«La huelga es un método reconocido por la Doctrina Social Católica, como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites. En relación con esto, los trabajadores, deberían tener asegurado el derecho a la huelga sin sufrir sanciones penales personales por participar en ellas.

»Admitiendo que es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo que la huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar de él; especialmente en función de “los juegos políticos”. Por lo demás, no se puede jamás olvidar que cuando se trata de servicios esenciales para la convivencia civil, éstos han de asegurarse en todo caso, mediante medidas legales apropiadas, si es necesario.

»El abuso de la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida socio-económica, y esto es contrario a las exigencias del bien común de la sociedad»[32] .

 

La admisión de la huelga no legitima el empleo de medios injustos de presión huelguista como la calumnia, la mentira, las amenazas contra las personas, el sabotaje, y, en general, los medios llamados de acción directa.

Se requiere asimismo que la huelga no vaya más lejos de lo que sea necesario para conseguir la finalidad de reparación de la injusticia o consecución de la mejora justamente pretendida.

 

«La huelga resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias, o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones de trabajo, o contrarios al bien común. El beneficio a obtener debe ser proporcionado a los males que ocasiona»[33] 

 

«Nadie está obligado en conciencia a tolerar la injusticia cometida contra él. Obran rectamente las personas que defienden sus propios derechos, respetando siempre los derechos de los demás.

»Frente a la injusticia cabe, pues, una legítima oposición. Esta acción en contra de la injusticia establecida es tarea propia tanto de la Autoridad Pública como de los ciudadanos.

»El Estado mantiene el orden justo principalmente mediante las leyes, la fuerza publica y la acción de los tribunales.

»Los ciudadanos disponen de dos medios extraordinarios para oponerse a la injusticia social: la huelga y, en casos extremos, la revolución»[34] .

 

La Iglesia siempre ha defendido el derecho de los obreros a organizarse en sindicatos, pero «los sindicatos han de defender los legítimos intereses y derechos de los trabajadores bajo el criterio superior del bien común»[35].

 

 

66,14. «Mucho más extrema que la huelga, por la complejidad de implicaciones de todo orden que lleva consigo, es la revolución como recurso de oposición a la injusticia, no limitado ya al campo económico, sino insertado en la línea política.

»La doctrina tradicional católica ha reconocido siempre su legitimidad, cuando se dan determinadas condiciones, como instrumento para liberarse de la injusticia padecida por un pueblo, y siempre que su puesta en marcha represente un mal menor comparado con las consecuencias desastrosas provocadas por el régimen de injusticia establecido en la sociedad»[36] .

Y que se hayan agotado todos los otros recursos, haya esperanza fundada de éxito, y sea imposible prever razonablemente soluciones mejores[37] .

 

A esta posibilidad se refería Pablo VI en la Populorum Progressio (nº 30 y 31): «Hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de lo necesario, viven en una tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, lo mismo que toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política, es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana.

»Sin embargo, como es sabido, la insurrección revolucionaria, salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente al bien común del país, engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor».

 

Pablo VI, en la tradicional audiencia colectiva del primero de año al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, les dijo en 1967, hablando de la justicia social:

«La Iglesia no puede aprobar a quienes pretenden alcanzar este objetivo tan noble y legítimo a través de la subversión violenta del derecho y del orden social. La Iglesia tiene conciencia, es cierto, de adoptar con su Doctrina, una revolución, si con este término se entiende un cambio de mentalidad, una modificación profunda de la escala de valores.

»Tampoco ignora la fuerte atracción que la idea de revolución, entendida en el sentido de un cambio brusco y violento, ejerce en todo tiempo en algunos espíritus ávidos de lo absoluto, de una solución rápida, enérgica y eficaz, como ellos piensan, del problema social, y con gusto en ella verían la única vía que conduce a la justicia.

»En realidad, la acción revolucionaria engendra ordinariamente toda una serie de injusticias y de sufrimientos, porque la violencia desencadenada es difícil de controlar y actúa tanto contra las personas como contra las estructuras. No es, por tanto, a los ojos de la Iglesia, una solución apta para remediar los males de la sociedad»[38] .

 

«He aquí otro criterio fundamental que ha de orientar la acción de los católicos en la sociedad: la Iglesia no prohíbe, sino que recomienda a sus fieles que colaboren con todos los hombres de buena voluntad en la construcción de una sociedad más justa»[39] .

 

«No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los seglares»[40] .

«La diversidad de regímenes políticos es legítima con tal que promuevan el bien de la comunidad»[41] .

«La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión  y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos.

»Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia»[42] .

«El ciudadano tiene obligación, en conciencia, de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio, pues dice la Biblia[43] que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»[44] .

 

«El bien común comporta tres elementos esenciales: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la sociedad; y la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros»[45] .

«Todos los hombres gozan de una misma dignidad»[46] .

 

Los ateos atacan al cristianismo como alienación que atrofia la iniciativa y el trabajo del hombre[47] .

Piensan que el fenómeno religioso es alienante, porque creen que la afirmación de la existencia de Dios aparta al creyente del empeño por la realización del mundo y del hombre, pues lo engaña con la utopía de un paraíso futuro.

Pero no es así.

El plan de Dios y el Evangelio dicen que «el hombre es responsable de su desarrollo lo mismo que de su salvación»[48] .

 

El cristianismo «enseña que la importancia de las tareas terrenas no es disminuida por la esperanza del más allá»[49] . «Por el contrario, obliga a los hombres aún más a realizar estas actividades»[50] .

«La obra redentora de Cristo, aunque de suyo se refiere a la salvación de los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal»[51] .

«Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral sobre las cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas»[52] .

«La Iglesia, como heredera de la doctrina y de la misión de Cristo, tiene que juzgar, desde el punto de vista moral, las actividades de los hombres. Tiene que dar a sus miembros, por medio de sus maestros, orientaciones morales para que en toda su vida, tanto privada como pública, puedan proceder conforme a la doctrina del Evangelio»[53] .

Es evidente que la Iglesia, en cuanto tal, no tiene la función de edificar el mundo temporal[54] .

Pero «se equivocan los cristianos que consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno» [55] .

«El plan de Dios sobre el mundo es que los hombres instauren con espíritu de concordia el orden temporal y lo perfeccionen sin cesar»[56] .

«El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación»[57] .

 

 Los seglares no pueden limitarse a trabajar por la edificación del Pueblo de Dios o la salvación de su alma para la eternidad, sino que han de empeñarse en la instauración cristiana del orden temporal.

Por su situación en el mundo, los seglares son los responsables directos de la presencia eficaz de la Iglesia en cuanto a la organización de la sociedad en conformidad con el espíritu del Evangelio.

 

«Cuando la Autoridad Pública, rebasando su competencia, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica»[58] .

 

La denuncia por la denuncia no vale, y menos todavía la denuncia por el sensacionalismo a estilo periodístico.

La denuncia es para la corrección del mal. La prudencia aconsejará si es o no conveniente.

Se han presentado ocasiones en que la jerarquía eclesiástica quería denunciar públicamente situaciones de opresión e injusticia, especialmente en países comunistas, y los cristianos de estos países han pedido que no lo hicieran, porque habría represalias que crearían una situación peor.

 

Un caso histórico se dio cuando la persecución hitleriana a los judíos; muchos querían que el Papa protestase públicamente.

Y fue mucho más eficaz su trabajo en comisiones y delegaciones, consiguiendo la libertad de muchos judíos. Hecho que fue reconocido y agradecido públicamente por los mismos.

El historiador jesuita francés, Pierre Blet, que ha publicado, en doce volúmenes, los documentos de la Segunda Guerra Mundial conservados en los Archivos Vaticanos, en los que se manifiesta la gran labor humanitaria de Pío XII en favor de los judíos, pero guardando silencio ante el genocidio, dice: «El silencio de Pío XII salvó a muchos judíos de morir en el Holocausto». «Pío XII salvó 800.000 judíos»[59].

«Su denuncia habría impulsado a Hitler a agravar la suerte de los judíos»[60] .

Marcus Melchior, rabino jefe de Dinamarca que sobrevivió al HOLOCAUSTO dijo: «Si el Papa hubiera hablado Hitler hubiera masacrado a muchos más de los seis millones de judíos»[61].

Pío XII pensaba hacer una declaración en favor de los judíos, pero la Cruz Roja se lo desaconsejó, pues Hitler solía responder aumentando la represión[62].

Un LIDER JUDíO ITALIANO APOYó EL SILENCIO DE PíO XII. Afirma:«Mis padres se salvaron al encontrar refugio en un convento». «Creo que Pío XII sólo podía actuar de la manera en que lo hizo. Sabía que si hubiera tomado una posición oficial contra Hitler las persecuciones se dirigirían también contra los católicos».

Estas han sido las declaraciones de Massimo Caviglia, director de la revista «Shalom», el mensual más difundido y autorizado de la comunidad hebrea italiana. Según Caviglia, el auténtico espíritu del Papa Pacelli (Pío XII) está comprobado por el hecho de que, «en privado, ayudó a los hebreos, dándoles asilo en las estructuras eclesiásticas. Mis padres se salvaron al encontrar refugio en un convento»[63] .

«La relación del Papa Pacelli con el judaísmo se convierte cíclicamente en actualidad. Algunos sectores le acusan de haber guardado «silencio» durante el Holocausto. Por su parte, Juan Pablo II siempre ha defendido la labor de su predecesor, hasta el punto de que ha alentado su causa de beatificación.

Para arrojar nueva luz sobre el argumento, sale en estos momentos la edición italiana del libro de sor Margherita Marchione en el que se recogen testimonios de judíos salvados por la Iglesia y el pontífice en aquellos años oscuros. Pío XII «hizo todo lo posible», explica la religiosa. «Basta citar al comisario de la Unión de las Comunidades Israelitas Italianas,quien en "L'Osservatore Romano" del 8 de septiembre de 1945 dice textualmente: "En primer lugar, ofrecemos un reverente homenaje de reconocimiento al Sumo Pontífice, a los religiosos y a las religiosas que, aplicando las orientaciones del Santo Padre, no han visto en los perseguidos a hebreos, sino a hermanos"».

Renzo de Felice, uno de los historiadores más rigurosos de Italia, hizo la lista de los 150 monasterios de la ciudad de Roma en la que se encontraban escondidos los judíos para defenderse de la ocupación nazi.

La autora del libro no tiene la menor duda: «ante el drama del genocidio, Pío XII no fue un espectador impasible». La documentación que lo atestigua es monumental. «Existen doce volúmenes de documentos del archivo vaticano en el que se ofrece la prueba de que el Santo Padre hizo todo lo que era posible y que los judíos quedaron sumamente agradecidos»[64].

 

El padre jesuita Peter Gumpel, catedrático emérito de la Universidad Gregoriana y relator de la causa de beatificación de Pío XII, reveló de manera muy precisa: «Al final de la guerra todas las grandes organizaciones judías del mundo, los rabinos jefes de Jerusalén, de Nueva York, de Dinamarca, de Bulgaria, de Rumanía, de Roma, y miles de judíos que sobrevivieron a la persecución manifestaron su aprecio y su gran estima por lo que había hecho por ellos Pío XII»[65]. Precisamente el rabino-jefe de Roma, Israel Zolli, que se bautizó cristiano en 1965, tomo el nombre de Eugenio en homenaje a Pío XII que se llamaba Eugenio Pacelli[66].

Dice el P.Gumpel: «Creo que no existe en el mundo una figura pública que haya recibido tantas muestras de agradecimiento y reconocimiento por parte de la comunidad judía como Pío XII».

 

La editorial Planeta-Testimonio Ha publicado un libro de Antonio Gaspari titulado Los judíos, Pío XII y la leyenda negra  con la historia de los hebreos salvados del HOLOCAUSTO por la Iglesia.

Según el historiador Peter Gumpel, fuentes judías confirman que Pío XII, con su intervención, salvó a 800.000 hebreos[67].

James Bogle dice que el diplomático israelí Pinchas Lapide alabó al Papa Pío XII en su libro The Last Three Popes and the Jews. Lapide mostró que el Papa salvó más vidas judías que todas las potencias aliadas juntas[68]. En un documentado estudio afirma que salvó a 850.000 judíos de manos de los nazis[69].

David Dalin, rabino de Nueva York, destacada personalidad en el mundo judío, afirma en un artículo publicado en la revista The Weekly Standard  que Pío XII fue el gran defensor de los judíos en la guerra mundial[70].

 

Existe una actitud de prudencia. Muchas veces se da el nombre de prudencia a la cobardía; eso es malo. Pero la temeridad agresiva puede tomar el nombre de valor, y también es malo.

 

Si queremos que la denuncia sea eficaz tenemos que hacerla primeramente con toda la verdad, es decir, que sea verdad lo que denunciamos y estar ciertos de que estamos en la verdad. En segundo lugar, con la verdad de las motivaciones, es decir, que la hagamos por amor a los perjudicados y con amor a los que perjudican.

 

Hoy se habla mucho de los derechos humanos.

Todos los aceptan.

Pero no todos los cumplen.

Los derechos humanos se basan en el dignidad de la persona humana. Y la Iglesia es la que más valora al hombre, pues para Ella es hijo de Dios[71] .

 

La Doctrina Social Católica ha influido mucho en las realizaciones sociales a lo largo de la Historia.

Por citar las más modernas podríamos decir lo siguiente:

La primera ley sobre el descanso dominical, aprobada por el Parlamento francés, fue propuesta por diputados católicos.

El primer comité o consejo de empresa, fue instituido en 1885 por el empresario católico francés León Harmel, en su fábrica Val-des-Bois.

La primera Caja de Compensaciones de Subsidios familiares fue establecida en 1900 por el empresario católico francés Romanet.

La implantación obligatoria del Seguro de Enfermedad fue propuesta en 1900 en Francia por el sacerdote Lemir.

No es cierto, por tanto, que los católicos hayamos llegado siempre tarde[72] .

 

«La restauración cristiana de la sociedad, como uno de los objetivos de la misión de la Iglesia en el mundo, no significa que sean los cristianos, ni los católicos los únicos capaces de respetar los derechos de la persona humana, de defender la legítima libertad de los pueblos o de instaurar un régimen de justicia. Hay hombres, incluso no creyentes, que aspiran a conseguir los mismos objetivos. El esfuerzo de la Iglesia no se contrapone, sino que se suma, a los esfuerzos de estos hombres de buena voluntad, y los católicos comparten con ellos el afán y los proyectos para construir una ciudad secular más libre, más justa, más humanizada, más habitable para el hombre, de manera que todos contribuyan a realizar en el mundo el plan de Dios»[73] .

 

 Por esto afirma el Vaticano II:

 «El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya, o que incesantemente se fundan, en la humanidad. 

»Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones en lo que  de ella dependa, y pueda conciliarse con su misión propia.

»Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia, y los imperativos del bien común»[74] .

 

Hagamos los hombres mejores si queremos un mundo mejor. Para cambiar el mundo no basta cambiar las estructuras.

«Es cierto que un mundo injusto dificulta gravemente el cambio de las personas.

»Pero sería una coartada atribuir todo el mal a unas impersonales estructuras que serían el chivo expiatorio de todos nuestros errores personales.

»Jesús coloca como primario y fundamental el tema de la responsabilidad personal de cada hombre en ese cambio necesario»[75] .

 

El 30 de diciembre de 1987, Juan Pablo II publicó la séptima de sus encíclicas titulada Sollicitudo rei socialis, es decir, «preocupación por la cuestión social». De ella son estos párrafos:

 

«El objetivo de la paz, tan deseado por todos, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos para construir juntos dando y recibiendo una sociedad nueva y un mundo mejor»(nº39).

 

«La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo, en cuanto tal, no propone sistemas o programas económicos o políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo»(nº14).

 

«La doctrina social de la Iglesia no es una “tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista” se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas»(nº41).

 

«Un desarrollo sólo económico no es capaz de liberar al hombre: al contrario, lo esclaviza todavía más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural, transcendente y religiosa del hombre y de la sociedad, contribuiría aún menos a la verdadera liberación»(nº6).

 

«Todos estamos llamados, más aún, obligados, a ese tremendo desafío... Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica, que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir el desarrollo de la paz»(nº47).

 

«Quiero dirigirme a todos los hombres y mujeres sin excepción, para que convencidos de la gravedad del momento presente, y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas, y con la actuación a nivel nacional e internacional- las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres»(nº47).

 

El hombre materialista ha levantado un altar a los ídolos del dinero, el sexo y el poder.

En su adoración corre tras la felicidad sin conseguirla.

Como los galgos que corren tras la liebre mecánica sin alcanzarla jamás.

O como el que corre tras su sombra para alcanzarla sin poder conseguirlo.

Al barrer a Dios de la vida cruje la familia, fracasa el matrimonio, la juventud se esclaviza de la lujuria, y muchos negocios se convierten en bandas de ladrones.

Sólo Dios da motivación eficaz para la honradez y la virtud. La honradez sin Dios es excepcional.

Para moralizar la vida vale más el catecismo que la policía.

 

Después de