CONFESIÓN
53,1. En el
sacramento de la penitencia se perdonan todos los pecados cometidos después del
bautismo[1] , y
obtiene la reviviscencia de los méritos contraídos por las buenas obras
realizadas, que se perdieron al cometer un pecado mortal[2] .
Este
sacramento se llama también de la reconciliación y del perdón. Además de su
sentido de reconciliación con Dios, incluye también la reconciliación con la
Iglesia.[3]
Hoy muchos
sustituyen la confesión por el psicoanálisis.
Pero la
diferencia es total:
a) En la
confesión se dicen pecados.
En el
psicoanálisis se cuentan problemas psíquicos.
b) En la
confesión se busca el perdón.
En el
psicoanálisis se busca una curación.
c) En la
confesión se recupera la reconciliación con Dios.
En el
psicoanálisis, a lo más, el equilibrio psíquico[4] .
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54.- CONFESARSE
ES DECIRLE CON ARREPENTIMIENTO AL CONFESOR, TODOS LOS PECADOS COMETIDOS DESDE
54,1. La
confesión es una manifestación externa del arrepentimiento de nuestros pecados y
de nuestra reconciliación con la Iglesia[5]
.
«Para un
cristiano el sacramento de la penitencia es el único modo ordinario de obtener
el perdón de sus pecados graves cometidos después del bautismo»[6] .
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55.-
EL SACRAMENTO DE
55,1. Quizás
hayas oído alguna vez de labios indocumentados: «la confesión es un invento de
los curas». Esto es falso.
Se conoce el
inventor de la imprenta (Guttemberg); del anteojo (Galileo); del termómetro de mercurio
(Fahrenheit); del pararrayos
(Franklin); de la pila eléctrica
(Volta); del teléfono (Bell); del fonógrafo (Edison); de la radio (Marconi); del submarino (Peral); de los Rayos X (Roentgen); del autogiro (La Cierva); de la penicilina (Fleming); etc. etc.
Ahora bien,
¿qué «cura» inventó la confesión?
No se puede
saber porque no ha existido nunca.
Y, desde
luego, si la hubiera inventado un hombre, no la hubiera inventado gratis. Porque
es inconcebible que un hombre invente una cosa tan desagradable para el
sacerdote -que tiene que estar encajonado horas y horas oyendo siempre lo
mismo-, tan perjudicial para la salud, tan fácil de contagiarse de enfermedades,
etc., etc., y todo esto sin cobrar un céntimo.
Lo normal es
que quien hace un servicio lo cobre.
Aparte de
que, ¿quién va a tener autoridad para obligar a la confesión al mismo Papa? Pues
el Papa tiene obligación de confesarse, y de hecho se confiesa frecuentemente,
como todo buen católico. Y lo mismo los cardenales, los obispos y los sacerdotes
del mundo entero. Si hubiera sido invención suya, se hubieran ellos
dispensado.
Algunos
protestantes, para no admitir la confesión decían que ésta se estableció en el
Concilio de Letrán.
Pero esto no
lo sostiene ninguna persona culta, ni siquiera entre los protestantes; pues está
históricamente demostrado que el Concilio IV de Letrán celebrado en 1215, lo que
mandó fue la obligación de confesar una vez al año[7] . Ya
sea por malicia o por desconocimiento de la Historia de la Iglesia, confundían
la institución del sacramento de la confesión con el precepto de confesarse
anualmente.
Pero la
confesión venía practicándose desde el principio del cristianismo, aunque con
menos frecuencia.
Ya en el
siglo III se nos habla del sacerdote encargado de perdonar los
pecados.[8]
Y entre los
años 140 y 150 apareció un libro titulado El
Pastor de Hermas donde
se recomienda la confesión[9] .
Hermas fue hermano del Papa Pío
I[10] .
La confesión
privada, como hoy la tenemos, existe desde el siglo VI introducida por los
monjes irlandeses que reaccionaron a la durísima práctica de la penitencia de
entonces. Desde el siglo II había una larga lista de pecados, muchos de los
cuales excluían de la Eucaristía para toda la vida.
A lo largo
de la historia la confesión ha ido cambiando en el modo de practicarse,
manteniendo siempre lo esencial del sacramento.
Según
El Pastor de Hermas del siglo II, un presbítero romano
hermano del Papa Pío I, en aquel
tiempo sólo se confesaba una vez en la vida o en peligro de
muerte[11] .
Sin embargo,
hoy, la Iglesia recomienda la confesión frecuente. A lo más tardar, una vez al
año.
55,2. El
sacramento de la confesión fue
instituido por Jesucristo[12] cuando se
apareció a sus Apóstoles reunidos en el cenáculo y les dio facultad para
perdonar los pecados, diciéndoles: «A
quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los
retengáis, les serán retenidos»[13] .
Por estas
palabras de Cristo comunicó a los
Apóstoles y a sus legítimos sucesores[14] la
potestad de perdonar y retener los pecados[15] .
Por eso dice
San Pablo que el Señor «nos confió el ministerio de la
reconciliación»[16]
Cristo instituyó
los sacramentos para que la Iglesia los administrase hasta el final de los
tiempos.
Como los
Apóstoles iban a morir pronto, el poder de perdonar los pecados se transmite a
sus legítimos sucesores, los sacerdotes.
«El ministro
competente para el sacramento de la penitencia, es el sacerdote, que, según las
leyes canónicas, tiene facultad de absolver»[17] .
Es evidente
que si el sacerdote debe perdonar o retener los pecados con equidad y
responsabilidad, se supone que el pecador debe manifestárselos. Sólo el pecador
puede informarle qué grado de consentimiento hubo en su
pecado.
Es esencial
la presencia real de confesor y penitente, por lo tanto es inválida la confesión
por carta, teléfono, radio o televisión[18] ; pues
además de no existir presencia real, pone en peligro el secreto
sacramental.
Por mandato
de la Iglesia, quien tiene pecado grave debe confesarse al menos una vez al año[19] , o
antes si hay peligro de muerte o si ha de comulgar[20] .
Pero eso es
el plazo máximo.
Quien quiere
sinceramente salvarse y no quiere correr un serio peligro de condenarse, no
puede contentarse con esto.
Es necesario
confesarse con más frecuencia. Con la frecuencia que sea necesaria para no vivir
habitualmente en pecado grave. ¡No vivas nunca en pecado
grave!
Un buen
cristiano se confiesa normalmente una vez al mes.
La confesión
te devuelve la gracia, si la has perdido; te la aumenta, si no la has perdido; y
te da auxilios especiales para evitar nuevos pecados.Los sacerdotes deben
prestarse a confesar a todos los que se lo pidan de modo
razonable[21] .
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56.-
PECADO ES TODA ACCIÓN U OMISIÓN
VOLUNTARIA CONTRA
56,1.«En sus
juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal
arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia
de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer...
Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la
dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente»[23] .
Puede ser
interesante mi vídeo: El pecado: la gran
bajeza, la gran locura, la gran primada, la gran
canallada[24] .
«El pecado
es un misterio, y tiene un sentido profundamente religioso. Para conocerlo
necesitamos la luz de la revelación cristiana. (...) El pecado escapa a
Algunos
dicen que Dios no es afectado por el pecado.
El pecado,
efectivamente, no afecta a la naturaleza divina, que es inmutable; pero sí
afecta al «Corazón del Padre» que se ve rechazado por el hijo a quien Él tanto
ama[26] .
Si el pecado
no ofendiera a Dios sería porque Dios no nos quiere. Si Dios nos ama, es lógico
que le «duela» mi falta de amor. Lo mismo que le agradaría mi amor, le desagrada
mi desprecio: hablo de un modo antropológico. Pero es necesario hacerlo así,
para entendernos. Si Dios se quedara insensible ante mi amor o mi desprecio,
sería señal de que no me ama, que le soy indiferente.
A mí no me
duele el desprecio de un desconocido; pero sí, si viene de una persona a quien
amo.
No es que el
hombre haga daño a Dios. Pero a Dios le «duele» mi falta de amor.
El bofetón
de su niñito no le hace daño a una madre, pero sí le da pena. Ella prefiere un
cariñoso besín. Es cuestión de amor.
La
inmutabilidad de Dios no significa indiferencia. La inmutabilidad se refiere a
la esfera ontológica, pero no a
Es un
misterio cómo el pecado del hombre puede afectar a Dios. Pero el hecho de que el
pecado afecta a Dios es un dato bíblico[27] .
La Biblia
expresa la ofensa a Dios del pecado con la imagen del adulterio[28] .
«El pecado
es ante todo ofensa a Dios»[29] .
El pecado
ofende a Dios por lo que supone de rebelión.
David,
arrepentido de su pecado, exclamaba:
«Contra Ti pequé,
Señor»[30].
«El pecado
es un no deliberado dado al amor
redentor de Cristo, y esta
negativa lastima a Cristo»[31] .
Hay hechos
que tienen un significado importante.
Por eso
Pío XI se negó a pagar al Estado
Italiano una lira al año de contribución, pues eso suponía que el Estado
Vaticano no era independiente[32] .
«La Iglesia
ha condenado la opinión de quienes sostenían que puede darse un pecado puramente filosófico, que sería una falta contra la
recta razón sin ser ofensa de Dios»[33].
«La Iglesia
ha condenado la idea de que pueda existir un pecado meramente racional o
filosófico, que no mereciera castigo de Dios»[34] .
El pecado
está en la no aceptación de la
voluntad de Dios, más que en la transgresión material de la ley.
Por eso,
puede haber pecado sin transgresión material de la ley si existe el NO a Dios en
la intención; mientras que puede haber transgresión de la ley sin pecado, si no
se ha dado el NO a Dios voluntariamente.
El pecado no
es algo que nos cae inesperadamente, como un rayo en medio del campo. El pecado
se va fraguando, poco a poco, dentro de nosotros mismos[35] .
Las
repetidas infidelidades a Dios, los apegos desordenados consentidos, el
irresponsable descuido de las cautelas, van preparando la
caída.
56,2. La moral no consiste en el cumplimiento mecánico de una serie de
preceptos, sino en nuestra respuesta cordial a la llamada de Dios que se traduce
en una actitud fundamental en el servicio de Dios.
La opción
fundamental es la orientación permanente de la
voluntad hacia un fin.
Esta actitud
«debe explicitarse en el fiel cumplimiento de los preceptos, no de modo
rutinario, sino vivificado por el dinamismo que el Espíritu imprime en nuestros
corazones.
»La opción
fundamental no consiste en liberarse del cumplimiento de determinadas normas o
preceptos, sino muy al contrario, en hacer una llamada a la interiorización y
profundización de la vida de cada cristiano.
»La opción
fundamental por Dios consiste en colocar a Dios en el centro de la vida.
»Concebirle
como el Valor Supremo hacia el cual se orientan todas las tendencias, y en
función del cual se jerarquizan las múltiples elecciones de cada
día»[36] .
La opción
fundamental es una decisión libre, que brota del núcleo central de la persona,
una elección plena a favor o en contra de Dios, que condiciona los actos
subsiguientes, y es de tal densidad que abarca la totalidad de la persona, dando
sentido y orientación a su vida entera.
«Es claro
que las actitudes determinan nuestro comportamiento moral de forma positiva o
negativa»[37] .
Las
actitudes son predisposiciones estables o formas habituales de pensar, sentir y
actuar en consonancia con nuestros valores.
Son, por
tanto, consecuencia de nuestras convicciones o creencias más firmes y razonadas
de que algo «vale» y da sentido y contenido a nuestra vida. Constituyen el
sistema fundamental por el que orientamos y definimos nuestras relaciones y
conductas con el medio en que vivimos.
Evidentemente que en el hombre
tienen más valor las actitudes que los actos. Hay «actos que expresan más bien
la periferia del ser y no el ser mismo del hombre».
»Los actos
verdaderamente valiosos son los que proceden de actitudes conscientemente
arraigadas.
»Se ve
claramente que, aunque la actitud sea lo que define auténticamente al ser moral
del hombre, los actos tienen también su importancia, porque, repetidos,
conscientes y libres van camino de convertirse en actitud»[38] .
Incluso
podemos decir que hay actos de tal trascendencia que, si se realizan
responsablemente y sin atenuantes posibles, son el exponente de una actitud
interna[39] .
No
hace falta que el acto se repita para que sea considerado grave[40] .
Por ejemplo:
un adulterio o un crimen planeado a sangre fría, con advertencia plena de la
responsabilidad que se contrae, buscando el modo de superar todas las
dificultades, y sin detenerse ante las consecuencias con tal de conseguir su
deseo, ¿qué duda cabe que compromete la actitud moral del hombre?
«La opción
fundamental puede ser radicalmente modificada por actos
particulares»[41] .
No es
sincera una opción fundamental por Dios, si después esto no se confirma con
actos concretos. Los actos son la manifestación de nuestra
opción[42] .
«Si la
opción fundamental no va acompañada de actos singulares buenos, se ha de
concluir que la tal opción se reduce a buenas intenciones»[43] .
«Es en las
acciones particulares donde la opción fundamental de servir a Dios se puede
vivir de verdad. (...) La ruptura de la opción fundamental no es sólo por
apostasía»[44] .
Lo que sí
parece cierto es que la actitud no
cambia en un momento.
Los cambios
vitales en el hombre son algo paulatino.
El pecado
mortal que separa al hombre definitivamente de Dios es la consecuencia final de
una temporada de laxitud moral[45] . Por
eso decimos que el pecado venial dispone para el
mortal.
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56,3.
Algunos opinan que al final de la vida, Dios dará a todos la oportunidad de
pedir perdón de sus pecados; pero esta posibilidad de la opción final no tiene ningún fundamento en la
Biblia[46] .
Por eso es
rechazada por teólogos de categoría internacional como Ratzinger, Rahner, Pozo, Alfaro, Ruiz de la
Peña, etc.
56,4. Hay,
además otros pecados llamados pecados de
omisión: «los pecados cometidos por los que no hicieron ningún
mal..., más que el mal de no atreverse a hacer el bien, que estaba a su
alcance»[47] .
Jesucristo condena al infierno a
los que dejaron de hacer el bien: «Lo que
con éstos no hicisteis»[48] . A
veces hay obligación de hacer el bien, y el no hacerlo es pecado de
omisión.
«Se
equivocan los cristianos, que pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente,
pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales,
sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga a un más perfecto
cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno. Pero no es
menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse
totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fueran ajenos del todo a la
vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y
al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y
la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores
de nuestra época»[49] .
«Hoy es muy
usual en algunos ambientes hablar de pecado
social.
»Pero el
pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona.
»Una
sociedad no es de suyo sujeto de actos morales.
»Lo cierto
es que el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás.
»Pero en el
fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas
pecadoras»[50].
Las estructuras de pecado se deben a los
pecados de los hombres.
«Todo pecado
es un ultraje a Dios. (...) En un sentido propio y verdadero tan sólo son pecado
los actos que de forma consciente y voluntaria van contra la ley de Dios. (...)
Por eso, precisamente, el hombre es la única creatura que puede ser pecadora
entre los seres que componen la creación visible»[51] .
Aunque es
cierto que pecados personales generalizados crean un ambiente de pecado, «no se
puede diluir la responsabilidad personal en culpabilidades colectivas
anónimas»[52]
Hay que
sentirse responsables de nuestros pecados que deterioran el ambiente. Hausherr, Profesor del Instituto Oriental
de Roma, publicó un libro titulado Le
Penthos en el que habla del influjo de algunos pecados en el medio
ambiente espiritual del Cuerpo Místico de Cristo[53] .
56,5. Las
cosas que principalmente nos incitan y tientan a pecar son:
a) el mundo
(criterios relajados, costumbres corruptoras, ambientes pervertidos) con sus
atractivos, que tienen fuerza seductora para los incautos que se dejan llevar
por él.
b) El
demonio con sus tentaciones: engañando con apariencias de bien[54] .
c) La carne
con sus inclinaciones al pecado[55] .
La
inclinación al pecado se llama concupiscencia. Ésta se concreta en los llamados
siete pecados capitales que son:
soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y
pereza.
Soberbia
es un apetito desordenado a la
autoestimación excesiva.
Avaricia es una
estima desordenada de los bienes materiales.
Lujuria es un apego
desordenado a los placeres de la sexualidad.
Ira es un
apetito de venganza.
Gula es un
apetito desordenado de comer o beber.
Envidia es un pesar
del bien ajeno o alegría de su mal.
Pereza es una
negligencia en el cumplimiento de las propias
obligaciones.
Dice el
Apóstol Santiago: «Cada cual es tentado por sus propias
concupiscencias»[56] . Y
San Juan: El que peca se hace esclavo del
pecado»[57] .
«El que peca se hace hijo de
Satanás»[58] .
A veces, los
malos ambientes pervierten a muchos católicos.
Como dijo
Pablo VI, en una solemne
alocución: «Muchos cristianos de hoy, en lugar de misionar, son misionados; en
lugar de convertir, son convertidos; en lugar de comunicar el Espíritu de
Jesús, son ellos contagiados por
el espíritu del mundo».
No podemos
vencer las tentaciones nosotros solos; pero tenemos la ayuda de Dios, su gracia,
que la tenemos a nuestra disposición si la buscamos con la oración y los
sacramentos.
Dice
San Pablo que Dios no permite al
demonio que nos tiente por encima de nuestras fuerzas[59] .
Muchas veces
el demonio se vale de los mismos hombres para hacernos pecar. Unas veces con su
mal ejemplo. Otras, también con sus palabras.
Es necesario
saber luchar contra los malos ambientes, y no dejarse arrastrar al pecado por el
respeto humano.
El mejor
medio para esto es huir de las malas compañías y juntarse con buenos
amigos.
Ocurre con
frecuencia que, en un grupo, los más indeseables llevan la voz cantante y
dominan a una colección de individuos vulgares y endebles.
Ten mucho
cuidado de que nadie atente contra la integridad y rectitud de tu personalidad.
Y si alguna
vez te integras en alguno de estos grupos, ten la valentía suficiente para hacer
una acto de independencia y abandonar el grupo, aunque tal vez la ruptura te
traiga algún contratiempo desagradable. No importa. Es decir, esto tiene menos
importancia y merece la pena afrontarlo.
La mejor
manera de vencer los malos
ambientes es tomar desde el primer momento una actitud decidida,
clara, inquebrantable. Si ven que contigo es inútil, te dejarán en paz. Pero si
ven que vacilas, volverán una y otra vez a la carga hasta
tumbarte.
56,6. El respeto humano consiste en obrar mal
por vergüenza de obrar bien temiendo al «qué dirán» los
demás.
Y dijo
Jesucristo: Si alguien se avergüenza de Mí delante de los
hombres, Yo lo ignoraré delante de mi Padre[60]
Es una
cobardía indigna. Es vergonzoso tenerle miedo a la sonrisa maliciosa de una
persona que -por su conducta- es indigna de nuestro aprecio.
En cambio,
quien cumple con su deber por encima de todo, consigue la estima de todas las
personas buenas, y también el respeto de las que no lo son, que -digan lo que
digan por fuera- en su interior no tienen más remedio que reconocer y admirar la
superioridad de la honradez y de la virtud.
En tu
conducta has de ser valiente cuando otros quieran arrastrarte al mal. Pero no
hay que fanfarronear.
Si la
timidez y la cobardía desprestigian la virtud, no menos la desprestigia la
fanfarronería, que la hace desagradable y antipática a todo el mundo.
Tu conducta
ha de ser la de una persona entera, que sabe lo que es cumplir con su deber,
pero que no por eso desprecia a los demás, sino que es amable con todos, y todos
saben que se puede contar contigo cuando se trata de algo bueno. Si eres persona
recta y amable, pronto tendrás quien te siga.
No hay nada
tan atractivo como la virtud, cuando ésta es amable y valiente. La mayoría de
las personas son imitadoras que siguen a las que entre ellas son capaces de dar
ejemplo.
No olvides
que tu conducta ejerce influjo en
los demás.
Quizás tú no
te des cuenta. Pero el buen ejemplo arrastra, a veces, todavía más que el malo.
Muchos no se
atreven a ser los primeros y lo están esperando para seguirlo. Los cristianos
deben, con su vida ejemplar, dar testimonio de la doctrina de Cristo[61] .
«La
transmisión de la fe se verifica por el testimonio... Un cristiano da testimonio
en la medida en que se entrega totalmente a Dios, a su obra... Normalmente la
verdad cristiana se hace reconocer a través de la persona
cristiana»[62] .
56,7.
También te recomiendo que seas santamente alegre.
Uno de los
mejores apostolados es el apostolado de
La bondad no
es ñoñería.
Sólo el
bueno es verdaderamente alegre. La alegría del pecado es mentira, y su gusto se
convierte en tormento.
La felicidad
En cambio,
después de hacer una buena confesión, ¿verdad que se siente un alivio y un
consuelo especial?
En una tanda
de Ejercicios Espirituales a obreros, uno me echó en el buzón un papel que
decía: «es tanta la felicidad y alegría que he sentido después de confesarme,
que no hay nada para mí en el mundo capaz de compararlo. Es algo fuera de lo
material. Me he elevado de tal forma, que he llorado de alegría y de
arrepentimiento. No soy digno de tanta felicidad». Textualmente. Al pie de
También
conservo otro papel que me encontré después de las confesiones de otra tanda de
Ejercicios. Dice así: «Padre, estoy rebosante de alegría. Tengo a Cristo en mi alma. En mi vida me he sentido
tan feliz como ahora. Usted ha conseguido de mí que encuentre la verdadera
felicidad».
El célebre
poeta mejicano Amado Nervo confesó
en su lecho de muerte, y después le decía a sus amigos: «Me he confesado y me
siento completamente feliz»[63] .
Realmente
que la felicidad de la tranquilidad de
conciencia no puede compararse a la amargura que deja detrás de sí el
pecado.
El
placer egoísta, antes de gustarlo, atrae. Pero después desilusiona.
Y si en su
satisfacción ha habido degradación, pecado, etc., el vacío que deja en el alma
no tiene nada que ver con la felicidad que se siente después de hacer una buena
obra donde se ha sacrificado algo.
56,8. El
pecado es el peor de los
males[64] . Peor
que la misma muerte, que sólo es un mal si nos sorprende en pecado. La muerte en
paz con Dios es el paso a una eternidad feliz.
Todos los
demás males se acaban con esta vida. Sólo el pecado atormenta en la
otra.
Muchas
personas endurecidas para lo espiritual, viven tranquilamente en el pecado, pero
su sorpresa en la otra vida será terrible.
Entonces se
darán cuenta de que se equivocaron
en lo principal de su vida: salvarse eternamente.
Pero, sobre
todo, el pecado es una ofensa a un Dios infinitamente bueno,
«El hombre
no puede renunciar a sí mismo, no puede hacerse esclavo de las cosas, de los
sistemas económicos, de la producción y de sus propios
productos»[65] «Hay
en el hombre un afán, a veces desmedido, de poseer, de gozar, de ser
independiente. Se dan en él: ambición de dinero, hipocresía, injusticias,
egoísmo, soberbia, cobardía, mentira. Estos vicios repercuten en
»Jesús proclamó la
verdad, no pactó nunca con el pecado y
»Jesús, al
condenar el pecado, quería hacer una llamada a la dignidad del hombre: el
hombre, por el pecado, además de rechazar a Dios se hace esclavo de las cosas
que valen menos que él»[66] .
Dice
San Juan
Crisóstomo:
- «Cuando te
veo vivir de modo contrario a la razón, ¿cómo te llamaré,hombre o
bestia?
- Cuando te
veo arrebatar las cosas de los demás, ¿cómo te llamaré,hombre o
lobo?
- Cuando te
veo engañar a los demás, ¿cómo te llamaré, hombre o
serpiente?
- Cuando te
veo obrar neciamente, ¿cómo te llamaré, hombre o
asno?
- Cuando te
veo sumergido en la lujuria, ¿cómo te llamaré, hombre o
puerco?
- Peor
todavía. Porque cada bestia tiene un solo vicio: el lobo es ladrón, la serpiente
mentirosa, el puerco sucio; pero el hombre puede reunir los vicios de todos los
brutos»[67] .
56,9. En la
vida son necesarias normas morales.
«Todos los
psicólogos insisten en que desde el comienzo de la vida el ser humano necesita
de
Los que
rechazan toda moral («prohibido prohibir»), son unos hipócritas, pues ellos
quieren imponernos sus normas. Ya dijo Ortega
y Gasset: «De la moral, no es posible desentenderse»[69].
A veces, en
los medios de comunicación, aparecen personas, cuya vida desordenada es de
dominio público, que manifiestan que no se arrepienten de nada: no sé si por
ignorancia de la moral o por soberbia redomada. Pretenden que esté bien todo lo
que ellos hacen. Sin embargo «la ausencia del sentimiento de culpabilidad no es
ningún signo de progreso, sino que revelaría más bien una estructura psicológica
deficiente. El fracaso de un proyecto humano o religioso, aunque no sea absoluto
y definitivo, tiene que producir en una persona normal ciertas reacciones
interiores que no la dejen tranquila e inmutable como si nada hubierta pasado.
La culpabilidad, como el dolor o la fiebre en los mecanismos biológicos, hace
sentir el mal funcionamiento de la persona y el deseo de una curación
eficaz»[70].
Hay personas
que han perdido el sentido del
pecado y rechazan la doctrina de la Iglesia cuando señala que una
cosa es pecado. Dicen: «Yo no veo que eso sea pecado; además lo hace todo el
mundo».
Eso no
prueba nada.
Las cosas no
se convierten en buenas por ser frecuentes: drogas, terrorismo, violaciones,
etc.
Además la
opinión de la mayoría no cambia la realidad observada por un
entendido.
Hoy los
famosos del arte, del deporte o del espectáculo se presentan como pedagogos de
Que un
experto dé su opinión sobre lo que entiende, es razonable. Pero que el famoso de
turno dogmatice de lo que no sabe, es lamentable.
Decía
Pascal: «Algunos justos se
consideran pecadores, pero muchos pecadores se consideran
justos»[71]. Dicen: «No
tengo que arrepentirme de nada». Su soberbia les
ciega.
La moral no
puede cambiar con las modas de cada época.
Hoy está de
moda permitir el aborto; pero siempre será una injusticia condenar a muerte a
una persona inocente.
Hoy está de
moda la democracia; pero la verdad y el bien no dependen de lo que diga
Una minoría
de entendidos vale más que una mayoría que no lo es.
Si se trata
de la salud, vale más la opinión de tres médicos que el resto de un grupo
mayoritario formado por una peluquera, un carpintero, una profesora de idiomas,
un arquitecto, etc.
Lo mismo si
se trata de pilotar un avión o de moral.
La
democracia sólo es válida cuando todos los que opinan entienden del tema, por
ejemplo en una consulta de médicos. Pero no basta la opinión de la mayoría, si
ésta no entiende del tema.
Para saber
si es verdad que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, no lo sometes a
votación en una tribu de la selva amazónica, que desconocen el
tema.
Aunque todo
el mundo dijera que el agua de tal fuente es potable, porque no ven en ella
ningún microbio, si el encargado de
La
democracia mal empleada puede ser funesta. En frase de
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La Iglesia
tiene una especial asistencia de
«Someter una
cuestión ética a votación, no garantiza la bondad moral de la solución
vencedora. (...) Una actuación es ética o no lo es, independientemente de las
opiniones personales de los votantes»[73] .
Sobre
«Yo dudo que
haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar
tan directamente como en nuestro tiempo. (...) Vivimos bajo el brutal imperio de
las masas. (...) La soberanía del individuo no cualificado. (...) En nuestro
tiempo domina el hombre-masa; es él quien decide. (...) Las masa populares
buscan pan, y el medio que emplean es destruir la panaderías»[74].
«Es una
falacia muy extendida hoy día, que es demagógica y falsa: “el pluralismo
democrático exige el relativismo ético”. Como si el respeto a la libertad de los
demás se fundase en que no existe una verdad y un bien objetivos sobre las cosas
y la naturaleza humana. Esto es un error. (...) Lo que nunca se puede hacer es
utilizar la coacción y la violencia para imponer mi concepto de la verdad y lo
bueno. Pero si no defiendo lo que yo considero que es bueno y verdadero, estaría
siendo injusto con la gente que me rodea. (...) La democracia no es un mecanismo
para definir lo que es verdadero o falso, bueno o malo. Creer que la votación
popular es lo que define la bondad o malicia, la verdad o falsedad real de las
cosas es un error. Convertir la democracia en el sustituto de la capacidad
racional de hombre para conocer la verdad es una falacia. (...) La democracia no
implica relativismo ético. El respeto a la libertad de conciencia no implica
ocultar la verdad o el bien objetivo de las cosas. (...) Tenemos el derecho y la
obligación de defender lo bueno y lo verdadero ante la sociedad para procurar
que la verdad y el bien se reflejen en las leyes»[75] .