Gracia  santificante

 41.-En la Iglesia hay una vida sobrenatural, que se llama gracia.

 

41,1. La Iglesia fundada por Jesucristo no es solamente una familia visible. En ella hay una vida interior, invisible, sobrenatural, divina, que comunica el mismo Jesucristo.

Dios Nuestro Señor hizo al hombre a su imagen y semejanza, dándole un alma espiritual e inmortal, capaz de conocerlo y amarlo, y alcanzar una felicidad proporcionada a su naturaleza. Pero, en su amor infinito, Dios ha querido llamarnos a más altos destinos. Quiso darnos la altísima dignidad de hijos suyos, y hacernos participantes de su misma felicidad en la gloria. Para esto nos une a Él en la persona divina de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, de cuyo Cuerpo Místico somos miembros vivos.

Esta vida divina en nosotros es la gracia santificante.

Por la gracia santificante participamos de la vida divina.

Por ella Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Cristo.

Cristo es quien vivifica, por la gracia, el Cuerpo de su Iglesia. Por eso dice San Pablo que Cristo es nuestra vida[1]  y que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo[2] .

 Cristo es la Cabeza. Todos nosotros somos sus miembros. O como Él mismo dijo con otra comparación: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos»[3] .

Como los sarmientos reciben la savia de la vid -y gracias a ella producen las uvas- así nosotros recibimos de Jesucristo la gracia. Es la savia que nos hace vivir una vida sobrenatural, de la misma manera que nuestra alma vivifica nuestro cuerpo y le da vida natural.

«Es algo así como cuando se hace un injerto. Estamos injertados en Cristo.[4] 

Como dijo Juan Pablo II a los jóvenes en Polonia: «La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, porque es el cuerpo social de Jesucristo»[5] .

 

41,2. La doctrina del Cuerpo Místico tiene enorme importancia en orden a la valoración de nuestros actos.

El barrido de una calle realizado por un empleado de la Limpieza Pública que está en gracia de Dios, tienen incomparablemente más valor que la conferencia de más altura científica que sólo puede ser entendida por media docena de hombres en el mundo, pero pronunciada por un sabio que no está en gracia de Dios.

La razón es que las acciones de los hombres que no están en gracia de Dios, aunque tengan su valor, como enseña el Vaticano II[6] , no rebasan los límites de lo humano. En cambio, cuando un hombre está en gracia de Dios es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, y entonces sus obras, por sencillas que sean, pertenecen a un plano sobrenatural, infinitamente superior a todo lo humano.

Si esto se conociera más, ¿quién viviría en pecado mortal?.

Cada uno de nosotros es una célula del Cuerpo Místico de Cristo. Con nuestra virtud colaboramos a su vitalidad. Con nuestros pecados, además de convertirnos en células muertas, entorpecemos la vida de las otras células, nuestros hermanos. Somos células cancerosas.

 

Al Cuerpo Místico de Cristo pertenecemos todos los que estamos en gracia de Dios. «Incluso los que están de buena fe, buscando la verdad, aunque no se llamen católicos, forman parte del alma de la Iglesia»[7].

 

42.- La gracia santificante es un don personal  sobrenatural y gratuito[8] , que nos hace verdaderos hijos de Dios[9]  y herederos del cielo[10] . La recibimos en el Bautismo.

 

42,1. La gracia santificante es un don sobrenatural, interior y permanente, que Dios nos otorga, por mediación de Jesucristo, para nuestra salvación.

     Don sobrenatural: Supera la naturaleza humana

    Don permanente: Mora en el alma mientras se está en gracia, sin pecado mortal

     Sólo Dios da la gracia santificante. 

     Todas las gracias son concedidas por los méritos de Jesucristo.

Dios nos da la gracia santificante para salvarnos[11].

 

La gracia santificante nos concede las virtudes teologales y morales, que son:

 

Virtudes teologales:

Fe: aceptar todo lo que Dios ha revelado.

Esperanza: confiar en que Dios me ayudará a salvar mi alma.

Caridad: amar a Dios y al prójimo como a mí mismo.

 

Virtudes morales:

Prudencia: para ver lo que conviene en orden a la salvación eterna.

Justicia: para que todos tengan lo que les corresponde.

Fortaleza: para afrontar las dificultades.

Templanza: para moderar los placeres.

 

La gracia santificante es una cualidad que hace subir de categoría al hombre dándole como una segunda naturaleza superior[12] . Es como una «semilla de Dios». La comparación es de San Juan[13] . Desarrollándose en el alma produce una vida en cierto modo divina[14] , como si nos pusieran en las venas una inyección de sangre divina. La gracia santificante es la vida sobrenatural del alma[15] . Se llama también gracia de Dios.

La gracia santificante nos transforma de modo parecido al hierro candente que sin dejar de ser hierro tiene las características del fuego[16] .

 

«Lo que Dios es por naturaleza, nos hacemos nosotros por la gracia»[17] .

La gracia de Dios es lo que más vale en este mundo. Nos hace participantes de la naturaleza divina[18] . Esto es una maravilla incomprensible, pero verdadera. Es como un diamante oculto por el barro que lo cubre.

El siglo pasado Van Wick construyó con guijarros una casita en su granja de Dutoitspan (Sudáfrica). Un día, después de una fuerte tormenta, descubrió que aquellos guijarros eran diamantes: el agua caída los había limpiado del barro. Así se descubrió lo que hoy es una gran mina de diamantes[19] . La gracia es un diamante que no se ve a simple vista.

La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina[20] , pero no nos hace hombres-dioses como Cristo que era Dios, porque su naturaleza humana participaba de la personalidad divina, lo cual no ocurre en nosotros[21] .

Dios al hacernos hijos suyos y participantes de su divinidad nos pone por encima de todas las demás criaturas que también son obra de Dios, pero no participan de su divinidad. La misma diferencia que hay entre la escultura que hace un escultor y su propio hijo, a quien comunica su naturaleza[22] .

Cuando vivimos en gracia santificante somos templos vivos del Espíritu Santo[23] La gracia santificante es absolutamente necesaria a todos los hombres para conseguir la vida eterna. La gracia se pierde por el pecado grave.

En pecado mortal no se puede merecer. Es como  una losa caída en el campo. Debajo de ella no crece la hierba. Para que crezca, primero hay que retirar la losa. Estando en pecado mortal no se puede merecer nada.

Con todo, las buenas obras hechas en pecado mortal tienen un valor: facilitan la conversión[24].

 

Quien ha perdido la gracia santificante no puede vivir tranquilo, pues está en un peligro inminente de condenarse.

 

La gracia santificante se recobra con la confesión bien hecha, o con un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse. (Ver números 80-84).

El perder la gracia santificante es la mayor de las desgracias, aunque no se vea a simple vista. Sin la gracia de Dios toda nuestra vida es inútil para el cielo[25] . Por fuera sigue igual, pero por dentro no funciona: como una bombilla sin corriente eléctrica. Dice San Agustín que «como el ojo no puede ver sin el auxilio de la luz, el hombre no puede obrar sobrenaturalmente sin el auxilio de la gracia divina».

En el orden sobrenatural hay esencialmente más diferencia entre un hombre en pecado mortal y un hombre en gracia de Dios, que entre éste y uno que está en el cielo[26] . La única diferencia en el cielo está en que la vida de la gracia -allí en toda su plenitud- produce una felicidad sobrehumana que en esta vida no podemos alcanzar.

Esta vida es el camino para la eternidad. Y la eternidad, para nosotros, será el cielo o el infierno. Sigue el camino del cielo el que vive en gracia de Dios. Sigue el camino del infierno el que vive en pecado mortal.Si queremos ir al cielo, debemos seguir el camino del cielo. Querer ir al cielo y seguir el camino del infierno, es una necedad.

Sin embargo, en esta necedad incurren, desgraciadamente, muchas personas. Algún día caerán en la cuenta de su necedad, pero quizá sea ya demasiado tarde.

 

42,2. Además de la gracia santificante Dios concede otras gracias que llamamos gracias actuales[27] , que son auxilios sobrenaturales transitorios, es decir, dados en cada caso, que nos son necesarios para evitar el mal y hacer el bien, en orden a la salvación[28] . Pues por nosotros mismos nada podemos. No podemos tener una fe suficiente, ni un arrepentimiento que produzca nuestra conversión.

Las gracias actuales iluminan nuestro entendimiento y mueven nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal.

Sin esta gracia no podemos comenzar, ni continuar, ni concluir nada en orden a la vida eterna[29] 

 

Las gracias actuales no ayudan a repetir los actos buenos, y esta repetición nos consigue los hábitos virtuosos que nos facilitan la realización de esas acciones que se han repetido varias veces con anterioridad.

 

 Según Pelagio, monje irlandés del siglo IV, el hombre con sus fuerzas morales puede, hacer el bien y evitar el mal, convertirse y salvarse.

 

Pero la doctrina católica sostiene que el hombre no puede cumplir todas sus obligaciones ni hacer obras buenas para alcanzar la gloria eterna sin la ayuda de la gracia de Dios. Merecer el cielo es una cosa superior a las fuerzas de la naturaleza humana.

 

Pero como Dios quiere la salvación de todos los hombres, a todos les da la  gracia suficiente que necesitan para alcanzar la vida eterna. Con la gracia suficiente el hombre podría obrar el bien, si quisiera.

 

La gracia suficiente se convierte en eficaz cuando el hombre colabora[30] .

Los adultos tienen que cooperar a esta gracia de Dios. Dijo San Agustín: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti»[31] .

«Dios ha querido darnos el cielo como recompensa a nuestras buenas obras. Sin ellas es imposible, para el adulto, conseguir la salvación eterna.

»Nuestra salvación eterna es un asunto absolutamente personal e intransferible. Al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia.

»Y sin la libre cooperación a la gracia es imposible la salvación del hombre adulto»[32] .

 

Con sus inspiraciones, Dios predispone al hombre para que haga buenas obras, y según el hombre va cooperando, va Dios aumentando las gracias que le ayudan a practicar estas buenas obras con las cuales ha de alcanzar la gloria eterna. «Tan grande es la bondad de Dios con nosotros que ha querido que sean méritos nuestros lo que es don suyo»[33] .

 

Esta gracia, que nos eleva por encima de la naturaleza caída, la mereció el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. La obtenemos mediante la oración y los Sacramentos (ver números 95-97).

 

                                                                          Pecado original

 

43.- Empezamos a vivir la vida de la gracia con el sacramento del bautismo.

 

43,1. Cuando nacemos a la vida natural, nacemos muertos a la vida de la gracia, porque nacemos con el pecado original.

El pecado original se lava con el bautismo.

El bautismo es como un segundo nacimiento: un nacimiento a la vida sobrenatural.

 

Dios creó a nuestros primeros padres en estado de gracia.

Dios en señal de su soberanía les dio un mandato para que ellos cumpliéndolo mostraran su aceptación. Dios quería probar su fidelidad.

Ellos cediendo a la tentación del demonio desobedecieron[34] .

«Puesto que el fin propio del precepto era probar la obediencia, no podemos medir la gravedad de la culpa por la acción exterior en que se manifiesta»[35] .

 

«El hombre creado por Dios en la justicia, sin embargo, por instigación del demonio, en el mismo comienzo de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios»[36] .

 

Este pecado de desobediencia[37]  fue el pecado original, llamado así porque fue el primer pecado que se cometió en la Tierra, en los principios de la humanidad. Dice San Pablo que Adán introdujo el pecado en el mundo[38] .

 

El pecado original es origen de otros muchos.

El pecado original es la raíz de los demás pecados de los hombres[39].

La realidad del pecado original es dogma de fe[40].

 

Con este pecado de desobediencia nuestros primeros padres perdieron la gracia para ellos y para nosotros sus hijos[41] .

Lo mismo que lo pierden todo los hijos del que se arruina en el juego de la ruleta.

Si un monarca concede a una familia un titulo nobiliario con la condición de que el cabeza de familia no se haga indigno de semejante gracia, ¿quién puede protestar si después de una ingratitud de este cabeza de familia, el monarca retira el título a toda la familia?

Lo mismo que cuando el embajador de una nación firma un tratado compromete a todo su país, lo mismo nos afecta a todos el pecado de Adán, que fue la cabeza del género humano.

 

«En su voluntad estaba incluido nuestro destino. Las aguas corren putrefactas porque la fuente está contaminada»[42] .

 

El Concilio de Trento «el más trascendental de toda la Historia de la Iglesia»[43]  define como de fe que el pecado original se transmite por generación, por herencia[44] .

 

Dice Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios : “Mantenemos, siguiendo el Concilio de Trento, que el pecado original se trasmite juntamente con la naturaleza humana, por generación”[45] .

 

43,2. Nosotros no somos responsables del pecado original porque no es pecado personal nuestro[46] ; pero lo heredamos al nacer[47].

 

«Por eso el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, no “cometido”; es un estado, no un acto»[48] .

 

En virtud de la ley de solidaridad de Adán con toda la humanidad, por ser su cabeza físico-jurídica[49] , nos priva de los dones extraordinarios que Dios había concedido en un principio a Adán para que los comunicara a sus descendientes[50] .

«Del mismo modo que entre Adán y sus descendientes hubiera existido solidaridad si hubiera sido fiel, del mismo modo existe también solidaridad en su rebeldía»[51] .

El gran desastre del pecado de Adán fue que arrastró consigo a toda la naturaleza humana[52] .

De igual manera que si Adán se hubiese suicidado antes de tener hijos, hubiera privado de la vida a todo el género humano, así con su pecado nos priva de la gracia. Fue un suicidio espiritual.

 

No debemos protestar por sufrir nosotros las consecuencias del pecado de Adán. ¿Habríamos sabido nosotros conservar estos dones?[53] ¿No son nuestros pecados personales una prueba de que también nosotros habríamos prevaricado?

 

El pecado original fue un pecado de soberbia[54] .

 El pecado de Adán y Eva es un pecado muy frecuente hoy día.

Hombres y mujeres autosuficientes, independientes, rebeldes a toda norma, orden o mandato, aunque venga del Papa.

Para ellos sólo vale lo que ellos opinan, y lo que ellos quieren.

No se someten a nadie.

Quieren ser ellos los que deciden lo que es bueno y lo que es malo.

Quieren ser como dioses.

Ése fue el pecado de Adán y Eva.

 

43,3. Antes de pecar, el demonio dijo a nuestros primeros padres que si pecaban serían como dioses.

Ellos pecaron y se dieron cuenta del engaño del demonio.

Con esto el demonio logró lo que pretendía: derribar a Adán de su estado de privilegio.

 

El demonio es el «padre de la mentira»[55]  .

Eva fue seducida por él[56].

El que peca se entrega al espíritu de la mentira.

En la medida que somos pecadores somos «mentirosos»[57]  , pues el pecado es el abandono de la verdad, que es Dios, por la mentira.

 

El demonio también nos engaña a nosotros en las tentaciones[58] presentándonos el pecado muy atractivo, y luego siempre quedamos desilusionados, con el alma vacía y con ganas de más.

Porque el pecado nunca sacia. Pero el demonio logra lo suyo: encadenarnos al infierno.

 

El demonio nos tienta induciéndonos al mal[59], porque nos tiene envidia[60] , porque podemos alcanzar el cielo que él perdió por su culpa[61] .

 

Todas las tentaciones del demonio se pueden vencer con la ayuda de Dios[62] .

 

El demonio es como un perro encadenado: puede ladrar, pero sólo puede morder al que se le acerca[63].

 

«En el estado de pecado original el hombre carece de la gracia y amistad de Dios, y su libertad está debilitada e inclinada al mal; no podemos ser totalmente dueños de nosotros mismos y de nuestros actos»[64]  .

 

La vida de la gracia que empieza con el bautismo necesita respirar para no ahogarse.

 

Lo mismo que la vida del cuerpo que, si no se tiene aire para respirar, también se ahoga.

 

Dice San Agustín que la respiración de la vida del alma es la oración.

 

                                                                                                  Oración

 

44.- Orar es hablar con Dios, nuestro Padre celestial, para adorarle, alabarle, darle gracias y pedirle toda clase de bienes.

 

44,1. Orar es hablar con Dios para manifestarle nuestro amor, tributarle el honor que se merece, agradecerle sus beneficios, ofrecerle nuestros trabajos y sufrimientos, pedirle consejo, confiarle las personas que amamos, los asuntos que nos preocupan y desahogarnos con Él.

 

Habla a Dios con sencillez y naturalidad.

Háblale con tus propias palabras.

Se puede orar con fórmulas ya hechas, o espontáneas.

Y también repitiendo siempre la misma frase.

 

«La oración es conversación. Sabemos muy bien que se puede conversar de distintas maneras. Algunas veces la conversación es un simple intercambio de palabras. (...) Pero la conversación profunda se da cuando intercambiamos pensamientos, corazón y sentimientos. Cuando intercambiamos nuestro “yo”»[65] .

Podemos hablar con Dios de nuestras alegrías, penas, éxitos, fracasos, deseos, preocupaciones, etc.

 

Para hablar a Jesús no hay como acudir al Evangelio. Con la misma naturalidad que todos usaban con Él y le exponían sus necesidades. Cualquier situación nuestra tiene su exponente en el Evangelio. 

- ¡Señor, que vea!, le decía el ciego. 

- ¡Dame de esa tu agua, para no tener más sed!, le pedía la Samaritana. 

- ¡Señor, enséñanos a orar!, le decían los discípulos. 

- ¡Sálvanos, Señor!, que perecemos!, le gritaron los apóstoles en la barca que se hundía. 

- ¡Señor, mándame ir a ti!, le pidió Pedro. 

- ¡Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador!, murmuraba el publicano. 

- ¡Señor, si quieres puedes limpiarme!, le suplicaba humilde el leproso. 

- Mira que tu amigo, a quien tanto quieres, está enfermo, mandó a decirle Marta. 

- ¡Auméntanos la fe!, le pidieron los discípulos. 

- ¡Acuérdate de mí cuando estés en tu reino!, le suplicó el ladrón. 

- ¡Señor, danos ese pan!, le pidieron los oyentes cuando prometió la Eucaristía. 

- ¡Señor, tú sabes que yo te quiero!, le protestaba Pedro. 

- ¡Mira, Jesús, que no tienen vino!, le dijo María

 

«Charles de Foucauld, decía: “Orar es pensar en Dios amándolo”. Sin ninguna duda, no hay descripción más corta y más precisa de la oración»[66].

 

¿Por qué orar?

Porque creo en Dios, sé que me ama, y deseo decirle que le amo.

La oración incluye:

«La adoración, que es reconocimiento de la grandeza y majestad de Dios.

La alabanza a su infinita bondad y misericordia.

El ofrecimiento incondicional a realizar la voluntad de tan altísimo Señor.

La súplica de perdón, y reconocimiento de la pequeñez del que ora.

La acción de gracias por tantas bendiciones y favores recibidos.

La petición humilde de la ayuda de la gracia y del favor de Dios para tantas necesidades»[67].

 

Para hablar con Dios no es necesario pronunciar palabras materialmente. Se puede hablar también sólo con el corazón.

La oración no se aprende. Sale sola. Lo mismo que no se aprende a reír o a llorar.

La oración sale espontáneamente del corazón que ama a Dios.

Se ora saludando a Dios, dándole gracias, pidiéndole perdón, solicitándole ayuda, manifestándole amor, etc., etc.

 

La oración debe hacerse con atención, reverencia, humildad, confianza, fervor, perseverancia y resignación con lo que Dios quiera.

Hacerla con fe muy firme de que si conviene, Dios concederá lo que pedimos; pero no podemos anteponer nuestra voluntad a la de Dios[68].

Además de irreverente y absurdo, sería completamente inútil y estéril.

Dice San Pablo: Orad sin cesar [69] .

Y San Agustín da la solución: «Orad con el deseo. Aunque calle la lengua. Si deseas amar, ya estás amando. Tu deseo es tu oración. Si deseas siempre, tu oración es continua».

 

La perseverancia en la oración es fundamental. Dios ya sabe lo que deseamos, pero Él quiere que se lo pidamos; aunque a veces nos haga esperar.

Santa Mónica tardó treinta años en conseguir la conversión de su hijo San Agustín[70].

 

Es necesario orar, y orar a menudo, porque Dios así lo manda: «Pedid y recibiréis»[71]  y «es necesario orar siempre y no desfallecer»[72] ; pero además porque ordinariamente Dios no concede las gracias espirituales y materiales si no se las pedimos.

¡Ojalá te acostumbraras a tener tus ratos de charla con Nuestro Señor en el sagrario! Por lo menos, no dejes de rezar todos los días las oraciones que te pongo en los Apéndices.

 

Pero te advierto que la oración bien hecha no es la recitación de plegarias que se repiten distraídamente sólo con los labios. La verdadera oración pone siempre en movimiento el corazón. Dice Santa Teresa que «orar es un trato amoroso con Dios»[73] 

No pedimos para obligar a Dios que cambie sus planes, lo cual es imposible.

Ni para informarle de lo que necesitamos, pues Él ya lo sabe.

Ni para convencerle para que nos ayude, pues lo desea más que nosotros mismos.

Pedimos porque Él quiere que lo hagamos para colaborar con Él en lo que quiere concedernos.

«Dios ha determinado concedernos algunas cosas a condición de que se las pidamos bien, o sea, vinculándolas a nuestra oración.

»Pero si no las pedimos, nos quedaremos sin ellas.

»No se trata de que Dios cambie su voluntad, sino de que nosotros cumplamos la condición que Él ha señalado para concedernos tales gracias»[74].

La doctrina católica enseña:

 a) que para salvarnos nos es necesario orar;

 b) que sin orar no podemos permanecer mucho tiempo sin pecado;

 c) que, aun para muchas cosas humanas, es muy necesario o conveniente la oración;

 d) que si oramos frecuentemente pidiendo a Dios nuestra salvación, nos salvaremos seguro.

Dice San Pablo que con la oración se pueden vencer todas las tentaciones[75] .

Si pedimos bien una cosa necesaria para nuestra salvación, la eficacia es segura[76]. Dice Santo Tomás[77] que la oración es infalible si se pide bien algo necesario para la salvación eterna.

Si pedimos la salvación de otro, la eficacia depende de la libre voluntad del otro; pero nuestra oración le conseguirá gracias de Dios para facilitar que él se incline hacia el bien. Pero no sólo pedir. También hay que alabar y adorar a Dios.

 

Más vale rezar poco y bien que mucho y mal. Si por dedicarte a largos rezos vas a hacerlos de forma distraída y rutinaria, más vale que reces la mitad o la cuarta parte; pero concentrándote y pensando lo que haces.

 

Glorificas más a Dios y enriqueces más tu alma con un acto intenso de fervor que con mil remisos, superficiales y rutinarios[78] .

 

Todos deberíamos dedicar algún momento del día a hacer actos internos de amor de Dios.

En estos breves instantes se puede merecer más que en el resto de la jornada diaria[79] .

El momento más oportuno para hacerlos es después de comulgar, y al acostarse. Hay que pedirle a Dios la gracia eficaz para hacer con mucho fervor estos actos de amor.

Por otra parte, el buen hijo nunca se avergüenza de su padre, y Dios es mi Padre y Creador.

Ningún padre es tan padre como el que es Padre-Creador de sus hijos.

Es una ingratitud regatear a Dios las manifestaciones de amor y reverencia.

Solía decir el emperador Carlos V: «Nunca es el hombre más grande que cuando está de rodillas delante de Dios».

Los animales nunca rezan.

 

 

44,2. Convendría que cada familia fijase un mínimo de rezo en común, el cual podría ser:

 

1) Leer un trozo del Evangelio, de cuando en cuando, y comentarlo entre todos.

 

2) Dar gracias a Dios antes de comer, por poderlo hacer, y pedirle que nunca nos falte lo necesario. En los Apéndices tienes una oración para bendecir la mesa.

 

3) Rezar un misterio del rosario cada día. Al menos se podrían aprovechar los desplazamientos de fin de semana en rezar un rosario entero, o algún misterio suelto.

Esta buena costumbre nos ayudaría, además, a alcanzar la protección de Dios en la carretera. En los Apéndices tienes el modo de rezar el rosario.

 

-En tus alegrías, da gracias a Dios.

- En tus penas, ofréceselas a Dios por amor a Él.

- En tus trabajos, hazlo todo siempre con buena intención.

- En tus pecados, pide perdón.

- Y en tu trato con los demás, ten espíritu de servicio.

 

Con la oración Dios nos ayuda a salir airosos de las situaciones más difíciles.

Cuenta Javier Martín[80] una antigua leyenda, de la Edad Media:

«Un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente del reino, y por eso, desde el primer momento se procuró un "chivo expiatorio", para encubrir al culpable.

»El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas o nulas esperanzas de escapar al terrible veredicto: ¡La horca!

 

»El juez, también comprado, cuidó no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo, por ello dijo al acusado: "Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras 'culpable' e 'inocente'. Tú escogerás, y será la mano de Dios la que decida tu destino".

»Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: 'CULPABLE'.

»La pobre víctima, se encomendó a Dios, y se dio cuenta que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria.

»Pero Dios le inspiró la solución. Tomó uno de los papeles doblados y se lo tragó.

»El juez, indignado, dijo: “Y ahora,¿cómo vamos a saber el veredicto...?"

»Es muy sencillo, respondió el hombre, es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué".

»Tuvieron que liberar al acusado y jamás volvieron a molestarlo.

»Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida, pidiendo ayuda a Dios. "Lo que es imposible para el ser humano, es posible para Dios"».