Conferencias del Padre Jorge Loring S.I.

31. ARMONÍA CONYUGAL
Conferencia pronunciada en el CONVENTION CENTER de LOS ÁNGELES. California (EE.UU)

Señoras y señores:
Anteayer llegué de España, aquí a LOS ÁNGELES, INVITADO POR HOMBRE NUEVO, para tener varios círculos de conferencias por distintos sitios de LOS ÁNGELES y otros lugares de California.
Estoy muy agradecido a vuestra cordial acogida en este espléndido salón del CONVENTIONS CENTER, que me han dicho que es el Palacio de Congresos mejor del mundo.
Como ven Vds. hay unas cámaras de vídeo para grabar este acto. El que quiera conservar esta conferencia puede pedir la cinta en la sede de HOMBRE NUEVO.

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EL TEMA DE ESTA CONFERENCIA ES la armonía conyugal. Voy a hablar de la felicidad en el matrimonio. Siempre que hablo de la felicidad aquí en la tierra digo que la máxima felicidad en el mundo está en el amor.
Prescindo de la felicidad que puede dar una gracia mística que Dios conceda a una persona. Pero de tejas-abajo, en el plan humano, la mayor felicidad de la vida está en el amor. En el amor auténtico. No en el amor-lujuria.
Hay gente que confunde el amor con la lujuria, influenciados por la
televisión y por el cine, donde parece que el amor es lo mismo que la
lujuria. Sin embargo son cosas diferentes. Y hay jóvenes que cuando piensan en el matrimonio lo ven como una liberación sexual. Ellos piensan que una vez que se casen se acabó la abstinencia sexual, y ya con eso van a ser felices. Y no es así. En el matrimonio lo más importante no es el sexo sino el amor. Y no es lo mismo

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Es verdad que en el amor entre un hombre y una mujer se incluye el sexo.
Pero puede darse sexo sin amor. Ahí tenéis a las prostitutas. Nadie ama a una prostituta. Los hombres van con ellas a desahogar su instinto zoológico, pagan y se van. De amor nada. De amor cero. Nadie ama a una prostituta. Por eso ellas se sienten tan desgraciadas, porque nadie las ama. Ellas desearían el amor de un hombre y de unos hijos, como toda mujer normal.
Me decía una vez a mí una de estas mujeres:
- Padre. ¡qué humillación! Me encuentro por la calle al hombre que ha estado conmigo en la cama la noche anterior y ni me saluda.
Las prostitutas se sienten instrumentalizadas, degradadas, envilecidas, utilizadas como mujer-objeto. Por eso se sienten desgraciadas. Aunque de sexo vayan bien despachadas. Alguna recibe a varios hombres en una noche.
Pero de felicidad, nada.
Es curioso que ellas mismas llamen trabajar a acostarse con los hombres. Y el día que no se acuestan con ningún hombre dicen: «mañana descanso». Para ellas descansar es no acostarse con hombres.
Por eso nadie dice que las prostitutas sean mujeres felices. Y ellas mismas lo dicen así.
En España, cerca de Madrid, en la carretera de Barajas, apareció el cadáver de una prostituta asesinada. En el bolso llevaba una carta para una amiga donde decía: «Odio mi profesión. Me repugna esta vida. Estoy deseando salir de esto».
¿Quién puede pensar que una prostituta es una mujer feliz? ¿Cómo se titulan los libros que hablan de prostitución?: La esclavitud de la mujer. La esclavitud del siglo XX. No conozco ningún libro, ni creo que exista, que se
titule: La felicidad de la prostituta.
Por eso digo que con el sexo sólo nadie es feliz. En cambio con el amor, sí.
Por eso es tan importante distinguir entre amor y lujuria.

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¿Cómo podemos definir el amor? Hay muchas definiciones. A mí una de las que más me gusta, quizás por la categoría del autor, es la de Aristóteles.
Aristóteles define el amor como «la capacidad de sacrificio en bien de la persona amada». Tanto amas cuanto eres capaz de sacrificarte en bien de la persona que amas.
Quoist lo ha expresado bellamente así:
-Si te extasías ante su belleza, eso sólo no es amor: es admiración.
-Si sientes palpitar tu corazón en su presencia, eso sólo no es amor: es sensibilidad.
-Si ansías una caricia, un beso, un abrazo, poseer de alguna manera su cuerpo, eso sólo no es amor: es sensualidad.
-Pero si lo que deseas es su bien, aun a costa de tu sacrificio:
enhorabuena, has encontrado el verdadero amor.
Ése es el verdadero amor: sentirse feliz sacrificándose en bien de la persona amada. Pero no instrumentalizar a otra persona para satisfacer los propios apetitos. Eso es egoísmo. De amor, nada.

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¿Cuál es el símbolo del amor? La madre. ¿Por qué la madre es el símbolo del amor? Porque la madre se sacrifica en bien de su hijo. Si su hijo está enfermo, se pasa la noche sin dormir al lado de su cama. Y si tiene poca comida en casa, se la da a su hijo y ella se queda sin comer. ¿Qué diríamos de una madre que tiene poca comida en casa y se la come ella y acuesta a sus hijos sin cenar? Eso no es una madre. Eso es un monstruo.
No concebimos una madre que prefiera comer ella a que coman sus hijos. Toda madre que ama a sus hijos se sacrifica en bien de sus hijos. Por eso la madre es el símbolo del amor.

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Por eso es muy importante tener ideas claras de lo que es amor. Porque la felicidad del matrimonio está en el amor.
Sin embargo hay personas que piensan que la felicidad del matrimonio está en el dinero. Piensan que para ser felices tienen que tener dinero. Esto es otra equivocación.
Evidentemente que un poco de dinero hace falta. Si están viviendo debajo de un puente, así tampoco. Un poco de dinero hace falta. Pero poner en el dinero la felicidad es una equivocación.
Y la prueba la tenemos en un ejemplo bien reciente: la princesa de Gales, Diana. ¿Qué más puede apetecer una chica en belleza, en dinero, en rango?
¡Futura reina de Inglaterra! ¿Qué más puede apetecer la princesa Diana en belleza, dinero y rango? Pues según ella dice es una desgraciada. ¿Por qué?
Porque ha fracasado en el amor. Eso dicen los periódicos. Yo no he investigado su vida. Pero según dicen los periódicos, los dos adúlteros.
Ella con varios amantes, y él con la Camila.
Y como ha fracasado en el amor, que es lo más importante de la vida, se siente desgraciada. A pesar de su belleza, su dinero y su rango.
Porque lo importante es el amor. El dinero, si lo hay, estupendo. Pero el dinero no es necesario para la felicidad.

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Ejemplo: Me acuerdo de una vez, en España, que estaba yo misionando por Motril, en la provincia de Granada, en concreto, en Almuñecar. Los misioneros dedicábamos un día a llevar la comunión por las casas a los enfermos y ancianos. A mí me tocó llevar la comunión por unos cortijos. No sé si aquí en Los Ángeles entendéis la palabra cortijo. Digamos rancho, que se emplea aquí en California.
Pues yo fui por unos cortijos llevando la comunión a enfermos y ancianos. Y tuve que subir a lo alto de un monte a un cortijo por unos vericuetos complicadísimos. En aquel cortijo vivían dos viejetes solos. Sin luz eléctrica, sin agua corriente. El puchero en la lumbre y nada más.
Pues aquellos dos viejetes se sentían felices. Me decían: «No nos cambiamos por nadie. Nos sobra todo. Somos felices los dos aquí juntitos».
De comodidades, nada: ni frigorífico, ni aire acondicionado, ni ducha, ni nada.Pero se querían, y eso les bastaba. Eran felices. Dinero, poco. Pero amor, mucho. ¿Qué más quieren?

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Por eso digo que lo importante en el matrimonio es amarse. Con amor, todo es maravilloso. Pero sin amor, el matrimonio es un infierno.
Y en el matrimonio hay muchas ocasiones en las cuales poder vivir un auténtico amor. De vivir el uno para el otro. De pensar en el otro.
Porque cuando cada uno va a lo suyo, el choque de egoísmos hace saltar la chispa de la discordia.
Hace falta que cada uno piense en el otro. Querer hacer feliz al otro. Así se encuentran los dos en una mutua felicidad.
Voy a poner un caso concreto, sencillo, elemental. Pero de estos casos sencillos está hecha la vida.
Llega el marido a casa cansado de trabajar. Se sienta en un sillón y se pone a ver la televisión. Viene su mujer y le planta un rollo. Él la manda a paseo y ella se echa a llorar. Ya tenemos una tragedia.
¿Qué ha pasado?
Los dos tienen razón y los dos tienen culpa.
Porque el marido tiene derecho a descansar, y la mujer también tiene derecho a desahogarse. Ella necesita hablar. Tiene que contar las cosas que le han pasado. Son pequeñeces, son pamplinas, son insignificancias; pero para ella tienen mucha importancia y tiene que contárselas a alguien. Y ¿a quién mejor que a su marido? Ella necesita hablar y su marido debe escucharla.
Pero ella ha sido inoportuna, porque se pone a contarle sus cosas al marido cuando él está viendo las noticias por la televisión. Y le fastidia que su mujer le interrumpa y se pierda las noticias.
La mujer fue inoportuna, pues aunque tenía derecho a desahogarse debió esperar los anuncios. Buscar un momento en que su marido no esté interesado en lo que está viendo. Hay que ser oportuna. No interrumpir.
Los dos tienen razón. Pero los dos tienen culpa, porque cada uno ha pensado más en sí mismo que en el otro. Si cada uno hubiera pensado más en el otro que en sí mismo, la cosa hubiera ido mejor.
Sobre estas ideas voy a leer algunos párrafos que he puesto en mi libro PARA SALVARTE, que confirman esto que estoy diciendo.

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«Muchos matrimonios fracasan porque los casados siguen viviendo su individualidad, y en el matrimonio hay que vivirlo todo ³con y para² el otro.
Para que un matrimonio vaya bien hace falta la colaboración de los dos. Pero para hundirlo, basta con uno.
El matrimonio no es un contrato de servicios sino ³una comunidad de vida y amor², como dice el Concilio Vaticano II.
La mayor parte de los conflictos en el matrimonio son causados por falta de mutua adaptación. Para que el matrimonio progrese los dos deben remar en la misma dirección. Si cada uno rema en sentido contrario, la barca girará sobre sí misma. Quien no esté dispuesto a adaptarse al otro, más vale que no se case. Sin el esfuerzo de mutua adaptación, el matrimonio no hay quien lo aguante. El continuo choque de opiniones, gustos, deseos, planes, etc., convierte el matrimonio en un infierno. No es posible coincidir siempre en todo. Pero si quieres a una persona, de buena gana aceptarás lo que ella prefiere. Cuando los dos quieren dominar, el choque es inevitable. Cuando los dos procuran adaptarse, la armonía es maravillosa.
No basta que los cuerpos estén juntos, si las almas están separadas».

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Una cosa que a veces falta en los maridos es agradecimiento a su mujer. Debe ser agradecido a los desvelos de su mujer por atenderle a él, a la casa y a los hijos. Hay maridos que nunca agradecen a su mujer lo que ella hace. Sólo abren la boca para protestar. Si un día la comida está sosa, el marido protesta. Pero los otros cien días que la comida estaba buena, no dijo nada.
Es muy triste, y además peligroso, que la mujer, con frecuencia, recibe más elogios de otros hombres que de su marido. La mujer tiene que sentirse valorada y querida por su marido.
La mujer no puede considerarse la criada de la casa. A mí me parece de muy mal gusto cuando oigo decir a algunas mujeres que ellas son las criadas de su familia. De ninguna manera. La criada hace las cosas por dinero, y la esposa las hace por amor. Es totalmente distinto. El amor vale más que el dinero. Si la esposa se considera criada, es que no ama.
Y el marido debe reconocer el amor que ella pone en todo, y agradecerle sus desvelos por tenerle contento a él y el hogar acogedor.
Y no es que él no la quiera. ¡Claro que la quiere! Pero la quiere a su modo.
Le demuestra su amor matándose a trabajar para llevar a casa un dinerito. Se desvive trabajando para sacar la familia adelante. Así manifiesta él su cariño.
Pero a la mujer le gusta oírle a él que está contento, que las cosas están bien, que todo está a su gusto. Los hombres que sólo hablan para protestar son injustos.
Además el hombre debe tener detalles con su mujer. La mujer es detallista. A veces disfruta enormemente con cosas pequeñas. No es el valor de la cosa. Es el detalle.
A veces la mujer es tan detallista que se pasa de la raya. Quiere tener la casa tan acogedora que resulta cargante.
Por ejemplo: está bien que el hombre sea educado y ponga la ceniza del cigarrillo en el cenicero, y no la tire al suelo. Y que si llega de la calle un día de lluvia con los zapatos sucios de barro, los limpie en el felpudo de la puerta. Es lógico que el marido sea así. Pero hay que tener cuidado de que la mujer, en su afán de tener la casa limpia, no resulte atosigante.
En una ocasión, oí en España un espacio de televisión que era morirse de risa.
No me acuerdo cómo se llamaba. Consistía en presentar a una mujer que tenía esclavizado a su marido en su afán por tener la casa limpia. El marido tenía que entrar en la casa descalzo, con los zapatos en la mano, para no ensuciar el suelo.
Está bien tener la casa limpia. Pero la casa es para la familia, y no la familia para la casa. Está bien la limpieza, pero sin atosigar a los demás.

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También hay mujeres que no valoran a sus maridos.
Conozco un caso de un ingeniero de gran categoría, con un gran despacho en la factoría, con secretaria y ordenanza a la puerta, y en su casa su mujer lo trata como a un pelele. Y yo le decía:
-Oye, ¿ tú sabes a categoría de tu marido? ¿Tú sabes la autoridad y el prestigio que tiene tu marido en la factoría? ¡Y tú en casa lo tratas con la punta de pie!
Al hombre le gusta que su mujer lo valore y lo estime.
Hay otras que tienen celos del trabajo de su marido. La mujer se enfada si el marido al volver de la factoría se encierra en su despacho a estudiar un proyecto, porque es ingeniero. O si llega tarde a casa, porque es médico y se le han complicado las cosas en el quirófano. O si después de llegar de la factoría se va por ahí a hacer chapuzas para completar su sueldo, porque es obrero. Y ella quisiera tenerlo todo el día a su lado haciéndole monerías.
Hay mujeres acaparadoras. No quieren que su marido se mueva de su lado. Eso no puede ser.

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Ahora bien, hay hombres tan entusiasmados con su profesión que se olvidan que tienen mujer. Muchos adulterios femeninos tienen ahí su causa. La mujer abandonada por su marido va a buscar en otro hombre lo que no le da su marido.
Es verdad que hay mujeres que llegan al adulterio con enorme facilidad. Pero también hay otras que sienten la tentación de buscar en otro hombre lo que no encuentran en su marido.
El adulterio nunca es justificable. Porque nunca se puede traicionar la fidelidad hasta la muerte que se prometió el día de la boda. Hay que ser responsables de la palabra dada. El adulterio incluye un pecado de injusticia. Por eso es muy frecuente que los adulterios terminen en tragedias.
Es de advertir que el adulterio del hombre no tiene atenuantes. Hay hombres que se creen con el privilegio de hacer lo que no permitirían a sus mujeres.
No hay tal privilegio. La moral es la misma para el hombre que para la mujer. Tan adulterio es que la mujer casada se vaya con otro, como que el marido se vaya con otra.

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Quiero advertir también que la vida íntima matrimonial tiene que estar saturada de ternura, de delicadeza, de amabilidad. La brutalidad, la brusquedad, la grosería, son funestas, nefastas.
El amor matrimonial trasciende el apetito sensitivo, instintivo, sexual, genital. Es mucho más. El amor humano, al amor matrimonial tiene una vertiente espiritual que es mucho más importante que el placer físico, que es de orden sensitivo, epitelial. La felicidad espiritual es muy superior al placer físico.
Pongo un ejemplo que creo es muy claro.
Si a un hombre, en mitad de la plaza, le pegan un bofetón en la cara, a él le duele más lo que tiene el bofetón de humillación que el dolor en la cara.Le han abofeteado delante de sus amigos y compañeros. Eso le ha humillado. Y la humillación le duele más que el dolor en la cara.
Pues la humillación es de tipo espiritual. No es algo físico. El dolor en la cara es de tipo físico. Y lo espiritual le duele más que lo físico.
Pues lo mismo pasa con la felicidad. La persona humana es mucho más feliz con el amor espiritual que con el amor físico. Lo triste es que muchas personas no han descubierto el amor espiritual.

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Pero sobre todo hay que tener en cuenta que lo que hace más feliz al matrimonio es la unión espiritual. Que Cristo esté presente entre ellos.
Dios no estorba nunca. Los que echan a Dios de su matrimonio corren el peligro de hacerlo fracasar. Muchos matrimonios han fracasado porque allí no estaba Cristo. Las virtudes que Cristo predica y Cristo enseña son una garantía de la armonía conyugal. Con Dios se arreglan muchas cosas que sin Él no tienen arreglo.
El fracaso de muchos matrimonios está en la falta de virtud. En la vida hay que aguantar. El que no quiera aguantar que se vaya a una isla desierta.
Allí no aguantará a nadie. Pero tendrá que aguantar su soledad. También aguantará. En la vida hay que aguantar. Todo el mundo tiene que aguantar.
Hoy día se generalizado un egoísmo feroz. Cada uno va a lo suyo. A pasarlo bien él. A disfrutar él. A lo que a él le interesa. No quiere aguantar nada ni a nadie. Eso es una quimera. Eso es imposible. En la vida hay que aguantar.
Sólo es feliz el que asume que en la vida HAY QUE AGUANTAR.
Así sublima los dolores y contratiempos de la vida.
Tengo una frase que suelo decir en otro contexto, pero que puede venir bien
aquí: «Las espinas pinchan cuando se pisan, no cuando se besan».
Bonita frase. No es mía, pero la repito con frecuencia.
Los dolores de la vida son inevitables. Todo el mundo tiene algo que sufrir.
Si doy coces contra el aguijón, me hago daño. Pero si lo acepto por amor a Dios, sufro mucho menos.

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Finalmente quiero decir algo sobre la paternidad responsable, que es un problema para muchos matrimonios, pero que tiene solución.
Hay matrimonios que tienen la necesidad de limitar el número de hijos, o de espaciarlos. Y los métodos para el control de la natalidad que se difunden casi todos son inmorales para un católico.
Sin embargo hay un método moral, lícito para un católico, pero que está poco difundido a pesar de que es:
-El más barato: no hay que comprar nada.
-El más sencillo: se APRENDE ENSEGUIDA.
-El más sano: no tiene contraindicaciones como la píldora, que ha sido causa de muchas muertes por embolia.
-El más seguro: en opinión de la OMS (Organización Mundial de la Salud) tiene el 99% de seguridad.
Es el método del Dr. Billings, australiano. Yo lo distribuyo muchísimo.
Pues quiera Dios que estas ideas que os he expuesto os ayuden para que vuestro matrimonio sea más feliz.

 

N.B.: Esta conferencia está disponible en DISCO COMPACTO (CD) y en vídeo.
Todos los sistemas.
Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España) Correo electrónico (e-mail):spiritusmedia@telefonica.net