n Vía Lucis

Inspirado en unas páginas del don. J. L. Martín Descalzo escribo este Camino hacia la Luz. El itinerario del P. Martín Descalzo llega hasta la Ascensión del Señor a los Cielos. Yo, me detendré a meditar –exclusivamente- en algunos de los numerosos acontecimientos que sucedieron el día Domingo de Resurrección, y que nos narran las Escrituras.

El misterio de la Resurrección de Jesús es una verdad vital, esencial y central de nuestra fe: “-Si no resucitó Cristo, vana es nuestra fe”, escribió San Pablo a los cristianos de Corinto Es una verdad fundamental, trascendental y espiritual que se encuentra histórica y científicamente comprobada.

Como los apóstoles Pedro y Juan: corramos hacia el sepulcro, observemos las vendas, ¡asombrémonos! meditemos los acontecimientos, creamos en las promesas y exultemos de alegría y agradecimiento.

Como Pedro y Juan y como los demás apóstoles: convirtámonos en verdaderos testigos del la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

I Estación: Jesús vence a la muerte

Gracias, Señor por tu inmenso amor.

Madre mía, Virgen Santísima, enseñame a querer Jesús como Él me quiere a mí.

Que mi amor sea real, no ideal. Total, no parcial

Práctico. Ni teórico ni imaginario. Tampoco, exclusivamente literario.

Con todo el corazón sin ser sentimental. Fundado en la fe sobrenatural y racional.

Profundo; no superficial. Confiado y fraternal.

Ni egoísta, ni calculador; generoso. Ni interesado ni frío; tiernamente afectuoso.

Sin tibieza y con mucha ilusión. Sin rutina y con verdadera pasión.

II Estación: Un terremoto hace temblar la tierra

Cuando en tu Persona, Jesús, se volvieron a unir tu Cuerpo y tu Alma, la tierra se estremeció. Temblaron los montes, se sacudieron los árboles y vibraron los yuyos y pajonales.

Perdón, Jesús, porque cuando venís en Cuerpo y Alma a mi corazón, muchas veces te recibo distraído. Todo mi ser debería palpitar de emoción y agradecimiento. Toda mi persona debería estar totalmente enfocada en Tu presencia. Sin embargo, Señor, muchas veces no es así.

Me ilusionaría recibirte siempre como aquélla primera vez, después de tanto estudio y preparación. Fue en el Retoño, la estancia de mis abuelos maternos. Tenía siete años. Para la ocasión, me puse un traje de marinero, con el que, también Papá, había hecho su Primera Comunión. Los últimos consejos de Tía María Eugenia -mi tía abuela y catequista- fueron muy piadosos. La Misa muy concurrida y los festejos muy familiares.

¡Qué lindos recuerdos, Señor! Ayudame a que “no se me meta la rutina” en la Comunión.

III Estación: Pánico y huida de los guardias

Primero, cayeron como muertos. Luego, aterrados, huyeron despavoridos. El tremendo espectáculo llenó de miedo a los soldados y, éstos, se dieron a la fuga.

También Adán y Eva –y luego Caín-, después del pecado, se horrorizaron de Dios y se escondieron.

Señor, yo no quiero temerte nunca jamás. Sí, en cambio, te agradecería el don del “Santo Temor de Dios”. Este temor santo, que no es miedo a Vos, a un posible castigo o al infierno. Este don del Espíritu Santo que genera un amor tal a Vos que lleva a una delicada sensibilidad para evitar cualquier cosa que pueda llegar a entristecerte. Como un novio cuando teme que un descuido suyo pueda llegar a herir en lo más mínimo el corazón de su amada.

Esta gracia del Paráclito inclina la voluntad al respeto filial por Dios y lleva al apartamiento del pecado, por constituir una ofensa a nuestro querido Padre Dios. Este santo temor, también mueve a una viva contrición por los pecados cometidos y fomenta un ardiente y sincero deseo de repararlos.

¡Bendito sea el don del Santo Temor de Dios! ¡Bendito sea el Espíritu Santo que nos lo da!

IV Estación: Jesús se aparece a su Santísima Madre

No consta en ningún Evangelio que la primera aparición del Señor haya sido a su Madre Santísima, la Virgen María. No consta en ningún Evangelio pero es lógico pensar que haya sido así. Una antiquísima tradición que se remonta al siglo segundo, muchos Padres de la Iglesia y autores cristianos afirman que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Mamá.

Jesús, ya que fuiste tan bueno de pedirle a la Virgen que nos adoptara como hijos suyos, ayudanos también a quererla con todo el corazón; danos la gracias de que nuestro amor a Ella sea muy grande y vaya aumentando cada día más.

Jesús, ayudame a saber manifestar de muchas y de diversas maneras mi cariño a la Virgen. Ayudame a que no deje de aprovechar las devociones marianas que acostumbro vivir: el ofrecimiento del día al Padre a través de Ella; el rezo del Rosarios, del Ángelus o del Regina Coeli –en este tiempo pascual-; el “saludo” a las imágenes de la Virgen de los lugares que frecuento, el rezo de las comuniones espirituales en las que Ella se encuentra involucrada y el rezo de las tres avemarías de la noche, pidiendo la virtud de la pureza. También querría tener siempre plena conciencia del compromiso que supone mi consagración a mi Madre del Cielo y el uso del Santo Escapulario del Carmen.

Jesús, como rezaba don Álvaro del Portillo, ayudame “a poner a la Virgen en todo y para todo”.

V Estación: Las Marías, muy temprano, regresan al sepulcro

Muy de mañana, pasado ya el prescripto descanso del sábado pascual, María Magdalena, María de Santiago y Salomé partieron hacia el cerro del sepulcro, después de haber comprado más fragancias para ungir el Cuerpo de Jesús.

Estas buenas mujeres, con todo el cariño que tenían por Jesús, también se habían olvidado de la profecía de la Resurrección.

No sabían cómo conseguirán correr la piedra que tapaba la entrada al sepulcro pero marchan decididas.

Hoy podemos pedirles, a estas santas mujeres, que nunca nos falte decisión para buscar a Jesús y para manifestarle nuestro afecto:

“-A ustedes, señoras, que nos escuchan desde el Cielo, queremos pedirles la determinación –la firme resolución, la entereza y la reciedumbre de carácter- para no detenernos en nuestro camino hacia Jesús, por muy difíciles que puedan presentarse las dificultades. Que los respetos humanos o el temor al qué dirán nunca nos lleven a negar al Señor o a consentir palabras injuriosas para con su Madre, la Iglesia o el Papa… Que no nos falte la audacia y la caridad para hacer apostolado y que la indecisión y la cobardía sean cosas del pasado. Amén”.

VI Estación: Un ángel anuncia la Resurrección de Jesús

Cuando llegan a la tumba se encuentran con la piedra removida.

“-¿¡Quién habrá robado el Cuerpo de Jesús?!”, pensaron.

María Magdalena volvió corriendo –seguramente- para avisar a los apóstoles.

María de Santiago y Salomé entraron en el monumento. Dentro vieron una luz deslumbrante y a un ángel. Estaba sentado y vestía una túnica blanca. Ellas se asustaron. Aquél, con voz de ángel, las tranquilizó y les dijo: “-No tengan miedo. ¿Buscan a Jesús? Él no está ahora aquí. Él, ahora, está vivo pues ha resucitado…”

Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios; son agentes de sus órdenes, que están siempre atentos a la voz de su palabra.

Los ángeles son criaturas puramente espirituales, seres personales e inmortales. Glorifican a Dios sin cesar y cooperan en toda obra buena que hacemos nosotros, los hombres. Desde nuestra infancia a la muerte, nuestra vida está rodeada de su custodia y de su intercesión.

Dios ha querido dar a cada fiel un ángel custodio que, como protector y pastor nos conduzca a la vida eterna. Gracias, Padre, por este regalo. Gracias, ángel de mi guarda por tus cuidados. Reina de los ángeles, enseñame a celebrar la fidelidad de estos “hijos de Dios” y a no ser ingrato con ellos; en particular, con mi ángel de la guarda, que es tan bueno es conmigo.

VII Estación: Pedro y Juan corren al sepulcro

Agitada, María, no conseguiría darse a entender a los apóstoles. Por fin, consiguió explicar la situación. ¿Cuál fue la reacción de los santos Pedro y Juan? Salir corriendo hacia el sepulcro. La escritura nos cuenta que Juan -siendo más joven- llegó primero, pero que quiso esperar a Pedro.

Entraron, vieron y creyeron.

San Marcos nos cuenta que no todos creyeron cuando escucharon a las mujeres. Y, cuando Jesús se les apareció esa tarde en el cenáculo, Les reprochó su incredulidad y su dureza del corazón.

Señor, como Pedro, yo también te pido: “-¡Auméntame la fe!”

La fe es un don -un regalo- que no puede conseguirse por propios medios o méritos. Pero, si uno hace “méritos” -si Te lo pedimos con humildad, por ejemplo- Vos siempre estás dispuesto a concederla.

Señor, te pido una fe como la de Tu Madre. Aún cuando Ella muchas veces no entendía Tu Voluntad “llevaba todas aquellas cosas en su corazón”; las aceptaba con fe y con amor. Una fe fundada en la confianza total en su Padre –en nuestro Padre- Dios.

VIII Estación: María Magdalena llora

María Magdalena debió haber regresado a la tumba. Las otras mujeres ya habían bajado; San Pedro y San Juan, también. Pareciera que Jesús se les habría aparecido a sus amigas, mientras bajaban a dar cumplimiento a la indicación de los ángeles. En ese momento ya no quedaba nadie por allí.

¿Qué pensaría ella? Algo nos dice la Escritura: continuaba pensando que alguien se había robado el Cuerpo muerto de Jesús. Con todo el peso y el aturdimiento del dolor, sin conseguir asumir el profundo impacto que supuso la muerte del Señor y sin encontrar una respuesta a cuáles fueron los motivos de aquel robo sacrílego, María caminaría en torno al monumento.

De pronto se encontró con Alguien. Aquél le preguntó por que lloraba. “-Lloro porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto. Si has sido Tú, dímelo, y yo iré por Él”.

De María, Jesús había “expulsado siete demonio”. María no había sido buena.

Yo tampoco fui bueno muchas veces. “-María, no sabés “la envidia” que me da el amor que le tenés a Jesús. Te pido que me consigas un poco –cuanto más mejor- de ese amor. Gracias”.

IX Estación: Jesús, mirándola d e t e n i d a m e n t e , le dijo: “-María”

María Magdalena quería –quiere- mucho al Señor; Jesús, también. Por eso Él estaba allí. Jesús, agradecido por todas las demostraciones de afecto que había tenido con Él durante toda su pasión y su entierro, no quiso dejarla con aquella tremenda amargura en el corazón.

Con qué compasión y comprensión escucharía Jesús el reclamo de María.

Conmovido, Jesús, solamente le dijo: “-María”.

Quizás, recién ahora, María levantó la vista y se enjugó las lágrimas.

“-Maestro…, maestro mío…, rabonni”, exclamó María y se arrojó a aquellos pies que ya había regado con sus lágrimas y secado con su cabello.

“-Ve y diles a mis hermanos: subo a Mi Padre y a vuestro Padre, a Mi Dios y a vuestro Dios”, le pidió Jesús. María: lo hizo.

Señor, yo también quiero anunciar tu Resurrección como lo hizo María: con unas ganas y una ilusión inmensa, con una alegría enorme, con una naturalidad sorprendente, con una humildad y una eficacia totalmente sobrenatural.

X Estación: Jesús se le aparece a Pedro

“El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Pedro”, escribe San Lucas. Ningún evangelista recoge detalles de esta aparición; pero, también San Pablo hace alusión a ella en su primera carta a los corintios. Seguramente fue él quien habló de esta aparición con su discípulo San Lucas.

Si Jesús no pudo dejar de consolar a María, ¡¡cómo se va a olvidar del pobre Pedro!! Aquellas tres negaciones habrían quebrado completamente a Simón. Estaba completamente desconsolado. Los esfuerzos de la Virgen no habrían alcanzado…; quizás fue Ella la que rogó a Jesús “que hiciera algo, ¡por favor!”. “-Mujer, ¿cómo me voy a olvidar de Pedro?”, pudo haber respondido el Señor.

Si los evangelios no recogen detalles de esta aparición quizás fue por “pudor”. Aquello hubo de ser un espectáculo tal que merece toda su intimidad. Si Jesús lloró por su amigo Lázaro, me lo imagino en este momento: este encuentro fue “la encarnación” del abrazo padre-hijo de la parábola del pródigo.

“-Pedro, ayudame a llorar mis faltas y pecados. Pedro, decile a Jesús que no se olvide de mí. Pedro, pedile a la Virgen que, también Ella, Se lo recuerde.

XI Estación: Cleofás y otro discípulo regresan a Emaús

“Son dos los viajeros, dos los caminantes que caminan por el camino reseco. Son dos los viajeros, son dos los amigos. Y, aunque la primavera pinta de verde la vegetación escasa, aunque salpica con gotitas de esmalte los yuyos y fachinales, aunque entona el fondo del aire y repica un poco en la sangre, tristes caminan los caminantes.

Tristes y desorientados marchan los viajeros. Comentan sucesos tristes que les entristecen el alma. Comentan sucesos tristes que han conmovido la ciudad de la cual se alejan. A ratos callan.

Trechos largos de silencio. Silencio acompasado por el ritmo lento de los pasos. Silencio que por momentos borda el canto de un pájaro”, así los describe Papá –Juan Luis Gallardo- en “Los viajeros del ocaso”, del folleto titulado “EL GALLITO BATARAS y otros cuentos más o menos evangélicos”.

Después de contar cómo Jesús les explicó las escrituras y les devolvió la paz y la alegría, Papá termina su cuento:

“El sol ha bajado tras las colinas. Los dos primeros caminantes bajarán a Emaús. El tercer caminante hace además de seguir camino adelante. Le dicen: “quédate con nosotros, Señor, porque es tarde y cae el día”. Un bello ruego para repetir cuando crece la sombra. Cuando crece la sombra del dolor, la sombra de la edad, la sombra de la tristeza. Un bello ruego para no sentirse solo.

Quédate con nosotros, Señor, porque es tarde y cae el día”.

¡GRACIAS Señor! ¡GRACIAS, Papá!

XII Estación: Jesús se quedó con ellos

El Señor se quedó, seguramente, en la casa de alguno de ellos.

Prepararon la cena.

Se sentaron a la mesa.

Al distinguido huésped le tocarían las alabanzas y agradecimientos al Creador.

Jesús, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio.

Fue entonces cuando “se les abrieron los ojos y Le reconocieron”.

En ese preciso instante, Él desapareció de su presencia.

“-¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?, se preguntaban -¡impresionados!- aquellos discípulos.

Al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén junto a los Once.

No me cabe la menor duda que ambos recorrieron a una muy buena velocidad aquella docena de kilómetros.

El Domingo de Resurrección se corrió mucho. Corrieron las santas mujeres, corrieron los apóstoles Pedro y Juan, corrió María Magdalena, corrieron los discípulos de Emaús. También salieron corriendo los soldados que estaban de guardia en el santo sepulcro. Ya se ve que se corrió por motivos diversos.

Señor, te pido que sea el amor a Vos, lo que me lleve a poner vértigo a mi vida.

Señor, te pido que nos sea la vanidad, la superficialidad, el activismo insustancial, el atolondramiento o el egoísmo lo que me lleve al aceleramiento.

XIII Estación: Aparición de Jesús en el cenáculo

Era tarde cuando llegaron los discípulos de Emaús.

Unos cuantos estaban reunidos.

Los recién llegados, con gran excitación, contaron lo que les había sucedido.

También las mujeres y Pedro habían contado –¡cuántas veces lo habrán contado ellas!- los detalles de las apariciones de Jesús.

Mientras Cleofás y su amigo narraban lo acontecido, se apareció Jesús y los saludó: “-La paz sea con vosotros”.

Ellos se quedaron impresionados y sorprendidos. No alcanzaban a reaccionar. Una mezcla de temor, alegría y admiración los tenía aprisionados.

Jesús, intentando conseguir que reaccionaran, les mostró –primero- sus manos y sus pies y –después- Les dijo que era Él mismo y los invitó a palpar sus heridas. Luego, para que no pensaran que era un fantasma, les pidió de comer. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Tomándolo Jesús, comió delante de ellos.

San Juan, en esta escena, recoge la institución del Sacramento de la Penitencia:

“-Como el Padre me envió así os envío a vosotros. Dicho esto sopló sobre ellos y le dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengáis, le serán retenidos”.

Bendito sea Señor el Sacramento de la Confesión.

Gracias Jesús por darnos la oportunidad de limpiar de pecados nuestra alma con la absolución del sacerdote que, a Vos, personifica.

¡Jesús¡ que mi personal conversión y arrepentimiento generen un dolor tal en mi corazón que me lleven a una verdadera aversión por los pecados cometidos y al propósito firme de no volver a pecar. Amén.

XIV Estación: Aquella noche, Tomás, estaba ausente

¿Dónde estuvo Santo Tomás durante la Pasión, Muerte y Entierro del Señor? No lo sabemos.

¿Dónde estuvo el día y la noche de Su Resurrección? Tampoco lo sabemos.

Tomás, también llamado Dídimo, fue el gran ausente del cenáculo.

Son pocos los datos que tenemos de la vida de Santo Tomás. Sabemos que se lo apodaba El Mellizo; pero no sabemos de quién era mellizo. ¿Quizás lo fuera de San Mateo? Puede ser. ¿Sería primo o pariente de Jesús? No lo sabemos a ciencia cierta.

Dos son las intervenciones de Tomás que recoge el Evangelio. Cuando Jesús recibe la llamada de Marta y María para socorrer a Lázaro en su enfermedad, estaba en Perea. Los apóstoles desaconsejaron el viaje a Betania; era realmente peligroso. Jesús, sin embargo, decide volver a Judea. “Entonces, Tomás, llamado Dídimo, dijo a los discípulos: -Vayamos también nosotros a morir con Él”.

Este texto demuestra que Santo Tomás no era un timorato; un miedoso; es un hombre valiente y decidido que no está dispuesto a dejar que Jesús se exponga solo al peligro.

También fue Tomás quién, después de la afirmación de Jesús -“-A donde Yo voy, vosotros conocéis el camino”- sentenció: “-Señor, si no sabemos a dónde vas, cómo podemos conocer el camino”. Esta intervención también manifiesta decisión y confianza.

Dídimo se resiste a creer lo que le dicen. Tal es su dolor que, si aquello no fuera cierto, le rompería el corazón. ¡No quería creer! ¡No quería “arriesgar”! Desde mi perspectiva, no quería ponerse en la posibilidad de volver a sufrir como nunca había sufrido en su vida. Seguramente, junto a esta barrera, existía un deseo grande de que aquello fuera verdad.

Cuando Jesús le dice: “Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, no seas incrédulo sino fiel”, Santo Tomás respondió “-Señor mío y Dios mío”.

Santo Tomás fue fiel. Murió mártir por la fe de su Señor.

Tomás, yo también quiero ser fiel; intercede por mí. Amén.

P. Juan María Gallardo
II Domingo de Pascua del 2002

Ordenación con San Juan Pablo II 1990

Con San Josemaría 16 de junio de 1974

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